24/06/2022
10:03 AM

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Román Hernández, cooperativista

Lo vi nacer el 29 de febrero de 1952. En La Jigua, campo bananero. Donde sus padres y los míos eran peones de las fincas donde crecían bananos para la exportación. Éramos miembros de unas veinte familias que mantenían, en la soledad de los inmigrantes, unas relaciones especiales que lindaban con lo familiar. Fue hijo de Rogelio Umanzor, salvadoreño, y Elena Hernández, hondureña. Tuvo como hermanos a Ramón, Cruz, José y Juanita. Solo le sobrevive su hermana Cruz. Fue el último hijo de una unión de hecho que era ejemplo de amistad con nuestra familia. Amistad que continuó hasta el final cuando Román falleció en Lérida, después de una dolorosa enfermedad. Tenía 69 años.

Romancito fue un niño educado y afectuoso. Querido por todos.

Contemporáneo de mis hermanos, amigo entrañable de Jorge Abel y muy cercano a nuestra madre doña Mencha. Pero, además, Román Hernández fue desde pequeño, igual que sus padres Elena y Rogelio, sumamente servicial. En un mundo violento como eran los campos bananeros, mostró ejemplar comportamiento, dentro del cual exhibía un elevado respeto hacia sus mayores. En 1958 nuestra familia fue trasladada a Nerones, en el departamento de Colón y la de los padres de Román Hernández, al Cayo. Allí se produjo una huelga ilegal y su padre, Rogelio Umanzor y otros amigos, fueron despedidos. Varios se movieron hacia Lérida, Tocoa, Colón, en donde se dedicaron a la agricultura.

Produjeron granos básicos, sembraron caña y en poco tiempo prosperaron en mejor forma que cuando fueron peones de la Standard Fruit Co. En 1962, nuestro padre recibió sus prestaciones y se estableció en la zona donde volvió a encontrarse con sus amigos, entre ellos los salvadoreños Marcial Hernández y Rogelio Umanzor.

La amistad entre nuestras familias se consolidó. E incluso en momentos de dolor, como cuando José Hernández fue muerto violentamente por otro campesino iracundo y criminal, nuestras familias hicieron del dolor una lágrima común. Aunque residía en Tegucigalpa, siempre que visitaba a nuestros padres, residentes en Lérida, era obligado el saludo a Rogelio y Nena, los padres de los amigos campeños de mi infancia. La última vez que les visite, Rogelio Umanzor estaba incapacitado, prisionero de una cama rústica, víctima de una enfermedad mortal.

Romancito, adulto se hizo cooperativista y participo con éxito en la organización y funcionamiento de la cooperativa palmera que se organizara en las tierras que nuestros padres habían usado para sembrar maíz y yuca. Inteligente y hábil en el manejo de las relaciones con los demás, se convirtió en dirigente de su cooperativa y después de todo el movimiento agrario, llegando a ser Presidente de FEHCORA. Durante ese tiempo, las comunicaciones telefónicas con Romancito fueron frecuentes.

Nos unía el mismo sentimiento y el propósito de lograr que los campesinos manejaran exitosamente organizaciones. Como es natural, las mejores relaciones las desarrolló con mi hermano Jorge Abel. Para entonces, Román había formado un hogar con Priscila Zelaya y tenía cinco hijos, a los cuales les dio además de su ejemplo, las oportunidades para estudiar. Cada vez que Jorge Abel visitaba la zona, su hospedaje obligado era la casa de Román, que entonces había logrado un nivel de vida que en ningún momento lograron sus padres. Lérida ahora tiene luz eléctrica, la atraviesa una carretera pavimentada y aunque está en el extremo de un triángulo que forman el río Aguán y el Cuaca, no es tan vulnerable a las inundaciones.