A veces, las circunstancias nos imponen un alto necesario en la rutina diaria, en nuestro estilo de vida, para empezar a vivir desde lo esencial, desde lo que realmente es importante, que puede ser la salud física y espiritual, la seguridad personal y familiar, etc.
Nos enfrentamos a una situación única, nunca antes vivida, por lo menos en lo que va de mis 50 años de conciencia y vivir en nuestra querida patria Honduras. Nos inquieta la fragilidad de nuestro sistema sanitario y la poca educación en la higiene personal y comunitaria frente a la actual epidemia del coronavirus.
He sabido de otras “epidemias” que nos han hecho sufrir, como el desempleo, el hambre, la violencia social, la guerra fría, el crimen organizado, todas ellas frutos de la desigualdad, la injusticia, la avaricia, la indiferencia, la lucha por el poder y el control. Nuestras familias han tenido que encerrarse o huir, caer en las garras de la violencia por el “virus del pecado” enquistado en los barrios, en las organizaciones sociales, en el corazón de los hombres.
La epidemia del Covid-19, importado de lejanos países, nos hace ser parte de una crisis sanitaria mundial. Nos han llegado primero las noticias alarmantes de China, Europa, Medio Oriente y varias naciones americanas, luego los primeros contagiados entre nuestros vecinos.
Con mucha razón, esta nueva epidemia ha venido a poner un alto a todo el ritmo de vida de nuestra sociedad.
Las decisiones tomadas a través del decreto de emergencia nacional con el apoyo de las instituciones privadas y la colaboración de toda la ciudadanía están ordenadas para hacer frente al nuevo enemigo que nos amenaza a muerte a todos.
Podemos ver en ello la oportunidad de reflexionar sobre el rumbo y el estilo de vida que llevábamos tanto como familias y como país.
Ahora que nos encontramos confinados en nuestras casas, en compañía de nuestros familiares, irá surgiendo, en el mejor de los casos, muy dentro de cada uno de nosotros, la conciencia de que algunas cosas esenciales ya no eran una prioridad, por ejemplo, el compartir más tiempo juntos, el descubrirnos cercanos para conversar más y mejor. Dar lugar a la vida hogareña con sus múltiples detalles, incluso cultivar la reflexión y la vida espiritual en torno a la oración y la meditación de la voluntad de Dios.
Es necesario favorecer con todo eso la toma de conciencia de aquellas actitudes y comportamientos dañinos para nuestras familias y para nuestras vecindades en los barrios y colonias, pueblos y caseríos tierra adentro. Revisar nuestro aporte al bien común y abandonar aquellos actos de violencia y rencor que hieren y enlutan a nuestras familias.
Si reflexionamos en las circunstancias personales en las que nos encontró esta epidemia, cada uno podrá ser capaz de descubrir que era necesario hacer este alto para enmendarnos de nuestros errores y faltas contra el amor fraterno, contra la unidad de la familia y el respeto a nuestros semejantes, de igual modo, nuestra deuda para con nuestro Creador y Dios Padre, que desea una vida plena para todos, conviviendo en justicia y fraternidad.