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Francisco Amador tenía 17 años cuando decidió ponerse por primera vez el traje rojo y acompañar a su padre en una de las rutas navideñas del llamado "Santa de los pobres". Desde niño había crecido entre esas jornadas solidarias en hospitales, barrios y calles donde cada diciembre su padre repartía juguetes, comida y abrigo a quienes más lo necesitaban.
Aquel día de 2014, el joven también se vistió de Santa Claus. No llevaba barba —nunca habían usado una postiza porque la de su padre era natural—, pero caminó junto a él por las salas del Hospital Mario Catarino Rivas, en San Pedro Sula, saludando a los niños que los miraban con curiosidad.
"¿Por qué hay dos Santa?", preguntaron algunos pequeños, confundidos al verlos entrar juntos.
El médico Francisco Amador, conocido también por rescatar ancianos abandonados respondió con una sonrisa que "Él es el Santa aprendiz. Cuando yo tenga que descansar, él será el Santa que va a quedar", refiriéndose a su hijo.
La frase provocó risas entre los niños y la actividad continuó con abrazos, fotografías y regalos. En ese momento fue solo una respuesta improvisada, casi una broma para explicar la escena.
Nadie —ni siquiera el propio Francisco hijo— imaginaba que aquellas palabras terminarían cobrando otro significado apenas un año después.
En diciembre de 2015, el médico murió a los 64 años tras una dura batalla contra el cáncer de riñón. Y el joven que un año antes había entrado a los hospitales vestido de Santa, pero sin barba, tuvo que ponerse el traje completo para continuar la tradición.
Desde entonces, cada diciembre, Francisco Amador vuelve a vestirse de rojo para recorrer hospitales y barrios, tal como lo hacía su padre.
Pero detrás del traje rojo hay una historia mucho más grande que la Navidad, es la de un hijo que heredó una promesa y decidió no dejarla morir, junto con los valores de solidaridad que aprendió desde niño.
“Seguro que él se sentiría orgulloso del trabajo que hemos estado haciendo, de dibujar esa sonrisa en los más necesitados”, expresó Francisco en conversación con LA PRENSA Premium.
4,200
atenciones
aproximadamente ha brindado el asilo de ancianos Ceder, desde su existencia
Amador, pasante de la carrera técnica en Urgencias Médicas, no tuvo una infancia común.
El "Santa de los pobres" era apenas una de las múltiples actividades que realizaba su padre.
Mientras otros niños crecían entre juegos, caricaturas y tareas escolares, él creció viendo ancianos abandonados en las calles, que su padre, el doctor Francisco, decidió rescatar.
A principios de los 2000, el galeno fundó en Tegucigalpa el Centro de Día y Reposo para el Adulto Mayor Desprotegido y Abandonado (Ceder), un asilo que se convirtió en refugio para personas que habían sido olvidadas por sus propias familias. Allí encontraban comida, techo y dignidad, siendo esto último algo que muchos creían haber perdido.
Francisco guarda en la memoria escenas que todavía lo acompañan y que, con los años, se transformaron en el motor que lo impulsa a continuar sirviendo a los demás.
“Recuerdo ver a mi padre quitarse un plato de comida para dárselo a una persona que llevaba días sin comer. También regalar sus propios zapatos a alguien que los necesitaba más y recoger adultos mayores abandonados en las calles”, cuenta.
Para él, aquella realidad siempre fue parte de su vida cotidiana. “Desde que nací, el asilo ya existía”, relata. “Crecí viendo todo eso y esos detalles me enseñaron actos de solidaridad y apoyo. Mi padre siempre decía que había que ‘dar de sí, sin pensar en sí'".
15 años después de haber fundado el asilo, el doctor Amador fue diagnosticado con un agresivo cáncer de riñón. Las quimioterapias comenzaron a apagarlo poco a poco. Su hijo Francisco tenía apenas 18 años.
Mientras muchos jóvenes de su edad pensaban en fiestas, viajes o en comenzar la universidad, él pasaba sus días revisando medicinas, organizando alimentos y cuidando a los adultos mayores que habían encontrado en Ceder su último hogar.
En medio de la enfermedad de su padre, asumió la responsabilidad de dirigir el asilo. Tras la muerte del médico, el 8 de diciembre de 2015, continuó al frente de la labor junto a su madre, Amarilis Matos.
“No tuve una adolescencia como muchos. Mi tiempo era completamente para el asilo, las actividades de solidaridad y mis estudios”, relató.
Aunque muchos lo llamarían sacrificio, él nunca lo vio de esa manera. “No me arrepiento en ningún momento. Creo que todo eso me marcó, me hizo la persona que soy hoy, me fortaleció y sentó los cimientos de mi vida", expresó.
En sus primeros años, el asilo funcionaba en el centro de Tegucigalpa, cerca del Core 7. La familia alquilaba un pequeño local donde atendían a los adultos mayores que el doctor Amador rescataba de las calles.
El espacio era modesto, pero suficiente para ofrecerles un lugar donde dormir, un plato de comida caliente y alguien que los llamara por su nombre.
Con el tiempo, la labor comenzó a llamar la atención de distintas personas y durante el gobierno del expresidente Ricardo Maduro (2022-2006), la entonces primera dama, Aguas Ocaña, otorgó la casa donde actualmente funciona el asilo.
“Fue entonces cuando se tomó la decisión de trasladarlos a la cuesta Lempira, donde hoy nos encontramos”, relata Francisco. “La casa estaba en malas condiciones y la fuimos reconstruyendo poco a poco hasta convertirla en el lugar desde donde seguimos nuestra labor”.
La decisión implicó un cambio radical en la vida de la familia, ya que luego de un robo nocturno y para velar por la seguridad permanente de los ancianos, los Amador dejaron su propia vivienda y se mudaron al asilo.
Desde entonces, el hogar donde viven también es el hogar de quienes llegan buscando refugio.
Más de dos décadas después de su fundación, Ceder sigue en pie y actualmente alberga a 11 adultos mayores —seis mujeres y cinco hombres—. Algunos fueron encontrados deambulando en las calles; otros llegaron después de ser abandonados por sus propias familias.
Cada uno carga una historia distinta, muchas veces marcada por el abandono, la pobreza o la enfermedad. Pero al cruzar la puerta del asilo comienza un proceso sencillo que, con el tiempo, se vuelve transformador, al tomar un baño, recibir una evaluación médica, comida caliente y la atención que necesitan.
Francisco ha visto esa transformación decenas de veces, cuando ancianos que llegan desnutridos, enfermos y casi invisibles para el resto del mundo comienzan poco a poco a recuperar fuerzas... y, sobre todo, la sonrisa.
Pero no todas las historias han sido fáciles, pues el entrevistado cuenta que una de las que más lo marcó fue la de una anciana que llegó al asilo después de haber sido abusada sexualmente mientras vivía en la calle.
“Ella llegó a Ceder con un rechazo total hacia los hombres y una inseguridad increíble”, recuerda. “No aceptaba ni siquiera la comida si se la entregaba un hombre, por todo el maltrato que había sufrido”.
Con el tiempo, y gracias al cuidado constante, ese miedo comenzó a desaparecer. “Poco a poco se logró superar eso. Estuvo con nosotros entre 12 y 15 años y finalmente falleció aquí, con nosotros”, relata.
Hoy el hogar funciona con el apoyo de una pequeña pero comprometida red de personas que incluyen una cocinera, una aseadora y una enfermera que atienden a los residentes.
Sus salarios, explica Francisco, se cubren gracias a actividades solidarias y donaciones que voluntarios y colaboradores organizan a lo largo del año para mantener vivo el proyecto.
Pero el asilo no es la única misión en la vida de Francisco, pues a los 15 años decidió convertirse en bombero voluntario. Al principio lo hizo con la idea de aprender primeros auxilios y acercarse al mundo de la medicina, sin embargo, con el tiempo descubrió una vocación por el rescate.
Hoy trabaja como bombero aeronáutico y paramédico en una clínica privada. Aun así, cada domingo continúa activo como bombero voluntario, mientras por las tardes avanza en sus estudios.
A lo largo de esos años ha participado en múltiples emergencias, pero una de las que más lo marcó ocurrió en 2020, durante las devastadoras inundaciones provocadas por las tormentas Eta e Iota en La Lima, San Pedro Sula.
Durante más de una semana, los equipos de rescate trabajaron prácticamente sin descanso. Las jornadas comenzaban a las 5:00 de la mañana y terminaban cerca de las 9:00 de la noche.
Durante esos días sacaron a decenas de personas atrapadas por el agua, atendieron heridos y, en los últimos momentos de la emergencia, también tuvieron que recuperar cuerpos de quienes no lograron sobrevivir.
Todo ocurría mientras el país empezaba a enfrentarse a la pandemia del covid-19. “Fue una de las emergencias más fuertes que me ha tocado vivir”, reconoció el entrevistado.
Cada sonrisa que Francisco logra arrancar en niños y adultos mayores tiene un origen claro que es su padre. Todo lo que hace, desde el asilo Ceder hasta las actividades del “Santa de los pobres”, pasando por su labor como bombero y médico voluntario, nace del ejemplo y los valores que recibió desde pequeño.
La tradición del “Santa de los pobres” ya llega a Tegucigalpa, San Pedro Sula y Comayagua, pero el sueño de Francisco va mucho más lejos. “Me gustaría hacerlo en los 18 departamentos del país, para llegar a más niños que lo necesiten. También fortalecer la protección del adulto mayor, que se respeten sus derechos y que podamos cuidar mejor de ellos”, explica.
Como siempre, el obstáculo son los recursos, ya que detrás de cada sonrisa hay meses de colectas, donaciones y voluntariado.
Con el tiempo, Francisco ha logrado formar un pequeño ejército de amigos, compañeros de trabajo y personas que creen en la solidaridad y acompañan cada una de sus iniciativas.
Su labor no se limita a la Navidad y durante el año reparte comida en las calles, café y pan a personas sin hogar, ropa para quienes lo han perdido todo y apoyo en hospitales. Cada acción recuerda la enseñanza de su padre.
El trabajo de Francisco ha sido reconocido en varias ocasiones, pues ha sido nominado a los Premios Quetglas (un galardón que reconoce a quienes impactan positivamente a comunidades vulnerables) en varias ocasiones y recibió el Premio Embajador en una de las tres nominaciones que recibió.
Además, recibió el Premio Nacional de Voluntariado otorgado por el gobierno en 2019. Cuando le preguntan qué significan esos reconocimientos, su respuesta es simple. “Que más jóvenes se animen a ayudar de diferentes formas”, dice.
Más allá de los premios, lo que mueve a Francisco es mantener vivo un legado familiar que sigue transformando vidas.
Antes de morir, su padre le pidió a su familia que no abandonaran a sus “niños", como llamaba de cariño a los abuelitos del asilo.
Hoy, más de diez años después de su muerte, Francisco Amador sigue cuidándolos y cada vez que se pone el traje rojo en Navidad, recuerda aquella escena en el hospital.
Tal vez su padre lo sabía desde entonces. Tal vez aquel “Santa aprendiz” no estaba jugando, sino preparándose para continuar la historia de solidaridad. "Lo dijo pensando en el futuro", expresó Francisco.