Crece la fiebre por el oro en río Manchaguala, Cofradía

Mujeres, sus hijos y esposos trabajan bajo un sol abrasador excavando y lavando arena en busca del metal precioso.La mayoría de los buscadores no tienen trabajo.

Sandra Jamileth Tábora, quien sufre cáncer, pasa largas horas a la orilla del río Manchaguala de Cofradía junto con su familia y otro grupo de personas buscando oro.Fotos La Prensa • Moisés Valenzuela.
Sandra Jamileth Tábora, quien sufre cáncer, pasa largas horas a la orilla del río Manchaguala de Cofradía junto con su familia y otro grupo de personas buscando oro.Fotos La Prensa • Moisés Valenzuela.

SAN PEDRO SULA.

Sandra Jamileth Tábora es una mujer de 41 años que llegó al río Manchaguala junto con su esposo y sus cinco hijos con la esperanza de encontrar pepitas de oro que luego venderían para sustento del hogar.

Tábora, aunque padece de cáncer, pasa todo el día junto a su prole colando arena en busca del precioso metal. Para ella y su esposo este trabajo no es nuevo, pues a eso se dedicaban en Santa Bárbara, de donde son oriundos.

Hace varios años, el esposo de Sandra encontró oro en el río Manchaguala y de eso sobrevivió la familia durante un tiempo.

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gramo de oro se los pagan a 600 lempiras, pero son pocos los que han logrado obtener esa cantidad de dinero. La búsqueda es tediosa

Hace exactamente un mes, el esposo de Sandra y un amigo volvieron a encontrar metal dorado en el río, a la altura de la colonia 9 de Mayo, y eso despertó la fiebre por el oro en decenas de pobladores.

Al principio los que llegaban a buscar oro no sabían cómo hacerlo, pero al ver a los que se han dedicado a esa actividad por años, aprendieron y ahora excavan a las orillas del río y luego lavan la arena

Para el proceso de lavar la arena estaban utilizando pailas plásticas, pero como es más lento improvisaron cajones de madera con una rejilla que colocan en el cauce del río, lo que les permite ser más rápidos.

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personas se reúnen en el río a buscar oro, pero a este grupo se suman alrededor de otras 50 que no tienen trabajo y buscan llevar sustento a casa

“Hoy no hemos encontrado nada, no vamos a comer”, comentó un hombre de 60 años, quien no tiene trabajo, pero con esperanzas de encontrar oro.

Sandra Jamileth encontró una décima de gramo luego de varias horas de trabajo, la cual venderá a 50 lempiras.

La mayor cantidad que han encontrado los buscadores más experimentados son dos gramos, que venden a 600 lempiras cada uno en alguna joyería de San Pedro Sula.

Cada mañana, familias enteras llegan al río. Mientras unos hacen las excavaciones en los bordos del afluente, otros cargan arena en sus pailas plásticas y los demás se encargan de buscar minuciosamente en la arena que están lavando las pequeñas pepitas de oro.

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Cada día crece el número de buscadores y la esperanza de encontrar el metal precioso para venderlo y llevar el sustento a sus casas, pues muchos no tienen trabajo.

Entre el grupo de buscadores de oro, se observan muchas mujeres y niños que pasan todo el día en el río, bajo el inclemente sol de mayo. Las primeras porque no tienen trabajo y los segundos porque no están recibiendo clases debido a la emergencia causada por el COVID -19.

“Mi esposo trabaja en una maquila donde solo le están pagando la mitad. Eso apenas ajusta para pagar las deudas porque no nos dejan de cobrar, así que esperamos encontrar oro y venderlo para poder alimentar a los niños”, dijo una de las mujeres que cargaba a una niña de tres años.

Para alrededor de las cien personas mayores que buscan oro en el río Manchaguala esta labor se ha convertido en un trabajo diario, pues si logran encontrar el metal saben que tendrán comida en sus hogares.

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Por la carencia de agua que hay en Cofradía, muchas personas aprovechan su estancia en el lugar para lavar ropa.

Aseguraron que no temen contagiarse de COVID-19 porque trabajan a cierta distancia una persona de otra; además, “nos puede más el hambre, porque no tenemos trabajo y si hallamos oro garantizamos que tendremos comida”, según comentaron sin detener la faena del día.

El río Manchaguala nace en la cordillera de El Merendón y se convierte en un afluente del Chamelecón en el sector de Cofradía, donde habitan más de 100,000 personas.

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La Prensa