San Pedro Sula, Honduras.
¿Y qué es humildad? Santa Teresa decía que es “andar en verdad”. Y cuando yo descubro quien soy yo ante de Dios, comienzo a vivir en humildad. Yo ante Dios soy creatura que nació en un momento determinado y morirá algún día, dependiente de Dios en todo, que sin la misericordia del Señor no heredaría la vida eterna, sino moriría para siempre. “…Mi existencia es nada ante ti Señor; solo un soplo es todo hombre que se yergue, nada más una sombra el humano que pasa”, Salmo 39, 6-7. ¿Qué somos ante Dios, ante la eternidad y la vida eterna? En cuanto duración de nuestra vida, como un segundo en relación con millones y millones de años luz. Aún así no hay comparación, porque esos años se acabarán y la eternidad no. Y si la tierra es un punto no visible desde la inmensidad del universo, y nosotros menos, como habitantes del mundo, ¿de qué nos engreímos, si nada somos? Y el universo es finito, Dios no lo es. Ahora, en Dios somos hechos a imagen y semejanza de Él e hijos de Dios, gracias al sacrificio bendito de Jesús en la cruz. Por su misericordia somos únicos, irrepetibles, grandes en su corazón y herederos del Reino eterno.
Humildad es vivir la infancia espiritual, reconocerme como una creatura pequeña en brazos de mi padre y que dependo totalmente de él en todo. “Yo les aseguro que si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos”, Mt 1, 3. Saber que nada puedo sin Él, que me sostiene vivo, que me conduce hacia la perfección. Humildad es saber que Él todo lo puede, todo lo sabe y que yo me refugio en Él para poder resistir los ataques del enemigo del alma y perseverar en el camino del bien.
Humildad es reconocer que todo lo bueno que yo tengo viene de Dios. “Pues ¿quién es el que te distingue? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarse cual si no lo hubieras recibido?, 1 Corintios 4,7. Todos nuestros carismas y dones provienen de Dios: “No que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios”, 2 Corintios 3,5. Cualquier inspiración que tengamos u obra buena que hagamos viene de lo alto: “Pues Dios es quien obra en nosotros el querer y el obrar, como bien le parece”, Filipenses 2,13. Aún el dar un vaso de agua a un sediento, eso es inspirado por el Espíritu. El mérito mío está en obedecer ese llamado del Señor.
Humildad es sentirse indigno de los dones que el Señor nos ha dado. Porque no hay quien merezca recibir nada del Señor, ya que nuestras vidas sin el Señor serían pura basura, ya que no hay nada bueno que no lo hayamos recibido, inclusive la vida misma. “¿Por qué se enorgullece el que es tierra y ceniza? ¡Si ya en vida es su vientre podredumbre?”, Eclesiástico, 10,9. Pablo se sentía tan indigno de los dones recibidos ya que había maltratado a los cristianos e incluso fue cómplice del asesinato de Esteban. “Pero yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios”, I Corintios 15,9. Si cada uno se conoce a sí mismo nunca haría alarde de las cosas de Dios recibidas, haciendo ver que las merecía. Más bien estaríamos agradecidos que aún siendo tan malos, el Señor en su infinita misericordia nos haya regalado dones maravillosos para ponerlos al servicio de los demás.
Humildad es no estimarse superior a otros: “Nada hagan por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo…”, Filipenses 2,3. Humildad es ponerse siempre al servicio de los demás: “Pero no será así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor”, Mateo, 20,26. “Si uno quiere ser el primero sea el último de todos y el servidor de todos”, Marcos 9,35. Humildad implica hacer los servicios más sencillos y necesarios para los demás: “Pues si yo el Señor y Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros”, Juan 13,14.
Dios se complace en el humilde y a Él le concede gracias especiales. “De igual manera, jóvenes, sean sumisos a los ancianos, revístanse de humildad en sus mutuas relaciones, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes”, 1 Pedro, 5.5. Dios bendice al humilde y con Él somos invencibles.
¿Y qué es humildad? Santa Teresa decía que es “andar en verdad”. Y cuando yo descubro quien soy yo ante de Dios, comienzo a vivir en humildad. Yo ante Dios soy creatura que nació en un momento determinado y morirá algún día, dependiente de Dios en todo, que sin la misericordia del Señor no heredaría la vida eterna, sino moriría para siempre. “…Mi existencia es nada ante ti Señor; solo un soplo es todo hombre que se yergue, nada más una sombra el humano que pasa”, Salmo 39, 6-7. ¿Qué somos ante Dios, ante la eternidad y la vida eterna? En cuanto duración de nuestra vida, como un segundo en relación con millones y millones de años luz. Aún así no hay comparación, porque esos años se acabarán y la eternidad no. Y si la tierra es un punto no visible desde la inmensidad del universo, y nosotros menos, como habitantes del mundo, ¿de qué nos engreímos, si nada somos? Y el universo es finito, Dios no lo es. Ahora, en Dios somos hechos a imagen y semejanza de Él e hijos de Dios, gracias al sacrificio bendito de Jesús en la cruz. Por su misericordia somos únicos, irrepetibles, grandes en su corazón y herederos del Reino eterno.
Humildad es vivir la infancia espiritual, reconocerme como una creatura pequeña en brazos de mi padre y que dependo totalmente de él en todo. “Yo les aseguro que si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos”, Mt 1, 3. Saber que nada puedo sin Él, que me sostiene vivo, que me conduce hacia la perfección. Humildad es saber que Él todo lo puede, todo lo sabe y que yo me refugio en Él para poder resistir los ataques del enemigo del alma y perseverar en el camino del bien.
Humildad es reconocer que todo lo bueno que yo tengo viene de Dios. “Pues ¿quién es el que te distingue? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarse cual si no lo hubieras recibido?, 1 Corintios 4,7. Todos nuestros carismas y dones provienen de Dios: “No que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios”, 2 Corintios 3,5. Cualquier inspiración que tengamos u obra buena que hagamos viene de lo alto: “Pues Dios es quien obra en nosotros el querer y el obrar, como bien le parece”, Filipenses 2,13. Aún el dar un vaso de agua a un sediento, eso es inspirado por el Espíritu. El mérito mío está en obedecer ese llamado del Señor.
Humildad es sentirse indigno de los dones que el Señor nos ha dado. Porque no hay quien merezca recibir nada del Señor, ya que nuestras vidas sin el Señor serían pura basura, ya que no hay nada bueno que no lo hayamos recibido, inclusive la vida misma. “¿Por qué se enorgullece el que es tierra y ceniza? ¡Si ya en vida es su vientre podredumbre?”, Eclesiástico, 10,9. Pablo se sentía tan indigno de los dones recibidos ya que había maltratado a los cristianos e incluso fue cómplice del asesinato de Esteban. “Pero yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios”, I Corintios 15,9. Si cada uno se conoce a sí mismo nunca haría alarde de las cosas de Dios recibidas, haciendo ver que las merecía. Más bien estaríamos agradecidos que aún siendo tan malos, el Señor en su infinita misericordia nos haya regalado dones maravillosos para ponerlos al servicio de los demás.
Humildad es no estimarse superior a otros: “Nada hagan por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo…”, Filipenses 2,3. Humildad es ponerse siempre al servicio de los demás: “Pero no será así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su servidor”, Mateo, 20,26. “Si uno quiere ser el primero sea el último de todos y el servidor de todos”, Marcos 9,35. Humildad implica hacer los servicios más sencillos y necesarios para los demás: “Pues si yo el Señor y Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros”, Juan 13,14.
Dios se complace en el humilde y a Él le concede gracias especiales. “De igual manera, jóvenes, sean sumisos a los ancianos, revístanse de humildad en sus mutuas relaciones, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes”, 1 Pedro, 5.5. Dios bendice al humilde y con Él somos invencibles.
