Para que el amor sea fidedigno, es decir, digno de fe y crédito, este debe ser sin fingimiento. Esto lo podemos ver en el versículo Romanos 12:9 de la Biblia. La palabra traducida como “sin fingimiento” es la palabra griega “anypókritos”, la cual incluye un prefijo que niega la raíz de la palabra “hypókrisis”, que significa hipocresía.

Si lo unimos todo, lo que nos queda es “no hipocresía” o “sin fingimiento”; es decir, “sincero” o “real”.

Entonces: cuando anypókritos modifica la palabra “amor” lo que se presenta es un amor sin máscaras, sin pretensiones o alardes, un amor que es verdadero e indiscutible.

¿Cómo es su amor, querido lector? ¿Es uno sin fingimiento, sincero y digno de fe y crédito, o es uno impostor, falso, que inventa cualidades y sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o se experimentan?

Junto a la parte del amor se puede leer lo siguiente en el versículo citado: “Aborrezcan el mal; aférrense al bien” (NVI), donde, en nuestro contexto, “amor fingido” sería el mal, y “amor sin fingimiento” sería el bien.

¿Es su amor bueno o malo, querido lector?

¿Está usted amando con un amor real, porque su objetivo primario son los receptores de ese amor, o está amando con uno que ve para sí mismo solamente, atendiendo desproporcionadamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás?

No existe el amor perfecto, escribió alguien en una oportunidad. Siempre encontrarás obstáculos que querrán imposibilitar la consumación del verdadero amor.

Pero precisamente este se distingue en que logra sortearlos todos. ¡Que esto sea, pues, lo que caracterice nuestro amor! Un amor que es digno de fe y crédito porque sabe sortear lo que pretende enmascararlo, enorgullecerlo o falsearlo y que, en definitiva, no se deja vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.