Se dice que una persona es educada cuando manifiesta un comportamiento social que facilita la interacción con quienes convive, sea esto en el ámbito laboral, en el trato social, en la vida ciudadana o en la intimidad del hogar. Una persona educada es aquella que no busca aplastar al que piensa distinto y, por lo mismo, no eleva la voz, no grita, para acallar al otro; una persona educada no hace sonar el claxon de su automóvil cuando el semáforo hace apenas un segundo se ha puesto en verde; una persona educada espera pacientemente su turno y nunca intenta hacerse “el vivo” ni colarse en una fila, porque reconoce el derecho del que llegó más temprano o del que, por edad o algún tipo de discapacidad física, necesita ser atendido con algún tipo de preferencia. Y podría dar una lista mucho más larga de muestras de educación, de maneras de comportarse que evidencian categoría humana, cierta elegancia que marca una clara diferencia entre el ser hominal y el bruto, el puramente animal.

Sin embargo, la mayor y mejor señal de educación es el respeto al pensamiento divergente. Un individuo verdaderamente educado es aquel que es capaz de alternar, sin violencia de ningún tipo, con hombres y mujeres que ven la vida desde otra perspectiva y que, por lo mismo, no valoran los acontecimientos con base en idénticos criterios sino, por el contrario, juzgan los hechos y a sus protagonistas a partir de otros elementos de juicio.

Evidentemente, como los seres humanos no somos pura inteligencia y poseemos emociones, sentimientos, pasiones, no siempre reaccionaremos “educadamente” ante esas otras maneras de pensar, pero, justamente, la formación previa y el ejercicio de hábitos éticos que suele acompañar a todo proceso de mejora personal, actuarán como un freno para evitar la confrontación y para mantener el tono civilizado de cualquier discusión.

Y, así como el respeto al pensamiento divergente es una inequívoca señal de educación, el tono altisonante, la vulgaridad, el trato grosero o descalificador, lo es de una falta de ella. Porque solo el que carece de un mínimo de formación humana acude al insulto o las conductas agresivas, justamente porque es incapaz de esgrimir argumentos válidos y lúcidos, y busca la manera más fácil de anular al oponente. Esa educación que facilita y promueve la convivencia civilizada comienza, por supuesto, en casa, pero, luego el contexto en el que se crece contribuye a favor o en contra de ella. De ahí la necesidad de hacer de los valores, de las virtudes humanas, no solo temas de estudio, sino, y sobre todo, motores que impulsen el funcionamiento de la sociedad entera en todas sus dimensiones.