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'Hasta los contras probaron mis nacatamales”

  • 18 diciembre 2010 /

A los diez años de edad, Josefina Rivera ya sabía darle el punto de cocimiento a la masa de los tamales que su tía Corina vendía en el barrio Guamilito de San Pedro Sula.

A los diez años de edad, Josefina Rivera ya sabía darle el punto de cocimiento a la masa de los tamales que su tía Corina vendía en el barrio Guamilito de San Pedro Sula. “También partía las hojas, cocinaba el arroz y hacía otras cositas que ella me enseñaba”, recuerda Rivera, quien ahora es una de las principales fabricantes de tamales de la ciudad.

Chefi, como también le dicen algunos clientes, es famosa no solamente por elaborar este típico producto en cantidades industriales, especialmente en los días de Navidad, sino porque le imprime un sabor capaz de satisfacer los caprichos de la barriga más exigente.

El barrio Guamilito siempre ha tenido su reina de los tamales. Primero fue doña Eva de Raquel, cuando las calles eran todavía de tierra, le sucedió doña Corina Rivera y ahora es su sobrina Chefi, a quien hasta el momento nadie ha destronado.

“La tía Corina era tranquila para enseñar, pero estricta. Si algo hacía mal, me ponía a hacerlo una y otra vez hasta que quedara en su punto; no consentía que los tamales tuvieran hoy un sabor y mañana otro”.

El sabor llegó a la frontera

Cuando Josefina se casó a los 23 años tuvo que dejar con mucho pesar un negocio de comida que había instalado frente al de su tía para irse a vivir a San Marcos de Choluteca.

Ella se acaba de graduar de secretaria comercial, pero, como su esposo era ingeniero agrónomo, no quería que trabajara en su profesión ni en la venta de comida.

Cuando estaba en San Marcos, revivió en Josefina el deseo de hacer aquello que le había enseñado su tía y muy pronto el olor de sus nacatamales estaba seduciendo a los pobladores de aquel sector fronterizo con Nicaragua. Hasta los contras, que por aquel tiempo se pavoneaban por territorio hondureño, llegaban atraídos por el tamaño y el sabor de aquellos tamales, que se llevaban para degustarlos en las montañas donde tenían su centro de operaciones, según el relato de doña Chefi.

Al morir su esposo, Josefina regresó a San Pedro Sula dispuesta a poner de nuevo la olla de los tamales en el fogón. Fue hasta que falleció su tía cuando instaló su propio negocio, al que llamó La Quinta porque está en la esquina de la quinta calle y la quinta avenida del barrio Guamilito. Aunque un cuñado suyo dice que le puso así porque ella es la quinta persona al frente del negocio. Las otras son sus cuatro hijos varones, que le ayudan. Ella sonríe por la ocurrencia y admite que tal vez sean ellos sus sucesores porque no tuvo hijas.

Hace diez años quedó formalmente instalada en su negocio, donde vende hasta 600 tamales diariamente, cantidad que se triplica en Navidad y Año Nuevo.

“Hago los nacatamales normales, pero también los especiales de Navidad, a los que les pongo unas cositas más, como alcaparras, chícharos y pasas, o según cómo los quiera la gente. Están también los de boca, que son más pequeños”, explica la entrevistada.

Los de cerdo se distinguen de los de pollo, porque los primeros van atados con una cabuya roja y los otros con una verde. “Antes los tamales se amarraban con un mecate que se sacaba de la misma hoja de plátano, pero tenía problemas porque se reventaba fácilmente y lo reemplacé por la cabuya, que es más práctica”.

Explicó que la hoja usada en la envoltura no es de cualquier mata de plátano. Es una hoja de un plátano cultivado especialmente en el sector de Bijao, Choloma, que los pobladores llaman platanillo.

Es una hoja más flexible con la que se envuelven los dos tipos de masa que lleva el tamal y, en medio, el trocito de cerdo o de pollo, para luego ser puestos a que hiervan dos horas y media en una gigantesca olla metálica calentada con carbón.

La masa que le da el sabor es condimentada y coloreada con achiote llamada ajiaco (de ají), aunque aquí en el medio es más conocida como recado. “Se le pone manteca de cerdo y se le da el punto exacto para que quede durita al cocinarlos”.

Recién salidos de la olla

Es preferible abrir los tamales calientitos para que salga con el calor ese olor inconfundible que jala de las narices a comensales de todos los niveles sociales.

“Aquí vienen en carros de lujo por sus tamales de encargo y clientes que prefieren comer en el negocio, donde también vendemos montucas y otras comidas”.

Dice doña Chefi que ha visto cómo clientes se comen hasta dos tamales y dos montucas de una sola sentada, aunque la mayoría coincide en que un tamal basta para dejar la barriga contenta.

Políticos, empresarios, profesionales y gente del pueblo han sabido lo que es un nacatamal de Chefi con su limoncito o el encurtido que también ella prepara. “Por aquí pasó el ex presidente Ricardo Maduro durante su campaña y cuando era presidente Manuel Zelaya, mandaron por un pedido de tamales desde Casa Presidencial”, recordó la dama.

Sus tamales y montucas viajan además en las maletas de los hondureños que van a Estados Unidos para mitigar la nostalgia por la comida catracha de sus familiares y amigos que viven en aquel país.

“No sé cómo hacen para pasarlos por la aduana; será que los esconden bien, pero lo cierto es que de aquí los llevan hasta para España”.
En medio del ajetreo que causa la elaboración de tantos tamales, doña Chefi apenas tendrá tiempo para reunirse en Nochebuena con su familia alrededor de un cerdito horneado que también tiene el sello de La Quinta. Después tendrá acaso uno o dos días para reponer sus energías porque luego vienen los pedidos de Año Nuevo.

Piden guaro en el rompope para que sea auténtico

Muchos clientes que llegan por sus tamales al negocio de doña Josefina Rivera en el barrio Guamilito no dejan de pedir también su botella de rompope o ron popo que ella elabora con su particular receta navideña.

A esta tradicional bebida de la temporada no debe faltarle el licor que, mezclado con la leche y la yema de huevo, le da un toque peculiar, el cual no deja de calentar el estómago al momento de tomarlo.

Doña Josefina dice que prefiere ponerle ron, pero a veces lo mezcla con aguardiente Yuscarán porque hay quienes dicen que si no lleva guaro no es el auténtico rompope catracho.

El rompope sirve de aperitivo de los nacatamales, el cerdo horneado o el pollo relleno y como postre están las torrejas, hechas por lo general con pan de yema de huevo, fritas en aceite y luego echadas en un almíbar de azúcar, aunque doña Josefina tiene su propia receta.

Toda esta gastronomía catracha suele servirse no solamente en Nochebuena, sino durante el robo del Niño Dios. Según esta tradición, en la madrugada del 25 de diciembre corre en el barrio la noticia de que el Niño Jesús ha desaparecido del nacimiento de la casa de fulano. Y entonces, en las noches que siguen, del 26 al 30 de diciembre, se procede a la búsqueda del Niño Jesús en todo el vecindario hasta que es encontrado y en esa casa donde se encontró se hace una reunión similar a la de las posadas, donde se brinda con rompope y se destapa la olla de los nacatamales al tiempo que arranca el baile.