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La fe como pretexto

  • Actualizado: 24 abril 2019 /

La historia nos ha dado múltiples lecciones de cómo la intolerancia religiosa es una de las aberraciones que más daño ha causado a la convivencia civilizada entre la especie humana.

    La imagen de una estatua de Cristo resucitado cubierta por la sangre de las víctimas de uno de los ataques terroristas en templos católicos de Sri Lanka ha dado la vuelta al mundo. Una vez más, la humanidad sensata se ha conmovido ante el horror que significa que en el nombre de Dios se asesine a gente inocente y se les obligue a vivir en el reino del miedo y la zozobra.

    En su reciente visita a los Emiratos Árabes Unidos, el papa Francisco y Ahmad Muhammad Al- Tayyib, rector de la institución académica islámica suní más importante del planeta, firmaron una declaración conjunta en la que reafirman el compromiso de cristianos y musulmanes de luchar por el respeto y entendimiento mutuos y de rechazar todo tipo de violencia ejercida en nombre de la fe. Pocas semanas después, un pequeño grupo de fanáticos, dizque actuando por motivos religiosos, atentan contra la vida y las creencias de otros que piensan distinto a ellos.

    La historia nos ha dado múltiples lecciones de cómo la intolerancia religiosa es una de las aberraciones que más daño ha causado a la convivencia civilizada entre la especie humana. En el nombre de una particular visión de la divinidad se ha atropellado a otros, se les ha privado de sus derechos y se les ha condenado a muerte. Dentro, incluso, de confesiones similares se han cometido crímenes que ni la alienación más perversa puede justificar.

    Chiíes contra sunitas, y viceversa, católicos contra protestantes, y viceversa, han protagonizado, en momentos particulares de la historia, hechos que llenan de vergüenza a la raza humana misma.

    Para los que vivimos en Occidente, hechos como los referidos nos resultan aún más extraños. Sin embargo, tampoco podemos declararnos exentos de fanatismo e intolerancia. Lo cierto es que hay personas que piensan que su postura religiosa les da derecho a ver al que cree distinto por encima del hombro, ya que se consideran superiores. Dentro de una misma confesión se mira con desconfianza al que rinde culto a Dios de forma distinta a la que un grupo acostumbra, y no faltan los que sueñan con imponer su personal punto de vista religioso a la colectividad entera.

    Por motivos ideológicos se margina a individuos y colectividades que practican determinada fe y, manifiesta o veladamente, se les excluye de los círculos en los que se toman decisiones. Tiene, la humanidad entera, la urgente tarea de acabar con estas rémoras que generan odios absolutamente anacrónicos y nefastos.

    Dios es amor, confiesan las grandes religiones del planeta, pues que los que las practican lo hagan notar.