Revelan cómo fueron los últimos 38 minutos de vida de Osama Bin Laden

<p>Al momento de ser asesinado, Bin Laden se encontraba con dos de sus esposas.</p>

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Cuando ya nadie creía que se le podía sacar más punta a la historia sobre la muerte de Bin Laden, la revista ‘The New Yorker’ sacó del sombrero una fascinante crónica, llena de detalle y anécdotas, que ya se perfila como un posible premio Pulitzer de periodismo.

‘Atrapando a Bin Laden’ fue escrita por Nicolas Schmidle, quien dedicó dos meses a la reconstrucción de una de las operaciones más impactantes en la guerra contra el terror. Para ello entrevistó a más de 20 personas que participaron en la planificación y ejecución del asalto a la casa en Abbottabad Pakistán, donde se dio de baja al enemigo público número uno el pasado primero de mayo. Los ‘seals’ no fueron entrevistados, pero sí las personas que recogieron sus versiones.

Los últimos 38 minutos

Más que nuevas revelaciones, que las tiene, lo que sorprende es cómo el lector es transportado al mismo frente de batalla, casi que en asiento de primera fila.

El grueso de la crónica está dedicado a los 38 minutos que permanecieron los seals (soldados especializados de la Armada de Estados Unidos) en la casa del líder de Al Qaeda.

Dos helicópteros viajaron desde Afganistán y evitaron la detección de radares con ajustes para camuflar el ruido y pintura invisible. Del primero bajaron por cuerda 12 seals.

El segundo dejó en las afueras del muro a cuatro hombres, un perro y un estadounidense-paquistaní que debía ahuyentar a los curiosos que se acercaran. Pero todo salió al revés.

“No había pasado un minuto del operativo cuando lo planeado se fue al piso”, dice el autor. Cuando el primer helicóptero se ubicó sobre la casa, comenzó a girar sin control.

El viento que producía la hélice caía en un hueco del que el helicóptero no podía escapar. Lo temido se hacía realidad: Blackhawk Down.

Sorprendido con dos de sus esposas

El autor reconoce que lo que sucedió durante los siguientes 18 minutos no es del todo claro. Primero dieron de baja al mensajero, que fue quien permitió dar con el paradero de Bin Laden y luego hicieron lo propio con un hermano y un hijo del terrorista.

Antes de poder subir a la tercera planta tuvieron que detonar una serie de cercas de hierro que bloqueaban el paso. Ya arriba, con los lentes de visión nocturna, el primero de los seals divisó a un hombre alto que se asomaba por una de las puertas y luego se encerró.

Esperó la llegada de los otros y tumbaron la puerta de una patada. Allí estaba quien parecía ser Bin Laden, con dos de sus esposas, que se pusieron en frente.

El primer seal que ingresó le disparó a una de ellas en una pierna y las apartó. El segundo entró detrás y puso la mira infrarroja de su M4 en el pecho de Bin Laden.

“El líder de Al Qaeda quedó paralizado: no estaba armado”, relata Schmidle.

El momento más esperado

Nueve años, siete meses y 20 días después del 11-S, un estadounidense estaba a sólo un gatillo de acabar con la vida de Bin Laden. La primera ronda le dio en el pecho.

Mientras caía, le disparó otra vez a la cabeza, encima de su ojo izquierdo. Por su radio reportó: “Por Dios y el país, Gerónimo -nombre clave dado al terrorista-. Gerónimo EKIA muerto en combate”, narra. Pese a su parecido, los seals no estaban seguros de que se trataba de Bin Laden. Otro helicóptero viajó desde Afganistán con un médico que le tomó muestras de ADN.

Mientras llegaban los resultados, se empleó otra inusual forma de verificación. Sabían que Bin Laden medía 1.92 metros de estatura, pero no tenían un metro para constatarlo; así que un soldado que medía 1.80 se tiró al piso junto al cadáver para que los otros calcularan la diferencia.

Lanzar el cadáver al mar era algo que se había decidido mucho antes para evitar convertir su tumba en centro de peregrinaje.

La historia cierra con otra anécdota inédita. Tras la misión, Obama se reunió con los seals.

El Presidente les hizo decenas de preguntas; quería saberlo todo. Sin embargo, nunca preguntó cuál de ellos había apretado el gatillo, pese a que contaba con la autoridad para hacerlo.

Ellos tampoco lo han contado. Este es un misterio que quizás nunca se resuelva.

La Prensa