Tenía yo ocho años, y cursaba tercer grado de primaria en la Manuel Bonilla de Juticalpa, cuando inauguraron la biblioteca escolar.

Destinaron el espacio equivalente a dos aulas y, en los estantes, nuevos todos, colocaron una considerable cantidad de libros, también nuevos, que, a partir de ese momento, se convirtieron para mí en el medio por el que podía conocer otras tierras, saber de otras gentes y sus costumbres, en fin: descubrir otros mundos.

Estela Valentina Paz se llamaba la bibliotecaria, creo que era danlidense, que me recibía cada recreo y ponía a mi disposición una colección de literatura infantil que incluía títulos de Emilio Sálgari, Edmundo de Amicis, Louisa M. Alcott y, por supuesto, Julio Verne.

Y, aunque ya han pasado más de 50 años desde mi encuentro con los libros y la lectura, no dejaré nunca de recordar, y agradecer, que hubo en mi vida una persona que me introdujo en un universo que no he dejado de explorar y que no ha dejado de llevarme de sorpresa en sorpresa y de enriquecerme como persona.

Luego, en secundaria, me topé con la señorita Aura Enoé Cálix, mi profesora de español, durante varios años, que continuó en mí aquella labor civilizadora, que fue la que permitió que cuando debía decidir qué estudiar en la universidad y, por lo tanto, a qué dedicarme el resto de mi existencia, yo lo tenía bien claro: lo mío era la literatura, la historia o la filosofía. Y me decanté por lo primero, aunque cada vez estoy más convencido de que si ahora me tocara elegir, me quedaría con la historia. La lectura es el recurso idóneo para enseñar a pensar. Y, no hay que olvidar que solo se es plenamente humano cuando se piensa, y cuando se piensa con claridad, con criterios sólidos, con la necesaria apertura a otras personas y a otras maneras de concebir el mundo. La lectura es el enemigo número uno de la ignorancia, y, por ella, llegamos a reconocer la variedad casi infinita de modos de ser y de pensar, y por lo mismo a interiorizar valores como el respeto, la tolerancia o la armonía social, la convivencia pacífica.

Hace algunas semanas, el doctor Rafael del Cid me regaló El infinito en un junco, un amplio ensayo, poco más de 400 páginas, de la aragonesa Irene Vallejo.

En él, Vallejo, una joven escritora que apenas rebasa los 42, nos cuenta, y reflexiona, sobre la historia del libro en la antigüedad y sobre los avatares que las ideas puestas por escrito han debido padecer para llegar hasta nosotros. Con esta lectura, confirmé, una vez más, una profunda convicción que comencé a desarrollar desde que tenía ocho años: para poder pensar hay que leer, o estaremos condenados a vivir aislados en una oscura caverna llamada ignorancia.