Llama poderosamente la atención que una ciudad como Tegucigalpa, que está edificada sobre montañas y riscos, que se inunda cada dos por tres destruyendo a su paso alcantarillas, vados, viviendas, tenga tan buen gusto.
El centro de la capital hondureña se ha convertido en una aunténtico lujo con su calle peatonal. Digo poco con decir que le hallé un aire a primer mundo. Si nos ubicamos frente a frente a la catedral, en la plaza del parque en la que se yergue una fastuosa estatua ecuestre en honor a Morazán, podremos percatarnos de algo poco común o, mejor, frecuente, en nuestros días debido a la inseguridad y violencia reinante, me refiero a la tranquilidad y sosiego.
La peatonal del centro de la capital, adoquinada con gusto y donaire, es como un microclima dentro de la vorágine urbana. Invita a pasear como en cámara lenta. A conversar distraídamente al caminar o a sentarse en las bancas puestas expresamente para transeúntes.
No cabe duda de que los centros comerciales tienen una plusvalía para sus negocios. Seguro que fue un infierno tanto polvo y ruido, pero ahora pueden decir con una sonrisa que tienen, a buen seguro, uno de los paseos turísticos más bonitos de Honduras.
La catedral capitalina está siendo restaurada. Los avances de las obras están dando más realce al centro urbano de Tegucigalpa. La catedral metropolitana es patrimonio de Honduras y no sólo de la capital y sé que entre todos será posible contribuir a que represente la grandeza de alma, por dentro y por fuera, del pueblo hondureño.
Dije arriba que la calle peatonal del corazón de Tegucigalpa es un microclima. Y lo es porque uno se siente en un lugar ideal, como fuera de la realidad. Yo pensé que así era como debíamos vivir todas las personas que habitamos estas honduras. De ahí es que me nace escribir este artículo.
La presencia discreta, pero efectiva, de la policía pone el otro ingrediente al lugar. No va uno esquivo, sospechando de todo aquel que pasa por tu lado como pasa en San Pedro Sula, por citar un ejemplo. El peatón camina a pierna suelta, platica distraído, mira las vitrinas de las tiendas y la vida parece, al fin, bella.
Las farolas de la calle peatonal, diseñadas con gusto y con sentido del medioambiente, son el toque mágico que nos devuelve a un mundo posible, aunque aún lejano.