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Cuentos de fútbol

  • Actualizado: 26 julio 2007 /

Me acuerdo de manera inesperada que hace más de una década dirigiendo al Broncos de Choluteca fui invitado por la organización de periodistas deportivos del norte a dictar una charla sobre los principios del juego, se dudaba de mi asistencia por lo apuntado atrás y por la distancia entre la sultana del sur y la capital industrial, sin embargo asistimos y dimos la charla.

Me acuerdo de manera inesperada que hace más de una década dirigiendo al Broncos de Choluteca fui invitado por la organización de periodistas deportivos del norte a dictar una charla sobre los principios del juego, la invitación nos llegó tarde, es más, se dudaba de mi asistencia por lo apuntado atrás y por la distancia entre la sultana del sur y la capital industrial, sin embargo asistimos y dimos la charla, decidí quedarme aunque tenía entrenamiento al día siguiente, pero el siguiente tema sonaba interesante: “La táctica de juego” y el expositor era un entrenador de origen extranjero que trabajaba en el puerto, estaba de moda por su forma de dirigir y según los entendidos por su forma de entrenar.

Llegó a la carrera, casi finalizando mi exposición, tomó la palabra y con voz fuerte y solemne dijo: “No necesito un micróforno, no soy teórico, soy de práctica”, sonaron los aplausos de casi todos los presentes, sobre todo de algunos directivos del club que él dirigía. Acto seguido se disculpó porque no iba a exponer el tema señalado, ya que era una oportunidad histórica encontrarse con tantos periodistas juntos y prefería que le hicieran preguntas.

Ante mi ingenuo asombro, un joven periodista, hoy connotado columnista, le preguntó por qué gritaba tanto al borde del área técnica: “Es mi forma de dirigir, de entrenar, de sentir el fútbol”, respondió. Acto seguido me levanté para iniciar por segunda vez en el día una travesía por siete horas a mi segundo hogar.

Al día siguiente el papel de un medio local no aguantaba el peso de tanta palabra perdida, malgastada como unos espejitos que reflejaban lo que uno quería ver, nos embrujaban. El folclórico técnico se fue, regresó y se volvió a ir. No dejó ni ganó nada, no trabaja en su país, pasa pendiente del teléfono y con la maleta hecha, más actualizado sólo por bajar de un avión.

No sé si era digna de mayor atención la historia de un equipo que contrató a un entranador extranjero porque se vestía bien y podía ser presentado en sociedad. Perdió siente juegos al hilo, pero siempre se conservó bien ataviado. Para terminar vale la pena mencionar la historia de un técnico que colecciona mundiales como estampilla de las naciones que le gusta visitar.

Faltan horas para el juego Honduras-Costa Rica por una plaza a los Juegos Olímpicos, enciendo la televisión y aparece el personaje flanqueado de los periodistas de TV Azteca: “Aquí tenemos al técnico que ha dirigido en más mundiales y hoy está a un paso de meter a Honduras a unos Juegos Olímpicos”, sin empacho y sin despeinarse se presentó como el técnico de la Sub 23 y como el gestor del posible logro. Donnis Escober le robó una estampilla de Guadalajara y a mí me mataron. Cosas del fútbol.