“Que venga a nosotros tu reino” es parte de la oración enseñada por Jesús y repetida por la Iglesia desde el comienzo de su misión histórica. ¿Y qué es el Reino de Dios? Es un ambiente de paz y reconciliación, de respeto a la vida y a la dignidad de la persona, de participación equitativa del Bien Común, de inclusión de los marginados por la injusticia y de tener a Dios en primer lugar luchando cada uno de nosotros contra todas las idolatrías.
El reino de Dios es un acontecimiento fruto del Espíritu de Cristo que inunda todo el ser humano y al cambiar los corazones incide positivamente en las estructuras económicas y sociales, provocando las condiciones necesarias para que el hombre se desarrolle integralmente. Es un ambiente solidario, un estado evolutivo y progresivo, un nivel de calidad en las relaciones humanas y de fraternidad en donde respetando las divergencias propias de la condición humana, todos se sienten iguales. Es una atmósfera espiritual donde se siente la presencia de Dios, quien ocupa el primer lugar, y la religiosidad se manifiesta de diversas maneras y se respetan las creencias, motivando un sincero diálogo ecuménico. La vigencia del reino de Dios depende de la conversión personal y comunitaria del pueblo de Dios.
¿Y qué es conversión? Es un cambio de camino, volver al sendero del evangelio, entrar por la puerta que es Cristo y dirigirse hacia el corazón del Padre. Es un dejar atrás el pecado y poner a Dios en el trono del alma, desterrando los dioses falsos que aparecen en nuestras vidas.
Pero también conversión es experimentar una iluminación del Espíritu y verse tal y como Dios nos ve. Es tomar conciencia de nuestro misterio de persona, creado por Dios con la particularidad de ser original e irrepetible. Es contemplar nuestra real esencia, ser un espíritu encarnado, un alma en un cuerpo, una persona que conecta con el cielo y la tierra, que aspira a la trascendencia, a lo infinito, y que está anclada en la tierra, en fin, que es materia y espíritu.
Conversión es desde la fe aceptar la gran buena nueva: que somos hijos de Dios Padre y que desde su corazón nos llama hijos y nos trata como tales y que nos ama como a su Hijo. Conversión es abrirse a la presencia de Jesucristo y verlo como nuestro salvador, quien murió por amor a nosotros y nos abrió las puertas del cielo. Conversión es creer que somos templos del Espíritu Santo y que todo nuestro ser es sagrado. Es alegrarnos de que somos miembros de la Iglesia, cuerpo de Cristo en la historia.
Conversión implica entonces enrolarnos en la construcción del Reino de Dios en la historia, conscientes de que hay que transformar el mundo y hacerlo nuevo. Eso exige una consagración de todo nuestro ser, alma, cuerpo y espíritu en la tarea de ir labrando nuestra propia santidad hasta convertirnos en alabanza de la gloria de Dios. En la medida en que se dé el proceso de transformación personal, adquirir entonces la conciencia de que somos miembros de una comunidad, un pueblo, un país, una humanidad que se extiende a lo largo y ancho del mundo y que tenemos el deber de ayudar a transformar. No hay auténtica santidad sin un servicio desinteresado y eficaz al próximo.
Conversión implica entonces adquirir un corazón samaritano, compasivo del calvario del otro, que busca la manera de aliviar su dolor, usando todos los medios a su alcance. Es “salirse de sí” y volcarse en atención del otro, con la conciencia de que Dios habita en todos y en especial su presencia se manifiesta en los que sufren, admitiendo como verdad revelada que así como dé de comer, beber, vestir, acompañar, consolar al necesitado, lo hacemos con el mismo Cristo.
Conversión significa congregarme entonces en la Iglesia participando de sus comunidades, escogiendo la que más me llene desde mi espiritualidad y viviendo la Palabra y los Sacramentos. Conversión es aceptar los dones y carismas que Dios me ha dado y desarrollarlos de tal manera que la Iglesia sea beneficiada de mi servicio así como la humanidad en lo que me competa, buscando dejar este mundo mejor que como lo encontré. Es aceptar que el tiempo de mi vida terrena es limitado y debo aprovechar todo momento para crecer y servir. Es comprender que todo sacrificio y dolor que surja por mi consagración al Reino es nada en comparación con la gloria eterna.
Conversión implica asumir los mismos sentimientos de Cristo Jesús, imitándolo en todo, confiando en su misericordia y providencia divina, y creyendo firmemente que con él somos invencibles.
