24/11/2025
01:51 PM

Otra sobre rectitud de intención

Una conducta antiética no poco común es la práctica que España llaman cotilleo y que en Honduras llamamos, llana y lisamente, chisme.

Roger Martínez

La semana pasada escribí sobre la importancia que tiene la rectitud de intención para vivir la integridad ética, de cómo es necesario acostumbrarnos a optar por el bien, sin que nos importe la reacción de los demás, y de cómo debemos evitar que una intención torcida desnaturalice nuestras acciones, ya que una motivación turbia corrompe de raíz el propósito de nuestros actos.

Por eso es que faltamos, también, a la rectitud de intención cuando nos referimos o hablamos sobre la conducta o maneras de ser del prójimo, y nuestra intención no consiste precisamente en destacar sus cualidades o en procurar que corrija actitudes que no lo prestigian o dificultan su armónica interacción con los demás, ya que una persona que se precie de comportarse éticamente, antes de emitir un juicio sobre alguien más, debe preguntarse qué la mueve a referirse a esa otra persona y cómo su comentario va a contribuir para que los demás tengan una mejor opinión sobre ella.

Una conducta antiética no poco común es la práctica que España llaman cotilleo y que en Honduras llamamos, llana y lisamente, chisme. Se trata, en el menos grave de los casos, de entretenerse destacando los defectos notables de otro o, en el peor, de destruir su imagen para causarle daño o para lograr que otros le pierdan estima.

Muchas veces no se tiene conciencia del mal que se causa cuando se hace un comentario desatinado e irresponsable sobre otro individuo o de cómo se puede poner en riesgo su trabajo, su valoración social o la buena fama a la que todos tenemos derecho.

Por supuesto, no sucede eso cuando se hace una profesional evaluación del desempeño de alguien o se sopesa la conveniencia de su continuidad en una empresa, ya que se faltaría a la responsabilidad si ese tipo de procedimientos no se realizara.

De lo que aquí hablo es de cuando el que no está presente se convierte en motivo de conversación, pero no para valorar sus virtudes ni procurar su mejora, sino para cebarse en sus defectos. Porque, si lo que se buscara fuera la superación de sus naturales y humanas imperfecciones, los comentarios se harían cuando el susodicho está presente y nunca a sus espaldas.

La virtud humana de la lealtad y la cristiana de la caridad exigen que solo debemos hablar a espalda de alguien para elogiarlo o para destacar sus cualidades, lo otro es trapisonda, chismorrería de mal gusto, pura ruindad.