21/05/2024
02:47 PM

¡Ay, amor!

Roger Martínez

Comienza febrero y los comercios se inundan de corazones. Recién se ha quitado el árbol y los adornos navideños y ya el ambiente nos reclama que estamos en el ahora llamado “Mes del Amor y la Amistad”, porque, con el afán de vender más, lo que antes se conocía como Día de los Enamorados, se ha estirado para que haya más regalos que comprar, y, por lo tanto, más dinero que gastar.

Y el amor es un sentimiento tan noble, tan especial, tan peculiar, que bien merece un mes entero. Además, poseedores de sentidos como somos los seres humanos, exigimos demostraciones evidentes; que los que dicen amarnos lo demuestren con algo que se pueda palpar, oler o saborear. Y no hay nada de malo en ello.

En donde si veo un problema es el concepto que se maneja del amor. No solo en estas fechas, claro. Es un asunto de fondo que desfigura las relaciones interpersonales que, en principio o en teoría, están presididas por él.

Se parte, casi exclusivamente, del componente puramente sentimental del amor; de la aceleración del pulso que, en un inicio, provoca la cercanía de la persona amada; del deseo de estar siempre juntos, de ir y venir en compañía de la que nos gusta. Pero sucede que, con el paso de los meses o los años, el entusiasmo, la emoción, ceden.

Y, si se ha sabido cuidar una relación, los rubores y la taquicardia se convierten en algo más bien sereno, pacífico, confiado, estable, sólido. Y es entonces cuando se instala entre un hombre y una mujer el verdadero amor. Para entonces, la pareja ha sufrido todo tipo de contratiempos, dificultades y problemas; se ha vencido la tentación de salir corriendo a las primeras de cambio; se han superado el egoísmo y la impaciencia, por lo menos.

Una relación epidérmica, que se toma adelantos, en la que falta diálogo, en la que no hay un sincero interés por el bien objetivo del otro, no puede decirse, a ciencia cierta, que está basada en el amor. El verdadero amor supera, en primer lugar, la prueba del tiempo. Para que haya amor verdadero entre dos personas estas deben haber “saltado muchas olas”, resistido terremotos y tormentas. El amor auténtico suele estar adornado con cicatrices, con renuncias, con dolores bien llevados, con cientos de perdones y sin listas de agravios. Y esto si merece ser celebrado. Lo otro no es más que ruido y oropel.