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Tenancingo, donde hasta los niños se explotan

  • Actualizado: 10 agosto 2010 /

En este empobrecido pueblo del centro de México florece un negocio siniestro: familias enteras explotan la desesperación y la pobreza de cientos de mujeres a las que convencen de ir a Estados Unidos.

    En este empobrecido pueblo del centro de México florece un negocio siniestro: familias enteras explotan la desesperación y la pobreza de cientos de mujeres a las que convencen de ir a Estados Unidos, donde las fuerzan a prostituirse.

    Quienes conocen a los chulos (proxenetas) del poblado en el estado de Tlaxcala -víctimas, fiscales, trabajadores sociales e investigadores- dicen que estos individuos de Tenancingo han pulido sus métodos a lo largo de las últimas tres generaciones. Explotan los buenos sentimientos de sus víctimas -el amor por la familia, por sus maridos, por sus hijos- y las convencen de que vayan a EUA en condiciones casi de esclavitud.

    El pueblo es un sitio ideal para reclutar a estas mujeres: es una zona donde abundan los indígenas, en la que sobrevive la tradición de los casamientos forzados -incluida la de “robarse a la novia”-, así como el machismo. Todo esto se combina con una gran pobreza y desempleo.

    El antropólogo Óscar Montiel, quien ha entrevistado a numerosos chulos, dice que también incide la vieja costumbre de no meterse en las cosas de los demás y no denunciar situaciones como éstas. Montiel calcula que en este pueblo de 10,000 habitantes, unos 3,000 podrían estar involucrados directamente en este negocio. Entre ellos están mujeres que son parientes de los chulos y que hacen de intermediarias y supervisoras o cuidan a los hijos de las prostitutas mientras éstas hacen su trabajo, según los fiscales.

    Un chulo que Montiel identificó por su apodo, que no se puede publicar, contó que su tío lo metió en el negocio y que él a su vez reclutó a un hermano y a dos hijos.

    “Si le preguntas a ciertos niños, y eso es algo que hemos hecho, ‘¿Oye, tú cuando seas grande, que quieres ser?’, te contestan: ‘Quiero tener muchas hermanas y muchas hijas para tener mucho dinero”’, declaró Dilcya García, fiscal de la Ciudad de México que combatió esta actividad en Tenancingo.

    Principales puntos

    Los chulos reclutan mujeres en terminales de autobuses, parques, comercios y escuelas secundarias en barrios pobres de México. Los fiscales dicen que a menudo las mujeres son “probadas” como prostitutas en la capital antes de ser enviadas a Estados Unidos.

    Los chulos apelan a amenazas, malos tratos y falsas promesas de matrimonio o de trabajos para lanzar a las mujeres por una pendiente que generalmente termina en algún callejón mugriento del barrio de La Merced de la Ciudad de México o en un apartamento barato de Atlanta. Allí las mujeres viven aisladas y a veces deben atender a decenas de clientes por día.

    Una joven que aceptó hablar con la AP encaja perfectamente en esa descripción. Pidió no ser identificada por temor a represalias de la familia del proxeneta que la maneja.

    Falsas esperanzas

    Miguel Rugerio era un individuo encantador y dulce cuando lo conoció en su pueblo del estado de Tabasco, expresó la mujer.

    La sedujo con palabras bonitas y promesas. Le dijo que conseguirían buenos trabajos en Estados Unidos y enviarían dinero a México para construirse una casa. Quería conocer a sus padres -indicio de que sus intenciones son serias en México- y casarse con ella. La muchacha no podía creer su buena fortuna.

    Cuando finalmente logró llevársela a Tenancingo, todo cambió. El día que ella, quien tenía 17 años, quiso ir a su pueblo para los 15 años de su hermana, él no la dejó.

    “Pensé que bromeaba, pero me dijo que no, que no podía ir a mi casa”, relató. “Le dije que me escaparía y me respondió que me encontraría y me haría una escena en mi pueblo”.

    Rugerio se enojó y la encerró en una habitación.

    “Me dijo que yo era su mujer y tenía que estar con él”. Al final le permitió ir a su pueblo por un día, al casamiento, pero le advirtió que si no regresaba de inmediato, lastimaría a su familia. Cuando ella volvió luego de la fiesta, él y su familia comenzaron a maltratarla, humillarla y hacerla trabajar en la casa.

    Unas pocas semanas después la llevó a la capital y la obligó a trabajar como prostituta.

    “Me dijo que si no lo hacía, lastimaría a mi hermana y a mi familia”, manifestó. “Le tenía miedo”.

    Una historia típica, según los fiscales, incluye una compleja farsa en la que se le promete matrimonio a alguien, hasta que el chulo inventa una crisis financiera que los puede dejar a los dos en la calle. El chulo menciona entonces al pasar el caso de un amigo que atravesó por una situación similar y cuya esposa los sacó a flote prostituyéndose por amor. “Si me quieres, lo harías por mí”, es el argumento. García cuenta el caso de una muchacha de 18 años con una niña de un año y medio. La pequeña era dejada por el chulo de Tenancingo con sus familiares mientras la joven era obligada a atender a decenas de clientes todos los días, por una tarifa de 165 pesos (12 dólares) en la capital. Si se resistía, el chulo le decía: “Si no haces lo que te pido, no vuelves a ver a tu hija, y vas a ver lo que hacemos”. En general los chulos buscan muchachas solas, les mienten y les quitan su autoestima.

    La mujer que habló con la AP lo describió así: Rugerio la humilló, le tiró de los cabellos, la dejó sin comer y le dijo que tenía que practicar actos sexuales con él para que los pudiese hacer con sus clientes.

    “No me gustó”, expresó. “Me sentía mal y era doloroso”.

    Rugerio le dijo que la enviaría a EUA y que él se le sumaría más adelante. Luego de cruzar a pie el desierto, llegó a un apartamento en un suburbio de Atlanta, donde fue recibida por dos mujeres y un hombre que dijeron ser parientes de Rugerio. Una de las mujeres la llevó a comprar ropa. Si bien era septiembre y comenzaba a hacer frío, eligió las indumentarias más cortas, ajustadas y descubiertas para que comenzase a trabajar al día siguiente.

    “Le pregunté qué tipo de trabajo haría. Ella sacó un paquete de condones y enseguida supe”, afirmó.

    Vivía en un pequeño apartamento con pocos muebles, sin contacto con nadie. Alrededor de las cuatro de la tarde alguien la pasaba a buscar para llevarla a trabajar. Al principio atendía a entre cinco y diez hombres por noche, pero con el correr del tiempo llegó a atender a 40 o 50, la mayoría de ellos hispanos.