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Condenados al olvido, tolupanes luchan por sobrevivir en la Montaña de la Flor

En el abandono sobreviven tribus de la etnia tolupán agrupadas en los departamentos de Yoro y Francisco Morazán. En medio de la pobreza permanecen unidos.

Esta madre y sus hijos son el fiel reflejo de las condiciones precarias en las que viven los tolupanes.
Esta madre y sus hijos son el fiel reflejo de las condiciones precarias en las que viven los tolupanes.

Francisco Morazán.

En 28 tribus, en seis municipios del departamento de Yoro y dos de Francisco Morazán, los tolupanes libran la batalla por conservar su lengua y sus costumbres.

Los indígenas que viven en lo alto de la Montaña de la Flor, en el municipio de Orica, Francisco Morazán, rinden respeto a sus líderes, buscan sobrevivir en medio de su extrema pobreza y dan un ejemplo de unión y solidaridad pocas veces visto en los grupos étnicos.

Pese a sus limitaciones, los indígenas distribuidos en cinco tribus en las comunidades de Lavanderos, San Juan, La Ceiba, La Lima y Guarumas mantienen la fe y la alegría.

Ninguno reniega de su suerte; al contrario, están unidos y cuentan con la ayuda de personas y organizaciones que se atreven a llegar de vez en cuando a esta comunidad postergada.

“Estamos en un olvido total. Solo Dios nos tiene con vida para dar continuidad a este grupo que libra la batalla por la vida, por mantenerse en pie y ayudar a su gente”, explicó Ricardo Martínez, presidente del consejo directivo de la tribu.

La historia señala que los tolupanes serían los primeros pobladores de Honduras y, según historiadores, se calcula que habrían llegado hace unos cinco mil años, antes incluso que los mayas en Copán.

Sobreviven

Cada día es una oportunidad para los tolupanes; subsisten con lo poco que tienen: las escasas cosechas, los butucos y la malanga alimentan a los 1,200 tolupanes que conforman la etnia. Los hombres buscan también en la cacería y la pesca una forma de llevar el alimento a las familias que viven en las aldeas y los caseríos. Las mujeres apoyan elaborando las canastas de carrizo o uyaste, como las llaman.

Los indígenas tardan un día en elaborar una canasta que venden en 20 lempiras en las comunidades de El Ocote y Guatemalita, adonde llegan cada semana para venderlas y conseguir unos centavos que les permitan comprar alimento.

“Hacemos una canasta en un día. Se ganan 20 lempiras por cada una. Nos cuesta hacerlas y venderlas, pero esto nos sirve para comprar azúcar. Como usted mira ahora, los fogones están apagados porque no hay qué comer y cuando hay el con qué, logramos hacer dos tiempos, pero ahora ni tortillas tenemos”, dijo Lucrecia Pérez.

Organización

Cada tribu se compone de pocas casas. Cinco se hallan actualmente en la Montaña de la Flor, compuestas por 1,200 indígenas.

Las chozas tradicionales tolupanes de bahareque y techo de palma han sido cambiadas. El apoyo de personas les ha dado un giro y los pobladores viven en condiciones distintas, con techo de lámina, paredes de ladrillo y piso de cemento.

Pero el cambio tuvo que ser aprobado por el cacique de la tribu; en el caso de San Juan, el jerarca Cipriano Martínez dio su consentimiento para el cambio, que era necesario por la invasión de la chinche picuda que mantiene enfermos a los pobladores, incluyendo a su cacique.

“Se construyeron 49 viviendas para mejorar las condiciones de vida de los pobladores de las comunidades tolupanes. Esto mejora la salud porque muchos de los miembros están enfermos por la presencia de la chinche”, explicó Cipriano, el cacique que ahora tiene 114 años.

Pero falta mucho que hacer en estos poblados indígenas apoyados mensualmente por misioneros extranjeros que les regalan zapatos de plástico, pero ellos buscan ayuda para producir recursos y no pasar hambre.

El cacique Cipriano se agota; la enfermedad lo mantiene alejado de las gestiones que puedan dar un giro a su comunidad y su situación ha fomentado la creación de nuevas estructuras sociales.

Cipriano es la leyenda vivienda de los tolupanes, quienes respetan a este hombre que con sus actuaciones se ha ganado el respeto de su pueblo.

Mantienen su lengua

El pueblo tolupán conserva su idioma y parte de las costumbres y valores que los caracterizan. El origen del tol, la lengua del pueblo tolupán, viene desde muy lejos en la distancia y el tiempo.

Para algunos investigadores, el tol está emparentado con la familia otomangue, del oeste de América del Norte.

El idioma tol es una mezcla de lenguas indígenas; es parte de la familia tequistlateca, hablada por algunos indígenas del estado de Oaxaca, en México.

Los indígenas tolupanes luchan porque el sistema educativo de Honduras les imparta clases en su lengua materna tol a sus hijos y que se les enseñe español como segunda lengua, con el fin de rescatar su idioma porque cada día se reduce la cantidad de miembros de la tribu que hablan la lengua.

“El tolupán es una lengua que apenas sobrevive. Solamente un pequeño grupo de ancianos lo habla de manera aislada y los otros miembros hablan español; apenas pueden pronunciar algunas palabras en su idioma materno”, expresó Antonio Martínez, poblador de San Juan.

Cuentan su historia

Por el abandono en que han estado durante tantos años, la Sociedad Literaria de Honduras y la Secretaría de Pueblos Indígenas y Afrohondureños, con fondos del Banco Interamericano de Desarrollo elaboran el documental Los hijos del Tomán para contar la historia de dolor de este pueblo indígena.

En la cinta se muestra la cruda realidad y la extrema pobreza de los tolupanes, ignoradas por las autoridades, para quienes este grupo étnico no cuenta.

Esta cinta no solo muestra su dolor y su abandono; también refleja la riqueza cultural, que incluye gastronomía, artesanías, cultivo de la tierra y antiguos métodos de caza, como el uso característico de la cerbatana y el arco. Los tolupanes nos dan el mejor ejemplo de lucha para no desaparecer, pese al abandono.