16/04/2024
09:29 PM

Escape de la esclavitud

Jibsam Melgares

Frederick Douglass fue un esclavo criado en Maryland, Estados Unidos, a principios del siglo XIX, el cual sufrió una esclavitud brutal. Lo arrebataron de su madre siendo solo un bebé. Por años lo único que tuvo de niño para comer fue maíz molido lanzado en un bebedero. Frederick trabajaba en los calurosos campos desde antes del alba hasta después del anochecer. Muchas veces lo azotaron con látigos hasta que le sangraba la espalda. Su amo lo pateaba y lo golpeaba hasta dejarlo casi muerto, y una pandilla de blancos cierta vez lo atacó con un pico.

Pero, aunque parezca increíble, cuando Frederick pensaba en tratar de escapar hacia la libertad, luchaba con la decisión. Él escribe en su libro autobiográfico que tenía dos grandes temores. El primero era dejar a sus amigos: “Yo tenía en Baltimore una cantidad de buenos amigos -amigos a los que amaba casi como a mi vida- y pensar en separarme de ellos para siempre era más doloroso de lo que podía soportar. Creo que miles de los que pudieron haber escapado de la esclavitud se quedaron por los firmes lazos de afecto que los relacionaban con sus amigos”. El segundo temor de Frederick era este: “Si fallo en el intento no tendré otra oportunidad, lo que sellaría para siempre mi destino como esclavo”.

Reflexionando en la historia de Douglass, Kevin Miller afirma acertadamente que hoy en día existen muchas personas que se encuentran esclavas del pecado, y que reconocen que el único escape a la libertad se encuentra en Cristo. Sin embargo, poseen temores similares a los de Douglass: Temen dejar a sus amigos o fallar en su intento de romper con el pecado y vivir libres para Dios. Deberían animarse con las palabras de Frederick. Él recuerda el 3 de septiembre de 1838: “Dejé mis cadenas, y llegué triunfante a Nueva York... Fue el momento en que experimenté la emoción más inmensa de mi vida”. Y usted, querido lector, ¿ya logró escapar de la esclavitud?