04/01/2026
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Viaje al París de Cortázar

  • Actualizado: 01 mayo 2010 /

Leer “Rayuela” en París no es lo mismo que leerla en cualquier otra parte del mundo, porque en la obra de Julio Cortázar, la capital francesa es uno de los principales personajes, al mismo nivel que la Maga o que Oliveira.

    Leer “Rayuela” en París no es lo mismo que leerla en cualquier otra parte del mundo, porque en la obra de Julio Cortázar, la capital francesa es uno de los principales personajes, al mismo nivel que la Maga o que Oliveira.

    Desde el primer párrafo la ciudad se impone como el escenario privilegiado de uno de los prominentes autores del “boom” de la literatura latinoamericana.

    “¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua”, se lee al principio de “Rayuela”.
    Fue precisamente en abril, hace 47 años, que la novela salió a la luz por primera vez. Para Cortázar, ya conocido por sus cuentos y por su primera novela “Los premios”, “Rayuela” fue la síntesis de “la experiencia de toda una vida”. Todos los caminos de sus otras obras, los cuentos innumerables, los libros de dos pisos como “Último round” o las vueltas al día en ochenta mundos, son vasos comunicantes que remiten siempre a París.

    Allí vivió Julio Cortázar y escribió gran parte de su obra en el número 9, rue l’Eperon en el barrio latino, a una cuadra de Odeón. “Llueve en la rue l’Eperon / y Janis Joplin”, escribe en un poema dedicado a Alejandra Pizarnik.

    París, el refugio ideal

    Como sus personajes, Cortázar transitó por Saint-Michel, Saint Germain-des-Pres, Chatelet, rue Monsieur-le-Prince (donde vivió antes el poeta César Vallejo), el Canal Saint-Martin y por supuesto los puentes, sello identitario de la ciudad luz: Pont des Arts, Pont au Change, Pont Saint-Michel, Pont Neuf, mencionados repetidas veces en la novela.

    París fue para Cortázar y para sus personajes, como para miles de latinoamericanos, el refugio ideal y la cura para el desarraigo. La ciudad se prestó para ser apropiada, caminada, acariciada y amada. Su latinidad estaba siempre en sintonía con el sur, de manera que los latinoamericanos nunca se sintieron extranjeros, sino dueños de calles y parques; los “meteques”, los extranjeros, eran los otros.
    Por alguna razón mágica, los lectores de “Rayuela” recordamos más la primera parte de la novela, “Del lado de allá”, que transcurre en París, que la segunda parte que transcurre en Buenos Aires. Al final de cuentas ese “allá” parisino se convierte en el eje de los personajes, quizás porque lo que había quedado al otro lado del océano, en América del Sur, era solamente la nostalgia. “En París todo le era Buenos Aires y viceversa”, dice el narrador sobre Oliveira.

    Lector cómplice

    La novela es puro gozo literario, en el sentido de que su argumento es trascendido por el estilo del escritor, libre y poético, aventurado y fragmentado como los bloques de la rayuela dibujados con tiza sobre la acera. París se prestó como ninguna otra ciudad a la alegría lúdica de Cortázar. Como dice Gregorovius, uno de los miembros del bohemio Club de la Serpiente, “París es una gran metáfora”.

    “Rayuela” es una novela total, porque no le cierra la puerta ni a la poesía, ni al juego, ni a la locura. Es un ejercicio de libertad creativa y de ruptura. La novela tiene tantas lecturas como lectores, de ahí las diversas de aproximaciones críticas: a cada quien su rayuela, y todos llegan al cielo. El famoso capítulo 68 nos recuerda que todo es posible: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes”.

    Resulta una obviedad decir que Cortázar está personificado en el personaje de Morelli, el escritor, cuando en realidad está también en Ronald el pianista de jazz, en Traveler el amigo, en Perico Romero lector voraz, y en el propio Horacio Oliveira. Cortázar está en todos, también en la Maga.

    Lo que logra la magia del lenguaje de Cortázar es que el lector camine por las calles de París y se enamore de la Maga tanto como de la ciudad. Pocos escritores han podido hacer del lector tan cómplice de una historia y de un espacio urbano.

    FRAGMENTO DE “RAYUELA”

    ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

    Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sébastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino.
    Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche..”.