En la columna de la semana pasada decíamos que Dios no es indiferente ante las tragedias humanas. Es más, él sufre a la par del atribulado. Esto nos debe de motivar a venir ante su presencia con entera confianza, puesto que nos comprende, ya que conoce de primera mano lo que es el dolor terrenal. Ahora bien, muchos dirán, “es gratificante saber que Dios está conmigo en mi aflicción, pero, ¿por qué no hace nada para eliminar el sufrimiento en el mundo?”. Sobre esto hablaremos a continuación.
El deísmo es la creencia que sostiene que Dios es el creador del universo, pero no participa en él. Es como un relojero que le dio cuerda a su creación y luego la dejó a su propio devenir. El Dios de la Biblia no tiene nada que ver con esa clase de dios. Desde que entró el pecado en el mundo él no ha cesado de actuar para revertir el mal y sus terribles efectos. En el huerto del Edén fue él quien buscó a los avergonzados Adán y Eva y cubrió su desnudez. Fue allí mismo que les reveló el plan para erradicar el sufrimiento en el mundo, el cual tendría su consumación en la persona de Jesucristo. No pensemos erróneamente. Desde siempre Dios ha estado activo para atenuar las penas humanas. De hecho, donde veamos que el bien y la bondad triunfan podemos estar seguros que él es la causa detrás de ello. Y él ha prometido que en un futuro el mal será vencido totalmente. Esa es nuestra esperanza.
Por otro lado, debemos reconocer que la mayoría del sufrimiento en el mundo es causado por el mismo ser humano y, como administradores que somos de la creación, tenemos nuestra cuota de responsabilidad para revertirlo ya sea que lo hayamos causado nosotros mismos o no. El teólogo Andrés Torres Queiruga tenía razón cuando señalaba lo contradictorio y dañino que es pedir a Dios cosas como “Señor, que no mueran de hambre los niños de África, haz algo”. Porque objetivamente nosotros aparecemos como los buenos y atentos mientras que Dios se vislumbra como ese ser extraño al que hace falta alertar y mover a compasión. De hecho, la realidad es justamente la contraria. Es Dios quien está llamando incansablemente a las puertas de la conciencia humana para que escuche el grito de los demás y tenga compasión de su dolor. Es él quien nos llama y nos suplica a hacer algo.
Por último, el mal y el sufrimiento, generalmente, tienen un lado positivo, aunque muchas veces nos cueste asimilarlo. Me decía un joven lisiado: “Me encuentro postrado, y gracias a Dios por eso, porque él sabe muy bien la fiera que ha domado”. Existen cambios en la vida de las personas que solo se pueden lograr a través del sufrimiento. La muerte misma, con todo el horror que ella supone, es, como dice el autor John Wyatt, “una salida misericordiosa a una existencia atrapada en un cuerpo pecaminoso y corrompido”.
Claro está que una cosa es hablar del dolor y otra muy diferente es padecerlo. En medio del sufrimiento lo mejor que podemos hacer es acercarnos a Dios y buscar las respuestas en él.