Parodiando a Marx y a Engels en el Manifiesto Comunista, un fantasma recorre el mundo: el miedo y la ansiedad por temor ante las numerosas incertidumbres. Hasta finales de la década de los 90, teníamos certezas que nos permitían entender que todas las cosas, incluso las más negativas, serían superadas; porque al final, todo iría para bien. Pero la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética mostraron que la seguridad en el futuro era falsa.
El cristianismo, la última certeza espiritual, había sido severamente cuestionado. La idea que éramos buenos; y que la sociedad nos volvía malvados, con que Rousseau nos había acostumbrado a vernos se vino abajo con la construcción de un mundo más cercano, en donde pudimos ver las pequeñeces y las grandezas del ser humano. La caída de Freud, que había justificado que todo lo que nos ocurría era culpa de los otros, desnudó nuestras hipocresías.
Y nos dejó solos, frente a nuestras conductas y resultados. Esto aumentó las ansiedades del ser humano. Y finalmente, tres crisis nos han marcado mucho a los humanos: la última del capitalismo, la de 2008; la amenaza de guerra civil en Estados Unidos por el fenómeno de la irrupción de un hombre – el más extraño, el antipolítico – Donald Trump (un Zelaya blanco); y la guerra de Rusia en contra de Ucrania.
Aquí, la ansiedad es mayor. Taimados como hemos sido, dispuestos a evitar cruzar la vista con los extraños y con el mundo, hemos disimulado nuestra conducta colectiva. Pero con la popularidad de internet y las redes sociales, muchos han mostrado el cobre. La falta de respeto al idioma, a las normas de la escritura y el bien decir, el insulto libre, han permitido a algunos sentirse “vivos”, atacando y ofendiendo a los demás.
Los asustados denigran a los que se creen valientes y tranquilos. Los jóvenes –que imaginan que será eterna su condición y sus caras sin arrugas– atacan a los viejos, como si tuvieran la culpa de su existencia prolongada. Incluso, algunos economistas creen que son un peligro para la estabilidad de los sistemas de pensiones.
Y lo más ridículo de todo, en una sociedad mestiza y de la piel más oscura del continente –menos que Haití– el racismo se ha manifestado, brusco y ofensivo. Nadie tiene la culpa de la patria que tiene; y, de la cual, puede renunciar. Tampoco de sus padres, los que sin embargo puede olvidar y enterrar en el silencio y la indiferencia. Tampoco nadie es culpable de su pasado y de quienes hicieron posible su presente.
En lo personal, estoy orgulloso de varias cosas: de la religión que me enseñó mi madre, de la lengua que nos trajeron los españoles y de mi color.
Respeto a mis antepasados indígenas, a los esclavos africanos que se mezclaron con ellos; y no reivindico, sino en broma, ninguna abuelita española que “por amor se casó con un negro” como hacen algunos.
De modo que cuando me critican mis ideas políticas y religiosas, siento orgullo y contesto cuando considero útil hacerlo. La edad es un mérito que honra a mis padres y sus cuidados. Las ofensas raciales no me intranquilizan.
Las veo como un indicio de ansiedad que hace temer a quienes las lanzan, que no las tienen todas consigo.
Sí, me llama la atención, la fecha en que lo hacen. Las razones políticas que los impulsan y la mezquindad hacia nosotros, solo porque pensamos diferente. Celebro la vida y no odio a los “blancos” que me ofenden. Están asustados. Tienen miedo. Como lo ratones dentro de un laberinto sin salida.
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