Cierto rey, deseoso de edificar un pabellón en un campo cercano a su jardín, ofreció comprar dicho terreno a una pobre mujer que era su legítima propietaria. Sin embargo, ella se negó a venderlo, pues formaba parte de la herencia que había recibido de sus padres. A pesar de su negativa, el rey se apoderó del campo por la fuerza y mandó levantar allí el edificio.
La mujer, desamparada, acudió al juez en busca de justicia. Este le prometió hacer todo lo que estuviera a su alcance, aunque sabía que no podía tratar al rey como a cualquier otro súbdito. No obstante, ideó un plan.
El juez visitó al monarca, con quien mantenía cierta cercanía, y le pidió como favor un saco de tierra del campo recientemente adquirido. Al rey le causó gracia la petición y accedió sin reparos. Una vez lleno el saco, el juez le pidió que completara su acto de bondad ayudándolo a cargarlo sobre la mula que había llevado. El monarca rio aún más e intentó levantarlo, pero fue incapaz.
—¿De modo que no le ha sido posible levantar esta pequeña parte de la tierra que ha arrebatado a uno de sus súbditos? —dijo el juez. Luego añadió—: ¿Cómo osará entonces, oh rey, comparecer ante el Juez de toda la tierra cargando con el peso de todo ese campo sobre usted?
Cuentan las crónicas que el rey no solo agradeció al juez por tan sabia reprensión, sino que devolvió el campo a su legítima dueña y, además, le entregó el edificio que había construido allí, junto con todo lo que contenía.
Este relato nos recuerda una verdad siempre vigente: el poder puede ser terriblemente destructivo cuando se ejerce sin temor de Dios. Las autoridades de todo gobierno —sean presidentes, jueces, diputados, alcaldes o cualquier funcionario— tienen un deber sagrado delante de Dios: administrar cada recurso a su disposición con justicia, priorizando siempre el bien común. Pero si se usa el poder para beneficio propio, el peso de cada abuso deberá cargarse delante del Juez de toda la tierra, tarde o temprano.