Como dice una canción de José Feliciano, “tendida como un viejo que se muere”, parece estar ahora la otrora pujante comunidad garífuna de Travesía en Puerto Cortés. Desaparecieron los centros de diversión que fueron su principal atracción allá por los años 70 y ahora solamente hay desolación en sus playas.
En las ruinas de los antiguos salones de baile parece vagar el espíritu de hombres visionarios como Modesto Arzú, tan famoso que hasta el conjunto Los Kobdas le hizo una melodía (Mister Modesto) la cual aún suena con nostalgia en algunas emisoras.
Entre los pocos impulsores de la antigua Travesía, que aún viven para evocar la época dorada, está el veterano músico Froylán Lambert, amigo del alma del cantante José Feliciano, con quien compartió en las playas de la comunidad garífuna, tragos de ron catracho y recuerdos de juventud.
Ya estaba pasando el esplendor de Travesía a principio de los años 80, cuando el cantante puertorriqueño llegó a visitar a Lambert, con quien se hizo amigo en Nueva York, donde ambos estudiaron música.
“Esa fue la última vez que lo vi, no recuerdo exactamente cuántos años hace”, dice Froylán Lambert ahora con los algodones del tiempo sobre su cabeza, como eludiendo referirse al tema.
Piano olvidado
En un rincón de la sala de su casa duerme su viejo órgano, arropado por una lona desde que él perdió la fuerza de la mano derecha, a causa de las complicaciones de su diabetes.
Sólo por complacernos pide que lo destapen para colocar sus dedos sobre el teclado, pero ya no puede sacarle sonidos armoniosos.
“Aquí estoy sólo con mi vieja y dos nietos que los estamos terminando de criar”, comenta. Una de sus hijas que vive en Nueva York es la que le transmite los saludos que le envía Feliciano, cuando lo ve en los encuentros familiares.
Ni la distancia ni el tiempo han logrado disolver aquella amistad que inició cuando Feliciano aún no era vocalista, aunque ya se había iniciado en la música instrumental.
“Más cañita Lambert”
Por fin Lambert accedió a transportarse al día en que Feliciano se fugó prácticamente del hotel en que se encontraba hospedado en San Pedro Sula, para ir a visitarlo a su casa de Travesía.
El padre del cantante, que también era amigo de Lambert, fue quien le sugirió a Feliciano que cuando fuera al festival de Viña del Mar en Chile, se deslizara para Honduras y que buscara al amigo Froylán.
El cantante no vidente al fin lo localizó cuando llegó a cantar a San Pedro Sula. “Antes de que él actuara en el desaparecido cine Tropicana de San Pedro Sula, lo fui a traer en mi carro al hotel, para pasar juntos un momento en mi casa”.
El artista llegó con dos o tres guardaespaldas, pero sin el asedio de los periodistas que no se dieron cuenta de aquella fuga, según comentó Froylán.
Platicaron como lo harían dos viejos amigos que vuelven a encontrarse después de mucho tiempo, pero no pulsaron sus instrumentos como lo hacían en Nueva York, ni él se puso a cantar. “Todo el día lo pasamos en la playa a solas, conversando y tomando ron”, recordó Lambert.
Al calor de los traguitos de aquel licor hondureño que Feliciano llamaba “cañita”, volvieron a los años en que ambos tocaban en una banda de Nueva York. “él tocando el requinto y yo el xilófono y a veces el acordeón. Aparte formamos un dueto, él no era cantante ni artista que sonara, llegó a ser solista mucho tiempo después”.
Lambert había llegado a los 17 años a Nueva York para hacer compañía a unos familiares residentes en la gran ciudad, pero también con la mira de hacerse músico.
Después de 30 años de duros trabajos y de conciertos, los fines de semana en el país de los rascacielos, volvió a la comunidad de playas interminables donde jugaba de niño sacándole sonido a las conchas de los caracoles.
No se imaginó que el viejo amigo que conoció en la Gran Manzana estaría en su casa pidiéndole “más cañita”, cuando ya cada quien había forjado su destino en la vida.
Después de aquella plática de amigos, Feliciano se fue al atardecer en el carro de Lambert para el hotel, porque por la noche tenía que presentarse en el cine Tropicana. “Yo llegué después y me senté en la primera fila para oirlo cantar como cualquier otra persona del auditorio”, dijo.
Adiós a la alegría
Tras el relato, el viejo Lambert se levantó con dificultad de su silla y dirigió sus pasos cansados hacia la playa, apoyado de un bastón, como si buscara complementar el recuerdo de aquella visita o los tiempos en que Travesía bullía de alegría por el verano.
“Allá está el cerro Cardona”, dijo señalando una montaña azulada en el horizonte. Allí tienen sus cultivos de yuca muchos de los pobladores de la comunidad garífuna, aunque ya no usan sus raíces para hacer cazabe como antes, sino para comercializarla sin procesar.
Hasta el pescado que antes saltaba en los chinchorros de los pescadores, ahora los pobladores lo compran en el mercado.
“La gente que empujaba el desarrollo ya se fue. Aquí venían los grandes conjuntos como Pérez Prado y los Dinners de México, pero ya no se conoce nada de todo eso, los jóvenes ahora tienen otra forma de divertirse”, lamentó Lambert. Tal situación de abandono parece reflejarse en aquella canción de Feliciano que en uno de sus versos dice: “la pena y el abandono son tu triste compañía/ pueblo mío te dejo sin alegría”.