La Biblia y la independencia patria

Transcurrían los años 70 en el ámbito de los campos bananeros. Habían pasado ya los años de mi educación primaria y empezaba a vivir la realidad estudiantil de educación básica. Fue entonces cuando vi llegar por primera vez a la casa paterna un ejemplar de la Biblia.

Mi madre había solicitado una Biblia para leerla y no escapó a mi curiosidad tomar el libro y revisar los detalles de la impresión y escudriñar un poco entre sus páginas algunos pasajes bíblicos. Ahí estuvo guardada hasta que en una clase de español me pidieron que comentara uno de sus libros, el Cantar de los cantares. Luego, decidí, sin consultar a ningún adulto o consejero, ni referencia a una comunidad de fieles, leer la Biblia para empezar a ser ‹‹un muchacho bueno››. Con el paso de los años, ingresé a una comunidad de fieles católicos donde me pidieron una Biblia, y en una ceremonia especial presidida por Mons. Héctor Enrique Santos, se nos hizo entrega de ella para iniciar un camino de maduración de la fe en Cristo.

Algunos años después, como seminarista mayor y ahora como sacerdote he podido leer y meditar la Palabra de Dios todos los días.


Algo fundamental que he llegado a comprender en todo este tiempo es lo que el teólogo Karl Rahner afirma sobre las Sagradas Escrituras: “La Biblia es el libro de la Iglesia; contiene la palabra de Dios dirigida a la comunidad eclesial. Esto significa que en los libros que la componen, y especialmente en los del Nuevo Testamento, la Iglesia ha reconocido la expresión auténtica de su fe y la palabra de Dios que es su fundamento”.


Para que las Sagradas Escrituras tengan el efecto benéfico sobre el comportamiento y las costumbres de los ciudadanos es necesaria una comunidad de fe. La comunidad de creyentes configurada en torno a la Palabra de Dios llega a ser un nuevo reino de personas consagradas a Dios y al servicio de los hombres. Las estructuras sociales, especialmente, la familia, si acogen en su seno los valores de este nuevo reino, promoverán las iniciativas para que la sociedad se vaya integrando en un proceso de liberación de aquel otro reino que las aflige y atenta contra su dignidad, corrompiendo sus instituciones que deben estar al servicio del bien común.


De esta manera, las luchas por la independencia por las razones más nobles que sean, llevan en su seno el germen de ese nuevo reinado, siempre y cuando quienes las promuevan conozcan y hagan suyas las verdades fundamentales de la Palabra de Dios con fe, de lo contrario, dichas luchas no serán más que un reparto ambicioso de los bienes ajenos.


El auténtico proceso de liberación es fruto de la gracia de Dios en el corazón de quienes anhelan colaborar con su santa voluntad. Donde la Palabra de Dios sea acogida con humildad y recta intención de ordenar la vida personal y comunitaria, no quedará estéril y rendirá frutos de justicia y de paz en el seno de la sociedad. La Palabra de Dios y la comunidad de los fieles no pueden ni deben ser instrumentalizados para fines proselitistas sin que se tergiverse su finalidad principal. La celebración de los 199 años de independencia sean una oportunidad para agradecer a Dios por los bienes espirituales recibidos en herencia de aquella independencia política y económica que registra nuestra historia.