20/04/2024
01:38 AM

Enemigos destruidos

Jibsam Melgares

Se cuenta que cierto emperador chino, cuando le avisaron que en una de las provincias de su imperio había una insurrección, dijo a los ministros de su gobierno y a los jefes militares que lo rodeaban: “Vamos. Seguidme. Pronto destruiré a mis enemigos”. Cuando el emperador y sus tropas llegaron a donde estaban los rebeldes, el monarca trató afablemente a los insurrectos, quienes, por gratitud, se sometieron a él de nuevo.

Todos los que formaban el séquito del emperador pensaron que él ordenaría la inmediata ejecución de todos aquellos que se habían sublevado contra él; pero se sorprendieron en gran manera al ver que el emperador trataba humanitariamente y hasta con cariño a quienes habían sido rebeldes. Entonces, el primer ministro preguntó con enojo al emperador: “¿De esta manera cumple vuestra excelencia su promesa? Dijisteis que veníamos a destruir a nuestros enemigos, pero en su lugar los habéis perdonados a todos y a muchos hasta con cariño los habéis tratado”. Entonces, el emperador, con actitud generosa, dijo: “Os prometí destruir a mis enemigos; y todos vosotros sois testigos de que cumplí mi palabra a cabalidad. Ya nadie se me opone. ¿Acaso no sabéis que uno puede destruir completamente a sus enemigos cuando los hace sus amigos?”.

Agustín de Hipona explicaba que Jesús mandó a sus seguidores a amar a los demás, incluidos los enemigos (Mateo 5:38-48), no porque sean hermanos, sino para que lo sean. De esta manera se comprobaría que cultivar relaciones positivas puede ser más beneficioso a largo plazo que eliminar a aquellos que nos desafían. Es mucho mejor vivir en paz que vivir en guerra. La amabilidad, el perdón y la comprensión pueden ser armas más poderosas que la venganza y la violencia. La hostilidad y el rencor solo generan más conflicto y sufrimiento, mientras que el perdón libera tanto al perdonado como al que perdona. Querido lector, ¿en qué ámbito de su vida le ayudaría aplicar este principio hoy?