Las justificaciones se dan con facilidad en estos tiempos polarizados. Todos tenemos razones para tener opiniones y tendemos a estar rodeados de personas que sostienen unas similares. Entre más hablamos de política, más confianza podemos llegar a tener que estamos bien.
El presidente Donald Trump, claro, ha agravado la situación. Es diferente —en forma alarmante— a cualquiera de los presidentes anteriores, lo que hace que sus críticos estén más comprometidos a oponerse a él. Sus partidarios, entre tanto, sienten que cada institución, desde el Partido Republicano hasta los medios de la corriente dominante, les faltan al respeto.
Como resultado, la era de Trump está vulgarizando nuestro discurso. Con demasiada frecuencia, recientemente, he observado a personas a las que respeto escalar de una conversación sobre política a una discusión personal y desagradable.
Así es que tengo una sugerencia. Desde ya, los oponentes a Trump deberían seguir luchando —por la atención de la salud, los derechos civiles, el clima, la verdad en sí misma. Sin embargo, también hay un paso más tranquilo que vale la pena dar, sin importar los puntos de vista, por el bien de nutrir el alma política.
Hay que escoger un problema que se haya complicado y hay que tratar de resolverlo.
Escoja uno en el que se sienta genuinamente dividido o albergue dudas secretas. Lea mucho sobre él, no se apresure a explicar totalmente la evidencia inconveniente.
Luego, haga algo de verdad radical: considere cambiar de opinión, al menos parcialmente.
Hacerlo le recordará que la democracia no se trata simplemente de la fuerza política. También depende de las indagaciones y apertura de mente. “El espíritu de la libertad”, como escribió el magistrado Learned Hand, “es el espíritu que no está tan seguro de tener la razón”. Imagine cómo sería Estados Unidos ahora si la gente no hubiese estado dispuesta a cambiar de forma de pensar en el pasado.
La polarización de hoy —en la que la izquierda y la derecha están más claramente ordenadas— nos empuja a redoblar todos nuestros puntos de vista, aun en los que hay duda. Las opiniones, me dijo el psicólogo Steven Pinker, “se han convertido en insignias de lealtad hacia la tribu a la que se pertenece”.
En respuesta, he decidido dedicar parte de mi verano a reflexionar sobre los temas fastidiosos. Me he mantenido apartado de aquellos en los que encuentro que la evidencia está abrumadoramente de un lado. No agonizo por si es generalizado el fraude electoral, si el cambio climático es un ruido estadístico o si está muerto el capitalismo. Si, de alguna forma, estoy equivocado sobre alguno, puedo volver sobre él más tarde.
Entre tanto, he escogido tres problemas que parecen más gruesos.
Inmigración. Estados Unidos es el país más fuerte gracias, en buena medida, a haber aceptado a los inmigrantes ambiciosos y muy trabajadores. Sin embargo, una respuesta negativa a la inmigración acaba de ayudar a elegir a un presidente, lo que llama a reflexionar un poco.
Es posible que el país se beneficiará de una política diferente —una como la de Canadá, con la cual se admite a más personas con base en sus destrezas y menos en los vínculos familiares. Esa combinación podría subir el crecimiento económico y reducir la desigualdad. Vale la pena que lo consideren la izquierda, el centro y la derecha políticos.
Recomiendo el capítulo sobre la inmigración del nuevo libro del investigador en temas legales, Peter Schuck, “One Nation Undecided: Clear Thinking About Five Hard Issues That Divide Us” (“Una nación indecisa. Las ideas claras sobre cinco problemas duros que dividen a Estados Unidos”). También estoy volviendo a leer la investigación sobre movilidad ascendente de los inmigrantes reciente para ver si es menos alentador de lo que me gustaría.
Sí, el debate migratorio está cargado de racismo y mentiras. Sin embargo, también involucra soluciones intermedias.
Aborto. La solución intermedia en el debate sobre el aborto es desesperantemente básico: el derecho de una mujer a controlar su cuerpo contra el derecho de un feto a vivir. Estoy tratando de pensar en las partes incómodas de ambos lados.
¿Por qué muchos de quienes se oponen al aborto cambian de opinión cuando la decisión los involucra a ellos o a alguien a quien quieren? Cuando la decisión ya no es hipotética, obligar a una mujer a parir no suena tan bien.
¿Y por qué cuando se les pregunta algunos defensores del aborto niegan los riesgos progresivos, basados en la tecnología, de la eugenesia? Yo no quiero vivir en una sociedad en la que se elimina habitualmente a los fetos considerados imperfectos.
Educación. No hay ningún otro tema en el que yo haya pasado más tiempo debatiendo con los lectores. Para mí, la evidencia muestra que las escuelas autónomas y otras reformas han implicado un progreso importante, en especial para los niños pobres. Muchos lectores opinan en forma distinta.
Tengo confianza en que podríamos aprender unos de otros en cuanto a lo que está funcionando y lo que no en las escuelas autónomas, en las tradicionales y en otras áreas.
Esta es una propuesta para los escépticos de la reforma: investiguen en unos cuantos estudios, ensayos y evidencias que me han convencido a mí. A cambio, mándenme por correo electrónico sugerencias de lecturas.
Cualquiera que sea su posición sobre estos tres temas no hay escasez de otros a considerar: la reforma fiscal, el comercio y el salario mínimo contra los créditos fiscales, contra el ingreso universal básico. El Obamacare contra un solo pagador.
Como en el pasado, la única forma en la que Estados Unidos va a avanzar en los temas duros es si una cantidad considerable de personas cambia su forma de pensar. Al cuestionar las propias creencias es posible descubrir una respuesta mejor.
O, si se tiene la suerte suficiente de ya tener todas las respuestas correctas, al menos se incrementará la empatía para el resto de nosotros.
