Llamarle “capital industrial” a San Pedro Sula cuando intentar trabajar aquí es un calvario diario ya es un chiste de mal gusto. Vivimos en una ciudad que presume empuje y modernidad, pero donde cualquier negocio se detiene en seco porque llovió veinte minutos o porque la luz simplemente se volvió a ir. Usted, que tiene su taller, su tienda, su restaurante o su pequeña oficina, sabe exactamente de qué le hablo. No importa cuántas ganas le ponga ni cuántas horas le dedique a planificar la semana.
En esta ciudad, su mayor desafío no es la competencia ni la falta de clientes: es adivinar si hoy va a tener las condiciones básicas para operar. Paga alquiler, impuestos abusivos que no se ven por ningún lado y facturas a precio de primer mundo, solo para terminar trabajando a oscuras o rogando que un apagón no le queme el equipo. Ahí es donde golpea la realidad del falso comienzo.
Usted abre la cortina de su negocio con la ilusión de producir y salir adelante, pero un bajón de voltaje le apaga las máquinas, le frena las ventas o le arruina los insumos del día. Y si por milagro la energía no falla, cae un aguacero y los bulevares se convierten en lagunas infranqueables.
El tráfico colapsa, la gente no puede circular y la jornada productiva se pierde por completo. Nos enseñaron a llamar “resiliencia” a lo que en verdad es pura negligencia del entorno. Nos aplauden por “luchadores” y por “no rendirnos jamás”, pero esa palabrería bonita solo sirve para camuflar el abandono. Nos hemos ido acostumbrando a trabajar en medio del desorden como si fuera algo normal. Ninguna pequeña empresa puede prosperar si gasta la mitad de su presupuesto en sobrevivir a las deficiencias de la ciudad en lugar de invertir en su propio crecimiento.
Dejemos de romantizar el heroísmo de emprender contra la corriente. Una ciudad no progresa porque sus comerciantes sean expertos en esquivar problemas; progresa cuando existen garantías mínimas para trabajar con certeza. Mientras nos conformemos con operar a medias y celebremos el simple hecho de ‘rescatar el día’, seguiremos atrapados en la misma farsa: acelerando el motor a fondo, pero con el carro montado sobre bloques. Un eterno y frustrante falso comienzo.