Provenimos de Dios quien a través de ese “hágase la vida” dio origen al “big ban”, explosión primigenia de energía que fue lentamente cuajándose, condensándose en materia organizada de diversa manera, dando inicio al universo en sus múltiples sistemas solares, galaxias, constelaciones. Y en el planeta tierra, habiendo pasado millones de años, del agua van saliendo animales que dando un salto cualitativo van dejando aletas y escamas, comienzan a respirar y a crecer hasta que aparece uno que camina encorvado sostenido por dos extremidades.
Todavía no piensa como hombre, no ama, hasta que Dios, al verlo evolucionado, le “sopla” el alma y lo hace a su imagen y semejanza. Comienza el ser humano a pensar, sentir, emocionarse, a reír y llorar, actos humanos y sobre todo, a tener hambre de Dios. Nació el ser humano, fruto de millones de años, por lo que nuestro origen es Dios directamente, pero también a través de la tierra, la materia, a la que el Señor dio el poder de superarse, hacerse cada vez más compleja. Todos venimos del mismo vientre. De alguna manera tenemos millones de años biológicamente, aunque como personas el tiempo de vida desde que nacimos.
Adán y Eva, expresión narrativa bien lograda en el Génesis, inspirada por Dios, es una bellísima interpretación de una gran verdad: Dios nos creó de la nada, nos hizo hombre y mujer, nos dio inteligencia, voluntad, sentimientos, libertad y nos dio el espíritu, capacidad humana, exclusiva, para entablar un diálogo de amor con Él. Por lo tanto tenemos alma, cuerpo y espíritu. En ese relato bíblico se nos dice que por el mal uso de la libertad, por caer en la tentación de querer ser como dioses, caímos en el pecado de la soberbia, madre de todos los pecados. De ahí nos encarcelamos en desobediencia, rebeldía y nos pusimos contra Dios. El autor bíblico iluminado por Dios nos insiste en el poder infinito de Dios para crearnos, en lo precioso de la libertad humana, necesaria para amar, pero peligrosa si se usa mal y en el poder del pecado con sus terribles consecuencias: fuimos expulsados del paraíso. Y nosotros gracias a esa revelación divina bíblica creemos que Dios creó el mundo de la nada, nos hizo hombre o mujer, nos dotó de todas las cualidades y carismas necesarios para cumplir una misión en la tierra y que por desgracia caímos en el pecado. Y de ahí vienen todos nuestros males.
Por los pecados de soberbia, codicia, avaricia, egoísmo y odio, fueron los seres humanos haciéndose daño en toda su historia, creando estructuras sociales, económicas y políticas injustas, excluyentes, elitistas, produciendo una inmensa multitud de gente hambrienta de pan material, de trabajo, educación, vivienda digna, servicios de salud adecuados, quedando marginados del uso equitativo del bien común. Masas de gente miradas como “desechables”, que sobran, que no son competitivos, han sido apartadas cruelmente de lo que Dios creó para todos. Son los seres humanos “sin rostro”, que han perdido su identidad ante los poderes del mundo, y que solamente cuentan en las frías estadísticas de los gobiernos de muchos países.
Perdimos la conciencia del valor de la vida, de la dignidad humana, del derecho de los pobres a participar de los bienes creados y de ser protagonistas de su desarrollo. No pensamos que la voluntad de Dios es incluir, aceptar, proteger, cuidar a los más indefensos. En la raíz de toda pobreza extrema está una causa espiritual: el ser humano optó por sí mismo, se hizo el centro de todo, quiso ser dios, pura soberbia, sin importar a los demás y excluyó a sus hermanos.
Pero Dios Padre envió su hijo al mundo y se encarnó, se hizo hombre y conectó con nuestra prehistoria de millones de años, asumiendo toda la materia en su ser, entrando en comunión con el microcosmos de nuestras células y con el macrocosmos de nuestro mundo y del universo, y sobre todo, con toda persona humana que haya existido o exista. Dios abrazó toda la realidad creada y la hizo suya y para siempre.
Y muriendo Jesús en la cruz redimió al ser humano y a toda la creación, porque pagó el precio del rescate con su inmolación y nos asumió y nos elevó a la altura de lo divino en el corazón del Padre amoroso, del Hijo redentor y del Espíritu Sano consolador. Nos sumergió a nosotros en el seno de la Santísima Trinidad y de alguna manera a toda la realidad creada. Se hizo hombre el Verbo para que sin dejar de ser humanos nos fuéramos divinizando. Todo ha sido redimido en Cristo Jesús, con quien somos invencibles.
