Con el permiso de las familias de Flavio Ortega, un luchador permanente, un titán, especie mitológica de héroe, más fuerte que los dioses del Olimpo, y de Lucinio Rodríguez, un ser humano, que aprendió de sus errores y del menosprecio para convertirse en uno de los mejores árbitros.
Flavio y Lucinio, unidos por la raíz romana que sujeta sus nombres, unidos por el papel estelar que desempeñan en el fútbol nuestro, unidos también por la triste coyuntura que se apropia indebidamente de su salud y de las lágrimas de la gente que más los quiere.
Espero encontrármelos de nuevo, no importa si es para discutir, si es para ganar o perder, si es para salir expulsado; aceptaría todo esto con tal de volver a encontrármelos en un estadio, el lugar donde nos conocimos; puede ser que nos encontremos en la calle, incluso próximos a ser asaltados a mano desarmada, no me importa, con tal de volver a verlos.
Puede ser que el saludo sea descifrado o que el rozón de las manos no quede grabado o que no pase de una delgada mirada; me privaría de esas cosas, con tal de volver a toparme con ellos. Ese instante nadie lo grabaría en piedra, sería una estrella fugaz que pasó sin ser vista por una pareja de enamorados. Nadie me leerá en la mente: “me encontré con dos bellos seres humanos”, la alegría no pararía, sería toda mía porque el respeto se lo ganaron hace días.
Con el permiso de las familias de Flavio y Lucinio, en nuestro país nos unimos sólo para el inicio del camino al Mundial, nos unimos después de un desastre ocasionado por el hombre o la naturaleza y para donar una vez al año para una causa social; sólo entonces lo que menos tenemos: el amor y la solidaridad, sólo entonces aparece lo que menos tenemos la mayor parte: el señor dinero.
En el día a día para honrar obligaciones, para asegurar el normal funcionamiento de la empresa estatal o privada, del equipo deportivo, no ajusta el dinero, ni para pagarle el último salario al futbolista, ni para el seguro del cuerpo técnico y los árbitros. Es cierto, como dijo la joven Piraña, objeto de mi próximo trabajo, no inventamos el cero ni mucho menos la rueda, ni conocemos la filosofía del juego, ya que al ser hondureños estamos vedados por decreto celestial.
En este momento aparece la oscuridad, se empieza a hacer más fuerte un himno, que todavía no es claro, de repente se enciende el estadio y los equipos van a saltar; Lucinio Rodríguez ya había entrado al círculo central; a lo lejos asoma Flavio para dirigir otra final... A la joven Piraña tanto calor de humanidad.