Este meneo de ida y vuelta se repitió por varios días. Sin pasar inadvertido para el dueño de la casa, la siguiente vez que se lavara las manos, pensó, centraría más la atención en el desconcierto de la araña en la tela. Así lo hizo. Pero para su asombro, está vez la arañita no se movió.
Adrede, le roció algunas gotitas de agua a la tela, pero la arañita siguió sin responder a las vibraciones. Desencantado, el dueño de la casa se secó las manos y se fue, entretanto la arañita continuaba esperando paciente en uno de los extremos de su red, comprendiendo ahora que las gotas de agua no eran ninguna presa comestible de su predilección.
Siendo honestos, nosotros somos como esa arañita. Nos gusta enmarañarnos. Nos gusta tropezarnos con la misma piedra muchas veces. Nos gusta atender a las malas vibraciones transmitidas a través de los hilos de nuestra rutina diaria. La diferencia está en que nosotros no aprendemos.
Por mucho que vayamos y regresemos con las manos vacías, no concebimos por ningún lado el gasto o el mal empleo de nuestra vida. Sin embargo, si una araña con un cerebro pequeño y una capacidad de aprendizaje modesta pudo ajustar su comportamiento instintivo, ¡cuánto más nosotros, seres humanos perspicaces y avispados hechos a la imagen de Dios! (Génesis 1:27).
Por tanto, acerquémonos a Dios con confianza para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna (Hebreos 4:16).