En el libro bíblico de Éxodo, en el capítulo 32, se narra el famoso episodio de los israelitas adorando a un becerro de oro. El pueblo de Israel recién había sido liberado de la esclavitud en Egipto y se encontraba en camino hacia la tierra de Canaán. Cuando llegaron a un monte llamado Sinaí se detuvieron allí porque Dios iba a hablar con Moisés, máximo líder israelita, para darle las leyes que se establecerían como las normas sociales y rituales del pueblo. Al ver que pasaban los días y Moisés no bajaba de la montaña, los israelitas se acercaron a Aarón, hermano de Moisés, y le dijeron: “Moisés nos sacó de Egipto, pero ahora no sabemos qué le sucedió. Es mejor que hagas un dios, para que sea nuestro guía y protector”. Aarón así lo hizo y con el oro que recogió del pueblo fundió una estatua con forma de toro. Al verlo, todos comenzaron a adorarlo y a realizar celebraciones y rituales en torno a él.

Aunque a nosotros, personas del s. XXI, esta actitud del pueblo pudiera parecernos risible: adorar algo hecho por ellos mismos; me parece que esta historia se repite más de lo que podríamos imaginar. Como bien señalara el teólogo reformado R. C. Sproul, el ser humano es experto en conseguirse dioses que pueda controlar o descartar si no le funcionan; “toros” que no den leyes ni exijan obediencia; ídolos sin ira, justicia ni santidad para ser consideradas; deidades sordas, mudas e impotentes, que no se entrometan en sus asuntos ni le llamen a juicio.

Y esta era posmoderna no es la excepción. Dios se ha vuelto obsoleto o en el mejor de los casos se le ha “domesticado”. En su lugar se han erigido becerros como el consumismo, la tecnología o el placer; o se sigue adorando a los ídolos antiguos, como lo son el dinero, el poder o el estatus social. Y nos preguntamos ¿por qué el mundo cada vez es más caótico? Porque la verdadera libertad y el genuino deleite se comienzan a vislumbrar solo cuando Dios es el único soberano en nuestra vida y él se convierte en el centro y razón de nuestra adoración.