En lo alto de una colina, dentro del Jardín Botánico Lancetilla, se encuentra la tumba de Dorothy Hughes de Popenoe, la cual es poco visitada por los turistas que en verano llegan al edénico lugar.

Allí murió la dama, de origen inglés al morder, inexplicablemente, una fruta prohibida ya que, como científica, debió haber sabido que estando verde el fruto llamado Ackee, despide un gas tóxico.

Como la mayoría de las especies que pueblan el jardín botánico, localizado cerca de Tela, la Ackee fue traída de otras latitudes por Wilson Popenoe, esposo de Dorothy, como parte de un proyecto que, aparte de ofrecer recreación sirviera para estudiar las exóticas plantas del planeta.

Paradójicamente, la Ackee deja de ser mortal al llegar a la madurez cuando el gas tóxico se elimina de forma natural y la fruta se convierte en una delicia de la naturaleza obsequiante. En países de África, de donde es originaria, se consume directamente del árbol, solo si está engalanada con un color entre rojizo y dorado. En el jardín hay otros árboles cuyas frutas no se pueden comer, ni verdes ni maduras porque, de igual forma son mortales, tal es el caso de la nuez venenosa de apariencia inofensiva.

Afortunadamente, cada planta tiene al pie un letrero que describe sus orígenes, propiedades, o advertencias cuando hay peligros. El visitante puede también encontrar una especie benevolente que si se ingiere produce una transpiración fragante en todo el cuerpo a manera de desodorante natural. Otra logra que hasta el café negro se sienta dulce al paladar aunque lo tomemos sin azúcar. La primera tiene el nombre de Keppel Fruit y a la segunda le dicen “quitasabor”.

“Las plantas sienten como nosotros y algunas hasta nos dan lecciones”, me comentó convencido un guía en una de mis visitas al jardín. Me hizo pensar en que la Ackee a lo mejor nos quiere decir que, aunque en el amanecer de nuestras vidas tengamos un carácter ponzoñoso, en la madurez podemos ser capaces de hacer felices a otros con nuestro dulzor. Otras personas no cambiarán nunca y tratarán siempre de hacernos daño, como la nuez venenosa.

Reflexioné en que para ser felices es menester consumir la fruta de la alegría que hace transpirar buen humor o aquella que estimula ciertas papilas, para saborear mejor la miel de la vida. Una empleada del jardín se empeñó en mostrar una planta a la que llaman “la hoja pícara” porque en el extremo inferior de sus hojas tiene una ranura que representa fielmente el genital femenino. No comparto el apelativo dado a la rara especie pues el sexo, como función biológica, es la génesis de la existencia, no un acto procaz.