En su reciente visita a los Emiratos Árabes Unidos, el papa Francisco y Ahmad Muhammad Al- Tayyib, rector de la institución académica islámica suní más importante del planeta, firmaron una declaración conjunta en la que reafirman el compromiso de cristianos y musulmanes de luchar por el respeto y entendimiento mutuos y de rechazar todo tipo de violencia ejercida en nombre de la fe. Pocas semanas después, un pequeño grupo de fanáticos, dizque actuando por motivos religiosos, atentan contra la vida y las creencias de otros que piensan distinto a ellos.
La historia nos ha dado múltiples lecciones de cómo la intolerancia religiosa es una de las aberraciones que más daño ha causado a la convivencia civilizada entre la especie humana. En el nombre de una particular visión de la divinidad se ha atropellado a otros, se les ha privado de sus derechos y se les ha condenado a muerte. Dentro, incluso, de confesiones similares se han cometido crímenes que ni la alienación más perversa puede justificar.
Chiíes contra sunitas, y viceversa, católicos contra protestantes, y viceversa, han protagonizado, en momentos particulares de la historia, hechos que llenan de vergüenza a la raza humana misma.
Para los que vivimos en Occidente, hechos como los referidos nos resultan aún más extraños. Sin embargo, tampoco podemos declararnos exentos de fanatismo e intolerancia. Lo cierto es que hay personas que piensan que su postura religiosa les da derecho a ver al que cree distinto por encima del hombro, ya que se consideran superiores. Dentro de una misma confesión se mira con desconfianza al que rinde culto a Dios de forma distinta a la que un grupo acostumbra, y no faltan los que sueñan con imponer su personal punto de vista religioso a la colectividad entera.
Por motivos ideológicos se margina a individuos y colectividades que practican determinada fe y, manifiesta o veladamente, se les excluye de los círculos en los que se toman decisiones. Tiene, la humanidad entera, la urgente tarea de acabar con estas rémoras que generan odios absolutamente anacrónicos y nefastos.
Dios es amor, confiesan las grandes religiones del planeta, pues que los que las practican lo hagan notar.