Este año moribundo tuvo un poco de todo. Horribles fueron las muertes de más de un centenar de compatriotas a causa del dengue grave o las de los internos en las cárceles, que fueron asesinados por otros presos, justo en diciembre. Horrible ha sido también la sequía que hizo que se perdieran miles de hectáreas de cultivos y que ha obligado a los capitalinos a ver el agua con el respeto y la reverencia con que se debió haber visto siempre, cuando llegaba a sus casas cada una o dos semanas. Horribles fueron algunos días de mayo y junio, cuando los amigos del desorden causaron serios daños a propiedades públicas y privadas en Tegucigalpa por motivaciones políticas y siguiendo consignas importadas ya sabemos por quiénes y de dónde.
Ayudaron a lograr cierto balance la notable mejoría en las vías de comunicación, como la renovada carretera que comunica a Santa Rosa de Copán y a Copán Ruinas con el resto del país y la continuación y casi conclusión de la autopista que une a Tegucigalpa con el norte de Honduras. Tampoco puede negarse, a pesar de las masacres que se dieron, una reducción en la cantidad de muertes violentas en todos los municipios. Además, el aseguramiento de cientos de propiedades obtenidas por medio del lavado de dinero sucio del narcotráfico y la puesta a la orden de la justicia de sus cabecillas y colaboradores ha causado mayor confianza en el sistema de justicia y provocado esperanza en que la riqueza mal habida deje de ser un instrumento de muerte o un aliciente para la corrupción entre nuestra juventud.
Al final podríamos afirmar que para unos este fue un año francamente horrible, mientras que para otros no ha sido más que otro año que queda atrás y del que hay que pasar página.