Hoy, 23 de agosto, la ciudad de La Ceiba celebra 147 años de haber sido elevada a la categoría de municipio del departamento de Atlántida, siendo su primer alcalde el señor Mariano Guiraud, de origen francés. Los historiadores recuerdan que esta hermosa ciudad de al menos 300,000 habitantes diseminados en unos 350 barrios y colonias en el casco urbano, 16 aldeas y 101 caseríos en el sector rural, recibió el nombre por un gigantesco árbol de ceiba que se alzaba a orillas del mar Caribe, lugar donde hoy convergen la principal avenida y la primera calle. Su crecimiento demográfico, económico y territorial fue estimulado con el auge del cultivo del banano en los inicios del pasado siglo, iniciado por los finqueros independientes, hondureños y extranjeros, consolidado con la llegada de la Vaccaro Bros, posteriormente rebautizada como Standard Fruit Co.
Ya en 1887, el viajero francés M.J.Pargade, en carta remitida a la Sociedad de Geografía parisina, así la describía: “...Toda la naturaleza aquí es espléndida, la vegetación, las montañas son densamente boscosas y plenas de árboles preciosos que no es posible explotar... Al lado del mar viven los Caribes, marinos intrépidos, trabajan con ahínco en el mar... el comercio es bastante activo en la costa. Cada semana vienen una o dos naves a cargar bananos, cocos, limones y naranjas para transportar a los Estados Unidos...”.
Para la década de los 1920, era el centro urbano más cosmopolita de Honduras, por las migraciones procedentes de Norteamérica, Europa, el Medio Oriente, con intensa actividad cultural: imprentas, periódicos, revistas en que colaboraba la intelectualidad nacional y foránea.
Ni las guerras civiles ni desastres naturales frenaron su crecimiento; fueron las enfermedades que afectan al “oro verde” las que impactaron en el auge exportador, al igual que la Gran Depresión mundial a partir de 1929.
A ello debe agregarse en fechas recientes, la creciente escalada de criminalidad, narcotráfico y consiguiente violencia, al punto que el 14 del corriente mes, la corporación municipal se vio obligada a decretar un estado de emergencia.
Y es que esta bella ciudad puerto, sobresaliente por la proverbial hospitalidad de sus pobladores, forma parte de las rutas de estupefacientes que desde Sudamérica son transportadas a los mercados consumidores.
Es de esperar que la paz, convivencia y tranquilidad vuelvan a imperar en la Novia de Honduras, y retome el empuje de sus fuerzas vivas para recuperar su dinamismo y pujanza.
Aún es tiempo de revertir su actual deteriorada condición.