Estoy en una isla de las islas más preciosas del mundo y no tengo nada que hacer. Por el covid me quedé atorado en Mahe, la isla más grande del archipiélago de las Seychelles, con unos 100,000 habitantes, donde sus imponentes montañas de granito y bosques tropicales chocan contra el mar Índico, el más caliente en que he nadado. Pero tengo que explicarles cómo llegué aquí.

Las Seychelles están en el otro lado del mundo, a unas cuatro horas de vuelo del este de África y a casi un día desde Miami o Nueva York. Desde mi época de universitario tenía ganas de venir aquí. Me parecían bellísimas para la vista e intoxicantes para el alma. Pero, sobre todo, inalcanzables.

Finalmente, luego de meses de planear y ahorrar, para dejar atrás las frustraciones de 2021, organicé aquí unas vacaciones de fin de año con toda la familia.

Pensamos en casi todo. Nos preocupaba la ola planetaria de ómicron. Pero todos estábamos vacunados y tuvimos que pasar una prueba PCR antes de viajar. Así que nos trepamos al avión.

Al segundo día sentí un extraño ruido en mi oído izquierdo. Tinitus. Lo raro era que no se iba. Pero se lo achaqué, al igual que el dolor de cabeza, a los vuelos y al jet lag. Al día siguiente, descansando boca abajo, sentí algo correr en mi fosa nasal izquierda.

Me apaniqué. Fui al cuarto, saqué una prueba casera de covid de mi maleta y 15 minutos después -con dos rayitas que indicaban positivo- supe que las vacaciones se habían acabado: tenía coronavirus. La enfermera del hotel lo comprobaría al día siguiente con otra prueba.

Entré en modo emergencia. (La tele, con sus breaking news, me ha preparado bien para eso.) Nadie del resto del grupo estaba infectado y sorprendentemente encontré unos vuelos a Miami esa misma noche para regresar a todos.

Mi hija Paola no me quería dejar solo y, en una increíble muestra de cariño y solidaridad, se quedó conmigo unos días para cuidarme.

Mis tres vacunas de Moderna me han protegido bien y casi no tengo síntomas. El tinitus se fue luego de un par de días y solo me quedó un ligero cansancio corporal. Pero lo peor es el aislamiento, el aburrimiento y la imposibilidad de salir de aquí. Una vez que se confirma el diagnóstico, el Ministerio de Salud de las Seychelles se comunica contigo y me obliga a ponerme en estricta y solitaria cuarentena.

Tengo la suerte de pasar estos difíciles días en mi hotel. Los que no pueden quedarse en sus hoteles tienen que cumplir con su aislamiento en instalaciones del Gobierno. Desde mi ventana veo el mar y las verdísimas montañas. Tan cerca pero tan lejos.

Con más de cinco millones de muertos por el covid en el mundo, no tengo de qué quejarme. Y sin embargo...

Mi hija Paola, magnífica y magnánima, ya se fue. Pero antes se aseguró de que no tuviera nada grave. Estuvimos, con máscaras y una amplia distancia social, cuatro días de maravillosas conversaciones. La quiero y la admiro. Cuando sea grande quiero ser como ella. Al ver su pelo revuelto irse en el auto que la llevó al aeropuerto me puse a llorar como hace décadas que no lo hacía. Por varios minutos, incontrolable.

Cuando en esta isla llueve se borra la línea que separa al mar, todo se enreda y a mí también me llueve por dentro. Con la partida de Paola me quedé solo. Solísimo.

Aunque poco a poco he ido reconociendo a nuevos compañeros. Hay unos atrevidos y hermosos pájaros negros con pico amarillo que se me acercan temerariamente, sobre todo a la hora de comer.

Me sé el menú del hotel de memoria. Y ya conocen mi nombre -y mis gustos- cuando hablo para pedir desayuno, almuerzo y cena. Me traen la comida en cajitas y vasos desechables que dejan en la puerta y que, al terminar, se llevan y echan a unas bolsas de plástico especiales. Los empleados vienen con máscara y guantes y no se me acercan. Sé que les doy miedo. Nadie, nunca, entra en mi cuarto. Pero no saben cuánto les agradezco lo que hacen por mí.

No soy religioso ni supersticioso.

Pero ahora entiendo por qué el personaje de Tom Hanks en la película Náufrago (2000) se sentía acompañado por una pelota de voleibol a la que llamó Wilson. Chiqui, mi compañera de vida, olvidó un arete y lo tengo postrado como objeto sagrado sobre una toalla blanca; quiero creer que si lo toco me traerá suerte. O al menos me recuerda mi vida antes de esta pesadilla.

Las mañanas aquí son las más difíciles porque mi familia, amigos y colegas del trabajo están todavía durmiendo en Miami. Estoy adelantado nueve horas. A veces prendo la tele -CNN Internacional o la BBC- solo para sentirme acompañado, sin poner mucha atención en las noticias. Mi celular, mi iPad, la Internet, Netflix y el buen sistema de wi fi del hotel me han mantenido sano mentalmente y conectado a pedacitos de mi exvida. En una comida le cayó agua a mi celular y casi me da un patatús. Pero no le pasó nada. En las tardes y en las noches hago FaceTime con cualquiera que se deje. Para distraerme, ya me vi las dos temporadas de Emily in Paris, y cualquier película vieja que pongan en el televisor del hotel. Hay algo reconfortante en volver a ver algo que ya sabes cómo termina.

Cosas pequeñas se convierten en grandes. Alguien por equivocación canceló una de mis dos tarjetas de crédito y reaccioné muy mal. (¿Y si me quedo sin dinero y con covid perdido en una isla africana?)

Aquí tan lejos te sientes muy vulnerable y frágil. Hay tantas cosas que no dependen de mí. He tenido que soltar el control. Es una vida muy distinta a la que por décadas me acostumbré. Me cuelga, en el centro del pecho, una angustia que no se va ni para dormir. Estoy atrapado en el paraíso. Todavía no sé ni cómo ni cuándo me voy a poder ir de aquí. Pero sospecho que esta experiencia me va a marcar mucho. De hecho, ya me cambió. Me ha dado tiempo, mucho tiempo, de pensar en lo verdaderamente importante. Luego les cuento en qué termina todo esto.