Dios llamó a su ángel más querido, y le mostró el modelo de madre que había preparado. Al ángel no le gustó lo que vio:
Señor: has trabajado demasiadas horas extras, y ya no sabes lo que haces –le dijo el ángel–. ¡Mira! Beso especial que cura cualquier enfermedad, seis pares de manos para cocinar, lavar, planchar, acariciar, sostener, limpiar... ¡Esto no puede funcionar!
El problema no son las manos –respondió Dios–, sino los tres pares de ojos que he tenido que ponerle: uno que permita ver a los hijos a través de puertas cerradas y protegerlos de ventanas abiertas; otro para aparentar severidad y cuando sea necesario tomar medidas para dar una educación sólida; y uno más para estar constantemente transmitiendo amor y ternura, ¡a pesar de todo el trabajo que tendrá!
El ángel examinó el modelo de madre con más cuidado: Y esto de aquí, ¿qué es?
Un dispositivo de autocuración. Ella no va a tener tiempo para estar enferma, porque va a tener que cuidar del marido, de los hijos, de la casa...
Me parece, Señor, que lo mejor es que descanses un poco –dijo el ángel–, y que después recuperes el modelo normal: con dos brazos, un par de ojos, etc.
Dios le dio la razón al ángel. Después de descansar, transformó a la madre en una mujer normal. Pero le advirtió al ángel: He tenido que dotarla de una voluntad tan grande, que se sentirá con seis brazos, tres pares de ojos y sistema de autocuración. En caso contrario no conseguiría cumplir su tarea.
El ángel la examinó de cerca. En esta ocasión, a su entender, Dios había acertado. De repente, notó un fallo: Aquí tiene una infiltración: se le está saliendo un líquido. Me parece que aún tiene demasiadas cosas dentro.
No es una infiltración. Eso se llama lágrima.
¿Y para qué sirve?
Para la alegría, la tristeza, la decepción, el dolor, el orgullo, el entusiasmo.
Mi Señor es un genio –dijo el ángel–. Eso era justamente lo que le faltaba al modelo para estar completo.
Dios, con aire sombrío, comentó: No he sido yo quien la ha puesto ahí. Cuando junté todas las piezas, la lágrima apareció.
De todas maneras, el ángel le dio la enhorabuena al Todopoderoso, y las madres fueron creadas.
EL Mahatma va de compras
Mahatma Gandhi, después de haber conseguido la independencia de la India, hizo una visita a Inglaterra. Paseaba con algunas personas por las calles de Londres, cuando su atención se vio atraída por el escaparate de una famosa joyería.
Y allí se quedó Gandhi, mirando las piedras preciosas y las joyas ricamente trabajadas. El dueño de la joyería inmediatamente lo reconoció y salió a la calle a saludarlo:
–Es para mí un honor que el Mahatma esté aquí, contemplando nuestro trabajo. Tenemos muchas cosas de inmenso valor, belleza y arte, y nos gustaría ofrecerle algo.
–Sí, estoy admirado con tanta maravilla –respondió Gandhi–. Y estoy aún más sorprendido conmigo mismo, pues sabiendo que podría recibir un costoso regalo, aún consigo vivir y ser respetado sin necesidad de usar joyas.
De la casa
Un conocido mío, por su incapacidad para compaginar sus sueños con la realidad, acabó teniendo serios problemas financieros. Y lo que es peor: involucró a otras personas, perjudicando a gente que no quería herir.
Sin poder pagar las deudas que se acumulaban, llegó a pensar en el suicidio. Caminaba por una calle cierta tarde, cuando vio una casa en ruinas. “Aquel edificio de allí soy yo”, pensó. En este momento, sintió un inmenso deseo de reconstruir aquella casa.
Dio con el dueño, se ofreció para hacer una reforma, y se le permitió hacerla, aunque el propietario no entendiese lo que mi amigo podría sacar de aquello. Juntos, consiguieron ladrillos, madera, cemento. Mi conocido trabajó con amor, sin saber por qué o para quién. Pero sentía que su vida personal iba mejorando a medida que la reforma avanzaba.
Al final del año, la casa estaba lista, y sus problemas personales, solucionados.
