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La Pascua

  • Actualizado: 14 abril 2017 /

    El empuje definitivo o la columna vertebral del compromiso cristiano halla, cada año, en la Pascua de Resurrección su razón de ser, pues además del triunfo de la vida sobre el fracaso y la muerte es el horizonte retador a salir del diminuto ámbito personal y de abandonar la seguridad egoísta y excluyente del templo para acercarse y conocer los problemas sociales y las estructuras en las que quedan atrapadas las personas, sus aspiraciones e ilusiones. Las iglesias se hallan cerradas durante el día, la preparación de la gran vigilia en horas de la noche cuando símbolos y signos, agua, fuego y luz dan paso al magno anuncio de la Resurrección, núcleo de la fe cristiana, que en la tumba vacía y en las apariciones posteriores consolidan y fortalecen la predicación de los tres años por ciudades y pueblos de la Tierra Santa.

    El reproche, “¿por qué buscan entre los muertos al que está vivo?”, se repite hoy, aunque su eficacia no queda reflejada en la meditación o en el cambio personal o colectivo de sentir o mirar la vida. El consumo, el atractivo de lo material al alcance de la mano, han sustituido valores, cualidades y hasta actitudes que anteriormente proporcionaban satisfacción y optimismo en la diaria existencia. El riesgo de frustración personal o el fallido colectivo chocan frontalmente con el mensaje de esperanza que en las celebraciones hoy rebasa los límites terrenales para atisbar un más allá que nos comprometa en una más acá, cercano, sobre todo. La liturgia intenta concentrar la atención de los feligreses en el paso de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad por el poder de quien es hoy, mañana y siempre, capaz de proporcionarnos la fuerza necesaria para transformar definitivamente las crisis en oportunidades de cambio, de mejoramiento en las búsqueda de paz, seguridad, convivencia y libertad, líneas existenciales de las cuales nos hemos ido distanciando, pero que en su búsqueda tratamos de eliminar la lejanía.

    Es la Pascua la fiesta por excelencia del mundo cristiano, cuya vigencia ha ido proporcionando a lo largo de los siglos una fuerza dinamizadora ante las crisis, una actitud batalladora ante los problemas y una aptitud desde la fe para el triunfo. Por desafiante y amenazante que sea el reto y grande los peligros de la descomposición social y moral en el mensaje de Pascua, convocatoria a la convivencia armónica, tendremos una valiosa guía para que renazca en todos los hondureños los deseos de justicia y paz, como oportunidad válida para alejarnos del abismo, enfrentar los problemas y, definitivamente, apreciar los primeros indicios de la luz al final del túnel, porque la Pascua es paso de la muerte a la vida, de la desesperación a la esperanza, de la utopía al disfrute, personal y en grupo, de lo alcanzado.

    ¡Feliz Pascua de Resurrección!