Cuando estudiaba mi secundaria en la Escuela Normal de Varones en Tegucigalpa, los profesores nos motivaban a leer el libro “Hace falta un muchacho” de Arturo Cuevas, en el cual el autor buscaba, hasta con lupa, un joven para hacerlo hombre de bien, con instrucción, educación, amor a un ser superior, amor a la patria y, en definitiva, a convertirse en un líder. No dudo que esa obra y otras similares hayan influido fuertemente en muchos adolescentes de ayer y ahora estén entre nosotros como líderes efectivos. Sin embargo, hay que seguir buscándolos para que pongan orden al caos en que los malos políticos están convirtiendo nuestro endeble sistema democrático. Líderes existen, pero no todos conducen sus huestes hacia su superación colectiva, sino más bien hacia una peligrosa inestabilidad que se evidencia en lo que está sucediendo en el Congreso Nacional. Hace falta un buen liderazgo político que incluya habilidades como la credibilidad, la coherencia y la empatía, así como saber gestionar y tomar decisiones en momentos de crisis.
¿Qué tenían en común Adolfo Hitler y la madre María Teresa de Calcuta? Que ambos eran líderes, pero con objetivos diametralmente opuestos. Hitler ejerció un liderazgo autocrático que aniquiló las iniciativas de sus subordinados y abusó del poder coercitivo en su afán expansionista. Mientras, la religiosa practicó un liderazgo solidario y fue ejemplo de servicio, entrega y amor sin límites a los más necesitados. Solía decir a las novicias: “el día que sientan olor a rosas en las heces de los enfermos que ustedes asean, ese día habrán descubierto su verdadera vocación de amor al prójimo”.
Honduras necesita líderes democráticos que prioricen el trabajo en equipo y permitan que el grupo decida por la política a seguir en beneficio de las mayorías. Que concilien en vez de tratar de imponerse ante el grupo que comandan. Con este tipo de liderazgo se abrió paso Nelson Mandela en la convulsa Sudáfrica para luchar contra el Apartheid hasta que se convirtió en el primer presidente negro de aquella nación. Mantuvo una permanente lucha contra la impunidad que lo condujo a obtener el Premio Nobel de la Paz y diversos reconocimientos más.
En el ámbito nacional recordamos como un líder democrático y carismático a la vez, al expresidente Ramón Villeda Morales quien nunca demeritó ni rechazó a sus adversarios políticos. Más bien les pedía en plena campaña proselitista: “nacionalistas, préstenme su voto que yo se los voy a devolver en obras”. La política como ciencia es invariable, pero los políticos ya no son los mismos de antaño. Ni siquiera escuchan al más grande líder de todos los tiempos, Jesucristo, cuando predicaba: ¡Amaos los unos a los otros!