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Miami.

Los chicos están bien, pero encerrados. Es la impresión que se lleva el visitante del cuestionado Refugio Temporal para Niños Migrantes No Acompañados de Homestead (sur de Florida) cuando las puertas se cierran detrás de él.

En este lugar eufemísticamente llamado refugio viven 1,200 chicos y chicas de 13 a 17 años, que pronto serán 2,350, pues está previsto duplicar su población.

A la polémica por el hecho de que estos menores que entraron sin permiso a Estados Unidos estén privados de libertad, se suman las denuncias acerca de los abusos sexuales a los que están expuestos.

El representante demócrata Ted Deutch afirma que de 2014 a 2018, el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos recibió más de 4,500 quejas de abuso sexual en contra de menores migrantes no acompañados.

Pero, según Leslie Wood, directora del programa en Homestead, desde que el albergue reabrió en junio del 2018 no ha habido casos de “niños que abusen de otros” ni de “personal que abuse de un niño”.

“Nuestro lema es ‘ cero tolerancia’ y cuando digo cero, es cero”, afirmó a los periodistas que visitaron el centro esta semana.

Wood asegura que cuando los menores ingresan a este centro administrado por una empresa privada se les da una sesión de orientación en la que se les estimula a denunciar cualquier conducta o contacto inapropiado.

Y, aunque duermen en enormes dormitorios de literas, ella asegura que hay un custodio por cada 12 niños.

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Vista frontal del centro de detención de indocumentados en Homestead, Florida.
Drama juvenil

Los adolescentes que viven en Homestead vienen en su mayoría de Centroamérica (más del 40% es de Guatemala) y México; un 40% tiene 17 años y un 72% son hombres.

Algunos sufrieron violencia de pandillas, otros fueron violados, ya sea en sus países de procedencia o en la travesía, y otros huyeron por la pobreza.

También hay víctimas de tráfico humano. Hay quienes llegan con enfermedades venéreas, también jovencitas embarazadas, otros presentan síntomas de depresión y, aunque parezca increíble, un buen número se siente agradecido de estar aquí, aunque sin libertad. “Veo que muchos sienten un alivio al entrar”, dijo uno de los empleados .

“Es natural porque pasaron muchos días caminando, pasaron hambre o vienen de países en donde eran abusados o no tenían qué comer y, al venir al ‘shelter’ (refugio) encuentran que por fin tienen una cama y comida”, dijo.

Otro de esos empleados dice que “les dan una atención médica envidiable. Si dicen ‘me duele un dedo’, enseguida los ve un médico. Tienen dentista, sicólogo y si hay que llevarlos al hospital, se les lleva”. Solo pueden usar el teléfono diez minutos dos veces a la semana y, si su familia logra reunir dinero para viajar a Florida, puede visitarlos una vez a la semana. Sin embargo, la mayoría son muy pobres y no tienen esos medios.

Cada joven tiene la ayuda de un asesor sicológico y un administrador de su caso. El primero los apoya emocionalmente y el segundo pelea para sacarlos de allí lo más pronto posible. Si se comprueba que tiene un familiar responsable, sin antecedentes delictivos en Estados Unidos, el menor puede salir en una semana o menos. Sin embargo, la estadía promedio era hasta hace dos semanas de 67 días.

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