24/11/2025
10:23 PM

Los ojos de la ciega

Jorge Montenegro presenta: Los ojos de la ciega

    Sentada en la mecedora, doña Ángela acariciaba un hermoso gato negro que le había regalado una vecina cuando apenas era un pequeño minino.

    Por nombre lo llamaba “Amigo”; el gato parecía entender lo que ella le decía. A veces el animalito recorría el vecindario en busca de un ratón y luego regresaba a los pies de su ama. Angelita, como la llamaban sus familiares, perdió la vista manipulando una estufa de gas, sufrió quemaduras en su rostro y las llamas la dejaron ciega a sus 40 años.

    Ella había aprendido a movilizarse en su hogar, sabía dónde estaba cada cosa, cada objeto, tenía medidos sus pasos hacia cualquier sitio de la casa, daba la impresión de que tenía buenos sus ojos.

    A pesar de haber perdido el precioso don de la vista, conservaba sus ojos como si no hubiera sucedido nada, era algo inexplicable aún para los médicos que la examinaron.

    Angelita tuvo dos hijos antes de perder su vista, a los 27 años su padre se los llevó a vivir a Estados Unidos, pero siempre mantenían comunicación con ella. Vivió sola en una modesta casa en las cercanías de Villanueva, Cortés, en una pequeña granja con gallinas, cerdos y árboles frutales, guardaba celosamente el dinero que le enviaban sus familiares, sólo ella sabía que quien quisiera robarle no lo podría encontrar fácilmente, además, el gato “Amigo” parecía tener comunicación mental con la señora, eso también asombraba a la gente que la visitaba.

    Una mañana del mes de junio recibió la visita de una vieja amiga de quien no había tenido noticias en mucho tiempo. Se trataba de Lidia, que llegó con sus dos hijos, Rodimiro y Diego, ambos mayores de edad. Lidia había conocido a Ángela cuando era una niña y le guardaba especial cariño, se aproximaba a los 60 años, pero aparentaba menos años. Las amigas se abrazaron con gran alegría y se sentaron a platicar mientras los jóvenes observaban detenidamente la casa.

    El gato llegó de sus correrías callejeras y de inmediato se colocó frente a los hombres enseñando sus garras y dientes:

    -¿Qué pasa, Amigo? -dijo la ciega- Estas personas son amigas mías, ven para acá. El gato obedeció la orden y se sentó sobre las piernas de su ama sin dejar de ver a los visitantes. Doña Lidia siguió su conversación contándole a su amiga que por su edad la habían despedido del trabajo que tenía en San Pedro Sula y que su situación era delicada. Al escuchar aquella queja, la cieguita se levantó de su asiento, entró en un cuarto y salió con varios billetes del banco que le entregó a su amiga.

    -Te regalo este dinero, sé que te servirá mientras se alivia tu situación.
    Le había entregado cinco mil lempiras.

    Al despedirse, los muchachos no pudieron acercarse a la dueña de la casa porque el gato no lo permitió, enseñando los dientes y aullando en una forma amenazadora. En el camino la mamá les dijo:

    -Ángela debe tener mucho dinero guardado, imagínense que sólo entró y sacó los cinco mil lempiras que me regaló. -Mamá -dijo uno de ellos- pero esa señora parece que lo está mirando a uno, no parece que estuviera ciega.

    Mientras caminaban la señora increpó a sus hijos:
    -¿Es que no me escucharon? Dije que Ángela sacó el dinero de un cuarto en forma rápida, o sea que debe guardar mucho, pero mucho dinero. Nosotros no tenemos nada, ella vive sola, ¿para qué quiere tanto dinero? No sale de su casa, no tiene sus hijos en Honduras... ¿No les parece que podríamos regresar y quedarnos con su dinero, o son ustedes unos cobardes?

    Los hijos de doña Lidia se rieron a carcajadas, Diego manifestó: -Desde que llegamos a esa casa y vimos lo que ahí allí pensamos en robar y después de ver que sacó dinero de aquel cuarto, pensamos hacerlo, pero no tan rápido, mamá. Será mejor que regresemos y finjas que se te olvidó decirle algo. Vamos a tener mucho dinero.

    Se acababa de ir el gato en busca de ratones al vecindario cuando doña Ángela escuchó que tocaban a su puerta, escuchó la voz de su amiga.

    -Soy yo Ángela, es que olvidé un pañuelo.

    -Pasen adelante -manifestó- Así me pasa a mí a veces que olvido las cosas, pero pasen, pasen.
    Al cerrar la puerta la ciega recibió un tremendo golpe en su cabeza, luego Rodimiro la tomó por el cuello con sus manos y la ahorcó.

    Colocaron su cuerpo en la silla, tenía los ojos abiertos, pero estaba muerta. De inmediato la malvada mujer y sus hijos penetraron al cuarto buscando el dinero, todo era oscuridad, buscaron velas y las encontraron, pero a pesar de todos sus esfuerzos jamás dieron con el dinero de la desventurada ciega. Temerosos de que alguien llegara, abandonaron precipitadamente la casa.
    -Maldita ciega que se lleva al infierno todo su dinero. Cuando los criminales abandonaron la casa, el gato lo vio desde las tejas.

    La noticia de la muerte de la ciega fue tremenda, llegaron personas de San Pedro Sula, Pimienta, Villanueva, Tegucigalpa y de otros lugares donde conocieron a doña Ángela, todas estaban apesarados. Las autoridades declararon que no hubo robo y no se explicaban los motivos de aquella extraña muerte.

    Nueve días después de aquel lamentable suceso, la malvada Lidia y sus hijos viajaban de San Pedro Sula a Tegucigalpa. Eran las ocho de la noche, Diego llevaba el timón, cuando bajaban la peligrosa cuesta entre Siguatepeque y Comayagua, Diego vio por el retrovisor y le pareció que venía un vehículo detrás de ellos. Su madre y su hermano instintivamente vieron hacia atrás y descubrieron que se aproximaba una luz, pero no era la luz normal de un vehículo, sino una luz verde.

    -Debe ser alguien con una lámpara -dijo la mujer- Acelera un poco más hijo.

    En la mencionada cuesta hay varias curvas peligrosas y unos tremendos abismos donde se han producido muchos accidentes y aquella era otra noche fatal. Al aproximarse a la curva más peligrosa apareció un enorme gato negro sobre la parte delantera del carro, sus ojos brillaban con un color verdoso. Aterrorizado, Diego perdió el control y se precipitó al abismo. En el accidente perecieron los dos hombres. En la mañana, cuando las autoridades fueron a rescatar los cadáveres, encontraron viva a la mujer.

    -El gato tenía los ojos de la ciega, jajajaja, eran los ojos de la ciega, jajajaja.

    Cuentan que la perversa mujer fue trasladada al manicomio, donde contó esta historia y luego falleció. Nunca pudo olvidad los ojos de la ciega.
    Sentada en la mecedora, doña Ángela acariciaba un hermoso gato negro que le había regalado una vecina cuando apenas era un pequeño minino. Por nombre lo llamaba “Amigo”; el gato parecía entender lo que ella le decía. A veces el animalito recorría el vecindario en busca de un ratón y luego regresaba a los pies de su ama. Angelita, como la llamaban sus familiares, perdió la vista manipulando una estufa de gas, sufrió quemaduras en su rostro y las llamas la dejaron ciega a sus 40 años. Ella había aprendido a movilizarse en su hogar, sabía dónde estaba cada cosa, cada objeto, tenía medidos sus pasos hacia cualquier sitio de la casa, daba la impresión de que tenía buenos sus ojos. A pesar de haber perdido el precioso don de la vista, conservaba sus ojos como si no hubiera sucedido nada, era algo inexplicable aún para los médicos que la examinaron.

    Angelita tuvo dos hijos antes de perder su vista, a los 27 años su padre se los llevó a vivir a Estados Unidos, pero siempre mantenían comunicación con ella. Vivió sola en una modesta casa en las cercanías de Villanueva, Cortés, en una pequeña granja con gallinas, cerdos y árboles frutales, guardaba celosamente el dinero que le enviaban sus familiares, sólo ella sabía que quien quisiera robarle no lo podría encontrar fácilmente, además, el gato “Amigo” parecía tener comunicación mental con la señora, eso también asombraba a la gente que la visitaba.

    Una mañana del mes de junio recibió la visita de una vieja amiga de quien no había tenido noticias en mucho tiempo. Se trataba de Lidia, que llegó con sus dos hijos, Rodimiro y Diego, ambos mayores de edad. Lidia había conocido a Ángela cuando era una niña y le guardaba especial cariño, se aproximaba a los 60 años, pero aparentaba menos años. Las amigas se abrazaron con gran alegría y se sentaron a platicar mientras los jóvenes observaban detenidamente la casa.

    El gato llegó de sus correrías callejeras y de inmediato se colocó frente a los hombres enseñando sus garras y dientes:

    -¿Qué pasa, Amigo? -dijo la ciega- Estas personas son amigas mías, ven para acá.

    El gato obedeció la orden y se sentó sobre las piernas de su ama sin dejar de ver a los visitantes. Doña Lidia siguió su conversación contándole a su amiga que por su edad la habían despedido del trabajo que tenía en San Pedro Sula y que su situación era delicada. Al escuchar aquella queja, la cieguita se levantó de su asiento, entró en un cuarto y salió con varios billetes del banco que le entregó a su amiga.

    -Te regalo este dinero, sé que te servirá mientras se alivia tu situación.

    Le había entregado cinco mil lempiras.

    Al despedirse, los muchachos no pudieron acercarse a la dueña de la casa porque el gato no lo permitió, enseñando los dientes y aullando en una forma amenazadora. En el camino la mamá les dijo:

    -Ángela debe tener mucho dinero guardado, imagínense que sólo entró y sacó los cinco mil lempiras que me regaló. -Mamá -dijo uno de ellos- pero esa señora parece que lo está mirando a uno, no parece que estuviera ciega.

    Mientras caminaban la señora increpó a sus hijos:

    -¿Es que no me escucharon? Dije que Ángela sacó el dinero de un cuarto en forma rápida, o sea que debe guardar mucho, pero mucho dinero. Nosotros no tenemos nada, ella vive sola, ¿para qué quiere tanto dinero? No sale de su casa, no tiene sus hijos en Honduras... ¿No les parece que podríamos regresar y quedarnos con su dinero, o son ustedes unos cobardes?

    Los hijos de doña Lidia se rieron a carcajadas, Diego manifestó: -Desde que llegamos a esa casa y vimos lo que ahí allí pensamos en robar y después de ver que sacó dinero de aquel cuarto, pensamos hacerlo, pero no tan rápido, mamá. Será mejor que regresemos y finjas que se te olvidó decirle algo. Vamos a tener mucho dinero.

    Se acababa de ir el gato en busca de ratones al vecindario cuando doña Ángela escuchó que tocaban a su puerta, escuchó la voz de su amiga.

    -Soy yo Ángela, es que olvidé un pañuelo.

    -Pasen adelante -manifestó- Así me pasa a mí a veces que olvido las cosas, pero pasen, pasen.

    Al cerrar la puerta la ciega recibió un tremendo golpe en su cabeza, luego Rodimiro la tomó por el cuello con sus manos y la ahorcó. Colocaron su cuerpo en la silla, tenía los ojos abiertos, pero estaba muerta. De inmediato la malvada mujer y sus hijos penetraron al cuarto buscando el dinero, todo era oscuridad, buscaron velas y las encontraron, pero a pesar de todos sus esfuerzos jamás dieron con el dinero de la desventurada ciega. Temerosos de que alguien llegara, abandonaron precipitadamente la casa.

    -Maldita ciega que se lleva al infierno todo su dinero. Cuando los criminales abandonaron la casa, el gato lo vio desde las tejas.

    La noticia de la muerte de la ciega fue tremenda, llegaron personas de San Pedro Sula, Pimienta, Villanueva, Tegucigalpa y de otros lugares donde conocieron a doña Ángela, todas estaban apesarados. Las autoridades declararon que no hubo robo y no se explicaban los motivos de aquella extraña muerte.

    Nueve días después de aquel lamentable suceso, la malvada Lidia y sus hijos viajaban de San Pedro Sula a Tegucigalpa. Eran las ocho de la noche, Diego llevaba el timón, cuando bajaban la peligrosa cuesta entre Siguatepeque y Comayagua, Diego vio por el retrovisor y le pareció que venía un vehículo detrás de ellos. Su madre y su hermano instintivamente vieron hacia atrás y descubrieron que se aproximaba una luz, pero no era la luz normal de un vehículo, sino una luz verde.

    -Debe ser alguien con una lámpara -dijo la mujer- Acelera un poco más hijo.

    En la mencionada cuesta hay varias curvas peligrosas y unos tremendos abismos donde se han producido muchos accidentes y aquella era otra noche fatal. Al aproximarse a la curva más peligrosa apareció un enorme gato negro sobre la parte delantera del carro, sus ojos brillaban con un color verdoso. Aterrorizado, Diego perdió el control y se precipitó al abismo. En el accidente perecieron los dos hombres. En la mañana, cuando las autoridades fueron a rescatar los cadáveres, encontraron viva a la mujer.

    -El gato tenía los ojos de la ciega, jajajaja, eran los ojos de la ciega, jajajaja.
    Cuentan que la perversa mujer fue trasladada al manicomio, donde contó esta historia y luego falleció. Nunca pudo olvidad los ojos de la ciega.