¿Recuerdan la historia del rey Midas, aquel que convertía en oro todo lo que tocaba? Pues bien, aquí tenemos la historia de un nuevo rey Midas, en el fútbol mundial. Cuando hace poco más cinco años Florentino Pérez se alzó con la presidencia del Real Madrid prometió que allí estarían los mejores jugadores del mundo y que funcionaría con los principios de rentabilidad de una empresa. Y lo consiguió. Primer objetivo cumplido.
Como el rey Midas en su momento, Florentino vendía más camisetas del Real Madrid que nadie en el mundo y era reclamado año tras año en la millonaria Asia para llenarle las alforjas. Florentino Pérez, uno de los empresarios más prósperos de España, no acabó de entender que en esto del fútbol lo primero es que la pelotita entre en el marco rival. Y que para ganar títulos es necesario hacer un equipo donde convivan galácticos y mecánicos, artistas y fontaneros.
Aunque prometió un equipo de “zidanes y pavones”, estos últimos sólo han quedado para llevar el chaleco de los suplentes en los entrenamientos y, a pesar de las espectaculares escuelas de fútbol madridistas en Brasil, México o Estados Unidos, los niños que juegan en las categorías inferiores del Real Madrid sólo pueden aspirar a que los galácticos les firmen un autógrafo.
Con su sentido empresarial, impuso jugadores, técnicos y decidió quién se quedaba y quién se iba. Dicen que no fichó a Ronaldinho por feo y desentonaba con el “glamour” blanco. Menospreció a Del Bosque, aburrió a Camacho y a Valdano y desintegró con su presión a Queiroz y a Luxemburgo. Florentino ha experimentado en propias carnes que, si el banquillo quema y el vestuario hierve, la presidencia blanca no se iba a salvar de la hoguera. Ya no queda nadie para pagar los platos rotos. Dos Ligas y una Copa de Europa en cinco años hacen la felicidad de cualquier club, pero para el Real Madrid no es suficiente.