No se necesita talento para producir daño. Los que más han afectado a los hondureños, no han sido los más inteligentes. Han sido los amargados y violentos.
Cultivadores del odio, aprovecharon todo para crear la mala voluntad en el interior de la sociedad, reduciendo los espacios de diálogo y concertación civilizada para desde la imposición, imponerle su voluntad al resto de los hondureños. Esto no es de ahora.
Ha sido la constante. Incluso en la comunidad precolombina que, fuera de algunos bloques aislados, también privó el odio, la hostilidad al otro grupo; y, la negación de la libertad y la tranquilidad para vivir sin miedo. Incluso en los últimos años de la colonia, el localismo, enfrentó a unos en contra de otros.
Los intereses de los amargados, estuvieron a punto que Honduras, en vez de una, se convirtiera en dos naciones: Comayagua y Tegucigalpa.
Por eso no sorprende el odio que se fomenta desde el poder. Para que nos separemos y luchemos, unos en contra de los otros. Provocar el miedo; amenazar a los que no están de acuerdo con el gobierno, ha sido el método en toda la historia. Durante toda la primera mitad del siglo pasado, los opositores no tenían la posibilidad de tener amistades con las que departir. La metodología era perversa y simple.
Un policía, se ubicaba al frente de la residencia del que se quería amedrentar. Cada persona que ingresaba a la vivienda vigilada, se le preguntaba: nombre y objeto de la visita. De esta forma, a los de adentro se les asustaba y aislaba. Cada día que pasaba, las visitas se reducían. Al final, desaparecían. En el silencio de la orfandad, el único camino era salir huyendo a El Salvador, Nicaragua o Costa Rica. Salvador Moncada (padre) se encaminó a San Salvador, con su hijo de la mano. Los Morazán, se internaron en Nicaragua.
En tanto los Callejas, Carías Andino los corrió. Con Rafael Leonardo muy tierno, hacia San José de Costa Rica.Gautama Fonseca dijo que, en Honduras, entre 1821 y 1948, se habían producido un promedio de 2.5 revueltas. No señaló el número de muertos y heridos porque conocía bien lo dicho por Rafael Heliodoro Valle que, “la historia de Honduras se podía escribir en una lagrima”. Apasionado, por el fulgor de la sangre ajena, un poeta posterior dijo que, también se podía escribir en la punta de un fusil.
Ejemplificando que él, -- el aeda-- que había vivido cómodo y feliz, escribiendo versos; no quería, por deformación mental, que los hijos y los hijos de los hijos de los otros, tuvieran paz y tranquilidad para crecer, sin miedo, ejerciendo la libertad para creer, hacer y desear lo que les diera la gana, con tal que no afectaran el derecho de los demás.
Durante años, nos reímos de los “revolucionarios de cafetín” como los llamó Rodas Alvarado, a los Reina, Rosenthal, Bográn, Panting, Pastor, Zelaya.
Los conocimos en la UNAH. Detrás del altoparlante ruidoso de las cinco de la tarde, anunciando la “revolución”; inevitable pasaporte para ingresar al presupuesto nacional. Enfrentados en grupitos: soviéticos, chinos, “gordos”, “flacos”, “flaquísimos”, “anémicos” y “palúdicos”.
Viajando y gozando en occidente. Rogando que el capitalismo fuera eterno.
Hasta que, China hizo el milagro. Mezcló capitalismo y socialismo. Y, desde su éxito en reducir la pobreza, convencernos que son el futuro. Y ahora, en vez de Washington, es a Pekín donde van. Vendiendo territorio para salvarnos. Amenazándonos a los que, no creemos que el futuro esté en manos de gentes de ojos rasgados. O, que el hijo del ganadero, sea el Mesías esperado.