08/01/2026
05:32 PM

El elefante en la sala

Desde que Bush dejó el poder, los conservadores han estado dispuestos a reconocer sus fracasos.

Si la ventaja en las encuestas en la primera semana de septiembre fuera una garantía de victoria dos meses después, entonces tanto el senador John McCain como el ex vicepresidente Al Gore hubieran rendido juramento como presidente de Estados Unidos. Así que no, el repunte del presidente Barack Obama después de la convención no ha definido – repetimos, no ha definido – la elección en favor de los demócratas.

Lo que sí logró el repunte de Obama, empero, es reducir espectacularmente la posibilidad de que la elección resulte como las de 1980 y 1992, cuando el electorado se lanzó muy intensamente en contra del titular en los últimos meses de la campaña. El periodo de la convención fue la mejor oportunidad de Mitt Romney para tomar una distancia sustancial del presidente y colocarse para separarse de él. Si Romney gana, probablemente será por una nariz, no por un cuerpo.

A juzgar por los comentarios conservadores de la semana pasada, esta realidad posterior a la convención – un camino a la victoria más estrecho para Romney y una probabilidad más grande de derrota – constituye toda una sorpresa para quienes lo respaldan. No quiere decir que esperaban un triunfo arrollador necesariamente. Pero sí hay un sólido consenso en la derecha de que deberíamos estar dirigiéndonos hacia un repudio de esta administración mucho más decisivo de lo que señalan como posible las encuestas actuales.

“Si el Partido Republicano no puede ganar en este ambiente, tendrá que dejar la política y dedicarse a otro negocio”, comentó George Will el domingo a sus compañeros panelistas en el programa “This Week” de ABC. La conocida presentadora de Radio Laura Ingraham se hizo eco de sus palabras. “Si no pueden derrotar a Barack Obama con estos antecedentes, entonces cierren el partido”, les dijo a sus escuchas. Del mismo modo, Niall Ferguson, historiador y destacado simpatizante de Romney, les dijo a los lectores de Newsweek que los sólidos números de Obama en las encuestas muestran que “se ha suspendido la ley de gravedad política”.

En su búsqueda de explicaciones a la flexibilidad y resistencia del presidente, los conservadores no han hecho lo que es obvio y le han acumulado toda la culpa al propio Romney.

Empezaron buscando explicaciones estructurales al bajo desempeño de Romney, desde “el sistema educativo controlado por la izquierda que ha influido profundamente en los jóvenes nacidos a fines del milenio” (en las palabras de Stanley Kurtz, de National Review) hasta el éxito del liberalismo para hacer que la “economía del gobierno”, que consiste en “las prestaciones asistenciales federales”, parezca más importante que la verdadera economía de creación de empleos (por citar al influyente bloguero conservador John Hinderaker).

Al igual que Kurtz y Hinderaker, yo pienso que hay conversaciones muy interesantes que podrían sostenerse acerca de las desventajas inherentes del conservadurismo en la sociedad de un Estado benefactor con un establecimiento cultural de inclinaciones liberales. Pero antes de perdernos en la sociología y las ciencias políticas, vale la pena examinar una vez más la explicación más obvia del bajo desempeño de los republicanos: la reciente presidencia de George W. Bush.

En noviembre hará ocho años que Bush fue reelegido con 51 por ciento del voto popular y su partido ganó cuatro escaños en el Senado, logrando una mayoría de 55 votos. A pesar de la controversia en torno a la guerra de Irak, el Partido Republicano de 2004 mantenía la reputación que ganó durante el auge de Reagan y el exitoso fin de la guerra fría: una mayoría de estadounidenses confió en que el partido de Bush constituiría un liderazgo efectivo en el extranjero y mantendría la prosperidad compartida en casa. La visión de Karl Rove, de una mayoría republicana duradera parecía viable, si no es que inevitable.

Cuatro años después, el sueño había muerto y la confianza popular en ambos frentes estaba prácticamente agotada. El mal manejo de la ocupación de Irak, rematado con el fiasco de las armas de destrucción masiva, le costó al partido de Bush su fama de ser competente en política exterior, mientras que el auge de Bush, aunque modesto, le significó a la clase media ganancias más bajas que la expansión de Reagan o de Clinton.

Y luego la crisis financiera barrió incluso con esos magros logros.

Desde que Bush dejó el poder, los conservadores han estado dispuestos a reconocer sus fracasos como conservadores fiscales y a prometer más responsabilidad en el déficit y en la deuda. Éste ha sido un cambio necesario e importante, responsable tanto de la energía del Tea Party en las elecciones intermedias de 2010 como de las (relativamente) audaces propuestas sobre la reforma de derechos de la fórmula republicana.

Pero el cambio hacia la rectitud fiscal fue la parte fácil, en cierto sentido, pues sólo significó regresar a los conservadores a sus principios, sin reconocer necesariamente los lugares en los que la ideología podría necesitar adaptarse a las nuevas realidades.

Ha hecho que los republicanos sean más serios de lo que eran en enero de 2008, pero también ha hecho que se haya descuidado visiblemente la debilidad del partido después de Bush en materia de economía y política exterior.

Un candidato presidencial hubiera podido llenar ese hueco con retórica fresca y políticas creativas, pero Romney, comprometido y falto de valor, no ha sido el hombre indicado para esa tarea. En economía, ha fluctuado incómodamente entre un mensaje que se centra (razonablemente) en las luchas de las clases medias y trabajadoras , y el homenaje derechista, mucho más convencional, a los empresarios y “creadores de empleos”. En seguridad nacional ha hecho su campaña como un halcón ortodoxo, con apenas una insinuación de que esa “halconería” pudo haber puesto en dificultades al país durante el último gobierno republicano.

Con un desempleo todavía por encima del 8 por ciento, él podría ganar con este tipo de mensajes sin creatividad. Pero la economía está estancada, no hundiéndose, lo que significa que él no va a ganar una gran mayoría por el simple hecho de presentarse.

Para lograr la victoria que los conservadores parecen pensar que merecen, el Partido Republicano necesita dos cosas: una agenda interna que les ofrezca a las familias oprimidas algo más que la retórica conservadora genérica sobre el genio del capitalismo y un programa de política exterior que refleje las duras lecciones aprendidas en Irak y Afganistán.

Ésta es la simple realidad de la política presidencial de 2012. Los estadounidenses no quisieran volverles a dar la Casa Blanca a los republicanos porque recuerdan muy bien la era de Bush. Si siguen decepcionándose en las encuestas, los conservadores con el tiempo llegarán a reconocer ese problema y buscarán alguna solución. Hasta entonces, la culpa del bajo desempeño de su partido no estará ni en las estrellas ni en la estructura de nuestra sociedad, sino en su propia terquedad.

POR: ROSS DOUTHAT
© 2012 The New York Times