En 1966, llegué a Langue para dirigir el instituto JFK. Allí me reencontré con Paulino Banegas y su esposa Carlota Bonilla, amigos y compañeros de mis padres en los campos bananeros de la costa norte. La simpatía de los padres la cosechamos sus descendientes.

Además, Rubenia, una de sus hijas, fue mi alumna, una de las más queridas porque cada vez que regresa de El Salvador, donde reside, me llama para saludarme.

Hace dos meses, me invitó a la celebración de su madre Carlota Bonilla, que alcanzaba la marca de los 100 años. Por problemas de salud, no pude acompañarles como deseaba. Teníamos carro dispuesto y uno de mis hijos, entusiasmado por acompañarme.

Me sentí mal; pero entendí las señales del cuerpo que empieza a mostrar las limitaciones de su uso continuado, por mi dedicación a múltiples y diversas tareas, desde los 17 años, hasta ahora. No solo quería participar en el homenaje a Carlota Bonilla, madre dedicada, esposa firme, educadora imponderable de varios hijos que crio con el apoyo de Paulino Banegas, un recio trabajador bananero que siempre gozó de mis respetos.

Quería, además, volver con tiempo a San Miguel, una ciudad referente, no solo de mis primeras visitas al exterior, sino que, además, punto histórico de las campañas militares entre hondureños y salvadoreños.

Tenía previsto, con apoyo de historiadores locales, identificar dónde queda el terreno que ocupaba la hacienda de El Obrejuelo, escenario de una de las batallas mejor documentadas hasta ahora --después de la guerra de las Cien Horas, en la que hondureños y salvadoreño se enfrentaron-- y que, según los informes de los comandantes de la misma, los dos ganaron. Y la batalla de Namasigüe, en marzo de 1907, en donde aliados Honduras y El Salvador, fueron derrotados por Zelaya de Nicaragua.

Y, además, conocer el lugar en donde en noviembre de 1966 se celebró el carnaval de San Miguel; y al que asistí, bailando en la calle hasta que el sol nos obligó a regresar a nuestros hospedajes. Fui huésped de don Ciro Joya en Jocoro, escenario de una de las batallas de Francisco Morazán. Guardo especial cariño por los salvadoreños. Asumo con gusto que somos los dos pueblos que más nos parecemos en Centroamérica. Comprendo las peleas y los desacuerdos, porque son típicos de hermanos, en una familia inevitable.

Cuando viajo, siempre me encuentro con historiadores, antropólogos y políticos, con los que intercambiamos observaciones y juicios sobre la realidad. Reencontrarme con Carlota Bonilla, muerto don Paulino y los demás compañeros de nuestros padres: Marcial Hernández, Lorenzo Hernández, José Reyes, Gregorio Corleto y Gregorio Canales, era la oportunidad para ponerle carne a los recuerdos de un niño que veía en ellos la fuerza y capacidad de trabajo, la información de otro país, cuando apenas me acercaba a los inicios de mi adolescencia, en un banquete para completar los retazos de mi memoria bananera.

Espero, antes que termine el año, visitarles. Para escuchar de doña Carlota los recuerdos de una época que vive en mi corazón. Y es en mi memoria la columna vertebral de mi identidad. Y contarle además cómo aquel mundo fraterno, entre los fantasmas y aparecidos de las fincas, forjaron mi vocación de escritor. Por el gusto anticipado de saludarla, espero que ella también le quite polvo a sus recuerdos para que comparta conmigo, las cuitas, sueños y miedos de ella, doña Mencha y las demás mujeres, en un mundo violento, que amenazaba quitarles a sus maridos, generando la orfandad de sus hijos. Y empujadas por la soledad y el desamparo, no tenían otra alternativa que, buscar otro marido.

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