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El macabro asesinato de Hernán Villarreal, que conmovió a una generación

La familia del amigo, de acuerdo con las notas, habría recibido amenazas telefónicas para que no dijera nada.

Monterrey, México

Tras detallar los hechos que llevaron al hallazgo del cuerpo sin vida del niño Hernán Marcelo Villarreal Urrutia, de 9 años, en una noria en El Barrial, en Santiago, el director de la Policía Judicial del Estado Hernán Guajardo comentó que el crimen, en el que habrían participado por lo menos seis personas, parecía no tener otros fines que “saciar los deseos de venganza de algún psicópata o drogadicto”.

“Este tipo de crímenes son muy frecuentes en las grandes ciudades donde se albergan maniáticos, viciosos y enfermos mentales que gozan haciendo daño a sus semejantes como es el caso del niño Hernán Marcelo”, dijo, consternado, el 6 de noviembre de 1986.

Un día antes, la Ciudad se enteró a través de EL NORTE de la muerte del menor, cuyo secuestro el 22 de octubre de ese año no fue reportado.

En su primera plana, el periódico informó: “Reflejar los sucesos que afectan a nuestra comunidad es una tarea y obligación de EL NORTE. Por intentar salvar una vida y no entorpecer una negociación de rescate, EL NORTE se abstuvo de publicar por trece días sobre el secuestro de un niño inocente de nueve años ocurrido en la Colonia Contry.

“La mesura de la familia y de las autoridades, y la autocensura de la prensa se estrellaron empero contra el peso de la cobardía. Ayer Hernán Marcelo fue encontrado sin vida. Éste es el relato”.

Y hoy, 35 años después, se recrea aquel suceso en Monterrey que estrujó a una generación, porque de alguna manera fue el despertar a una Ciudad violenta.

Monterrey llevaba un par de años con su Gran Plaza.

El de 1986 fue el año del Mundial de Futbol celebrado en México y del cierre de Fundidora.

El desplome de la Maestranza arrojó a miles de hombres al desempleo.

Eran también los días en que se vendían como novedades coches Le Baron, Dart y Volare, y fue también el año de la explosión del transbordador espacial Challenger.

De acuerdo con las notas periodísticas, el pequeño Hernán, quien cumplió 9 años el 13 de marzo de ese 1986, se encontraba hacia las 17:30 horas afuera de su colegio Regiomontano Contry, por la calle lateral Roberto Garza Zambrano, con un amigo.

Habían terminado un entrenamiento de futbol.

En eso llegó un coche blanco del que bajaron tres sujetos que lo forzaron a abordar.

La familia del amigo, de acuerdo con las notas, habría recibido amenazas telefónicas para que no dijera nada.

Aun así, algunos chicos fueron a la casa del niño a comunicar lo que pasó.

Otra versión apuntó que uno de los delincuentes avisó del secuestro desde un teléfono público.

La madre, Laura Urrutia, habría informado a su esposo, el doctor Gustavo Villarreal de la Fuente, ex presidente de la Cruz Verde de Monterrey y en ese momento director del DIF de San Pedro, quien reportó la privación ilegal de la libertad de su hijo al 06 de Seguridad Pública, y luego le habló a su hermano, el juez Mauro Villarreal de la Fuente, para avisarle que ya le había llegado la que sería la primera de varias llamadas de los delincuentes.

Pedían 100 millones de pesos de rescate, cantidad exorbitante entonces y ahora.

Advirtieron que no querían difusión en medios, por lo que Mauro solicitó a Hernán Guajardo que aquello no trascendiera.

Fue en vano la explicación de Gustavo en el sentido de que quizá se habían equivocado de víctima, pues para su familia era imposible reunir una cantidad así.

Los agresores insistieron y no respondieron a la petición de dar una señal de vida del niño.

Un informante comentó a EL NORTE: “Psicológicamente (la familia) ya está en manos del secuestrador y la está manejando a su antojo”.

El lunes 27 de octubre, tras días de comunicación interrumpida y silencio, la familia confirmó que contaba con la cantidad requerida.

Ese día le pidieron a Gustavo trasladarse a San Luis Potosí, donde continuarían las negociaciones, pero ya ahí le pidieron dirigirse a la Ciudad de México.

La banda brindó una dirección para la entrega del rescate, pero era equivocada.

Hablaron al hotel donde se encontraban los padres de Hernán, les explicaron la situación y los criminales pidieron esperar.

Laura, la madre, volvió a Monterrey.

En aquel hotel, Gustavo recibió la noticia de que habían encontrado el cuerpo sin vida del niño.

Acaso no haya un regreso tan triste como el de aquel hombre a la Ciudad.

Por azar, Hernán Marcelo fue hallado por unos paseantes en una noria en El Barrial y lo identificaron por sus tenis y ropa.

El niño llevaba sin vida entre 12 y 13 días, es decir, desde su secuestro.

En aquel tiempo se dijo que la quinta en la que fue hallado pertenecía a primos de Rafael Caro Quintero, popular narco entonces.

César Cortés, agente del grupo Cobra de la Policía Judicial, quien moriría dos años después intentando rescatar a pasajeros de autobuses atrapados en el Río Santa Catarina durante el Huracán Gilberto, detuvo a Blanca Esthela Garza Martínez, consignada anteriormente por problemas de drogas y emparentada con la familia de Gustavo.

La mujer fue detenida con otros en una casa de la Colonia Terminal.

Blanca Esthela era prima de Gustavo y presuntamente estaba resentida por un problema de herencia, versión que no prosperó.

El 8 de noviembre, Hernán Guajardo brindó detalles de la detención de la banda, encabezada por el asesino Jorge Bochkavior Futivo, uruguayo y considerado de coeficiente intelectual alto, e integrada por Nicolás Tamez Ramírez, compañero de trabajo del papá del niño Hernán; Paulino Aboytes y Juan Carlos Padrón Kuri.

El entonces Subprocurador Francisco Rivera Bedoya estableció la línea para detenerlos al reconocer en un video familiar de la víctima a Tamez, empleado de la Secretaría de Salud.

Los demás fueron capturados, sin saber que la autoridad ya sabía del hallazgo del cuerpo del niño, al querer cobrar el rescate en la Ciudad de México por agentes que se hicieron pasar como familiares del niño, ropavejeros y ocultos en botes de basura.

Esa fue la versión peliculesca de la autoridad.

Pero nunca fue aclarado un pasaje: tras ser asesinado Hernán Marcelo, una operadora de Hualahuises escuchó que los delincuentes se reportaban con un “doctor Treviño”, domiciliado en la Ciudad de México, a quien le reportaron el crimen y le avisaron que irían por el pago de 35 millones de pesos, lo que se desconoce si sucedió.

De esta manera, pareciera que nunca fue el objetivo el rescate de 100 millones, sino hacer sufrir a los padres del niño, a quien matarían de inmediato.

La banda fue acusada de secuestros y crímenes en otros estados.

Tras la captura, nunca más se volvió a hablar del autor intelectual del crimen.

Los agentes que detuvieron a la banda fueron premiados como si hubiesen hecho una gran labor de investigación.

A los días se dieron otros secuestros y asesinatos de niños, sobre todo por familiares.

Y pasaron los años.

Los colegios privados no volvieron a permitir que sus alumnos salieran de sus instalaciones.

Las bardas de las casas se levantaron más y la delincuencia siguió haciendo de las suyas.

Vendría la violencia por el narco en los años siguientes.

Así, una generación comprobó de golpe en 1986 que este tipo de crímenes, como dijo Hernán Guajardo, eran muy frecuentes en las grandes ciudades.

Y que los niños, tristemente, no estaban exentos.