Reflexionaba recientemente sobre la necesidad e importancia que tiene la virtud humana de la paciencia para la convivencia familiar y social, y recordaba como hace ya varios años un alumno de primaria, muy listo, por cierto, me decía que para él la paciencia era “la ciencia de la paz”. Y no estaba para nada equivocado. La paciencia es un hábito ético que forma parte de la familia virtuosa de la fortaleza, esa virtud que nos ayuda a autogobernarnos, a ser dueños de nosotros mismos, a evitar los excesos y a hacer que la voluntad tenga primacía sobre los sentimientos. Una persona fuerte posee un músculo ético sólido y sabe cómo enfrentar los desafíos afectivos, grandes y pequeños, que padecemos todos los días. Una mujer, un hombre, fuertes, no se rompen fácilmente ante el dolor o las dificultades, y mantienen el rumbo de sus vidas, aunque se agite el contexto en el que navegan. Y no es que sean estoicos, sino, simple y sencillamente, saben lidiar con los retos cotidianos y procuran que la violencia que pueda ejercer la existencia sobre ellos no los abata de manera permanente, sino que la enfrentan y salen airosos de cada batalla y obtienen un aprendizaje de cada una de ellas.
Como hija de la fortaleza, la paciencia nos ayuda a sufrir con fortaleza los defectos de los demás, a no quejarnos con frecuencia y a saber esperar cuando se deba hacerlo.
Para mucha gente joven, acostumbrada al microondas y al inmediatismo, la paciencia no es el hábito ético más popular. Los nacidos en las últimas décadas todo lo quieren al instante y tiene dificultad para valorar esos períodos de maduración indispensables para que algo valga la pena. De ahí que, muchas veces, se precipiten; quieran abrir el botón de la rosa, y terminan por estropearlo, por una necia intención de hacerla florecer antes de tiempo; o rompen la crisálida antes que el gusano se convierta en mariposa.
Convivir con alguien impaciente constituye un auténtico dolor de cabeza. Porque, el impaciente, suele, además, considerarse la medida de todas las cosas; creer que sus tiempos son los óptimos y que su ritmo es el único al que deben moverse los demás. Los impacientes pueden acabar por sacar de quicio a los demás y volverse insoportables.
Claro, como todas las virtudes, la paciencia tiene un punto de equilibrio. Porque las urgencias deben atenderse, y cuando toca correr hay que hacerlo. Paciencia no es indolencia, ni indiferencia, ni irresponsabilidad, ni “pachorrudez”. Pero una medida confiable para saber si no se está viviendo esta virtud es cuando rompemos los nervios de los demás o nada quiere interactuar con nosotros.