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Honduras: huracán Mitch partió a Santa Rosa de Aguán

El mar y el río Aguán destruyeron unas 50 casas y desaparecieron una cuarentena de habitantes en 1998. En 2018, en ese lugar, hay cayos y agua.

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En las últimas dos décadas, varios cientos de personas han emigrado de Santa Rosa de Aguán, un municipio que sigue siendo altamente vulnerable tras el paso del huracán Mitch. Fotografías AFP, Yoseph Amaya, archivo LA PRENSA.
En las últimas dos décadas, varios cientos de personas han emigrado de Santa Rosa de Aguán, un municipio que sigue siendo altamente vulnerable tras el paso del huracán Mitch. Fotografías AFP, Yoseph Amaya, archivo LA PRENSA.

Santa Rosa de Aguán, Colón

Después de 20 años, los habitantes de Santa Rosa de Aguán, departamento de Colón, no saben con exactitud cuántas personas desaparecieron tras el paso devastador del huracán Mitch; sin embargo, estiman que el río Aguán acabó con la vida de más de 39 cuando arrasó e inundó una franja de tierra donde ellos tenían sus viviendas.

La última semana de octubre de 1998, las corrientes del río Aguán, que habían aumentado de nivel en su recorrido a través del valle, no lograron entrar al mar. En la desembocadura se encontraron con una potente marea que las rechazó.

Mientras el ojo del huracán Mitch se mantenía haciendo estragos en Guanaja (a 62.9 kilómetros), la noche del 28 de octubre, el agua del río, al estrellarse contra la muralla de olas, regresó al cauce y se expandió por toda la parte baja de Santa Rosa, donde vivían más de 3,400 personas.

Santa Rosa de Aguan 20 años después(1024x768)
Los habitantes de Santa Rosa de Aguán, sede de la municipalidad, utilizan lanchas para transportarse hasta tierra firme, a la aldea Dos Bocas, donde se encuentra el alcalde y funcionarios.

Irma Andrea Ocampo, quien en ese año era la registradora civil del municipio, rememora que la inundación los tomó por sorpresa, irrumpió como el ladrón que llega por la noche. “Si no hubiera sido por un señor que salió gritando”, posiblemente, ella y su familia hubieran formado parte de las estadísticas.

“Cuando estaba creciendo el río salimos corriendo de las casas y nos refugiamos en otra que creíamos que era segura. Al poco tiempo vimos que se estaba tambaleando y salimos otra vez corriendo. Para ese momento, el río había crecido más y había una oscurana que solo Dios sabe. Después nos fuimos a la iglesia católica”, recuerda, sentada en un sofá afuera de su casa ubicada en el barrio San Martín, llamado “Zona Mitch”.

Ocampo, con una pierna apuntada (desde hace cuatro meses) a causa de la diabetes, reside con algunos de sus hijos en la casa de su abuelo que, en caso de “un nuevo Mitch”, podría resultar severamente afectada. Se encuentra a menos de 500 metros del mar.

Donde ella vivió ahora hay una laguna rodeada de manglares y ruinas de viviendas que quedaron enterradas por la arena llevada por las corrientes de agua.

Cerca de los manglares y dunas, formadas en las últimas dos décadas en la zona donde hubo casas, sobresale la vivienda de dos plantas de Leónidas Lorenzo Oliva, la única que se salvó “por tener buenos cimientos y ser una buena construcción”.

Santa Rosa de Aguan vulnerable Mitch(1024x768)
Santa Rosa de Aguán es una franja de tierra entre el río Aguán y el mar Caribe.

“El agua subió unos seis pies y derrumbó todas las casas que estaban alrededor. Yo me mantuve en la parte de arriba. De la casa, solo se llevó las gradas”, dice Oliva, mientras camina por las calles de arena por las cuales corre la brisa marina del Caribe. “No perdí la casa, pero si tuve pérdidas económicas en el negocio. También perdí algunos familiares”.
Un poco más lejos de donde viven Ocampo y Oliva, en la otrora barra del río, se desplomaron más de 50 casas y la noche de la tragedia desaparecieron una cuarentena de personas, entre ellas, Ana Isabel Arriola, su esposo Ricardo Cándido Güity y sus tres hijos (Ricardo Gerson, Francis Elizabeth y Anderson Moisés).

De esta familia, solamente sobrevivió Ana Isabel. Los otros miembros murieron ahogados. Días más tarde, el cadáver de su esposo apareció en el mar, cerca de Roatán.

“Mi hermana Ana Isabel es la única sobreviviente. La rescataron días después cerca de Caimán. Norteamericanos que buscaban a otras personas miraron a mi hermana sobre un árbol y la rescataron desde un helicóptero”, dice Martha Regina Chimilio Arriola, aseadora de la municipalidad de Santa Rosa.

Ana Isabel ahora vive y trabaja en un hospital de Los Ángeles, California, y tiene una nueva familia. “No deseo hablar de eso para no recordar”, le dijo a su hermana Martha través de una llamada telefónica cuando periodistas de LA PRENSA intentaron entrevistarla.

Días después de la tragedia , en noviembre, helicópteros aterrizaron en la playa y un barco llamado Painkira atracó y les dejó víveres a los habitantes que quedaron aislados varios meses. Esa embarcación naufragó en 2007 frente a La Mosquitia con 22 personas a bordo.

Con el Mitch, el Río Aguán y el mar modificaron el mapa del país. En ese punto geográfico ahora hay pequeñas islas y el municipio está administrativamente fraccionado: en Santa Rosa se encuentra la municipalidad, pero el alcalde y funcionarios dirigen desde la única aldea, Dos Bocas, ubicada en tierra firme, y donde la población está compuesta por garífunas y mestizos.

Quienes viven frente al mar, las autoridades, comerciantes y estudiantes, para viajar de Dos Bocas a Santa Rosa (o en sentido contrario) utilizan lanchas con motores diesel que abordan en dos atracaderos construidos por la corporación municipal dirigida por Pablo Castro Gónzalez, quien, también en 1998, sufrió las consecuencias de la inundación.

Con mi familia, éramos unos quince, estuvimos en un cayuco toda una noche esperando que el agua bajara

Pablo Castro, alcalde

De Santa Rosa, donde está la municipalidad, han emigrado varios centenares de habitantes. “Se han ido para Tocoa, La Ceiba y Estados Unidos”, dice Santos Miranda, un garífuna que registra la historia del municipio.

La migración se refleja en la cantidad de niños que asisten a clases a la Escuela Padre Reyes. En 1998, este centro educativo matriculó a 492 niños y en 2018 a unos 90.
Esta “lengua de tierra” sigue siendo una zona altamente vulnerable. Pese a esta condición, muchos garífunas prefieren vivir aquí porque se sienten “más felices”, pero de vez en cuando el miedo los asalta.

Felipe Oliva Ruiz, juez de policía del municipio, dice que “cada vez que llueve la gente tiene miedo. La gente se asusta y piensa en el Mitch”. “Siempre en cabildo abierto les decimos que debemos tener un nido en otro lado. Yo, por ejemplo, después del Mitch hice una casa en Tocoa. Así estoy preparado ante cualquier cosa”, ejemplifica.