08/01/2026
02:40 AM

'Quebraba sillas en los restaurantes por gordo”

Mario Alejandro Padilla vivía agobiado con un peso de más de 400 libras hasta que se propuso moldear un cuerpo nuevo y lo logró.

Siempre saca de su maletín un pantalón que le quedaría holgado al señor Barriga, cuando habla de su hazaña: mandar al carajo más de 200 libras que le sobraban en el cuerpo. “Las rodillas ya no me soportaban; era como si anduviera cargando a otra persona”, dice ahora Mario Alejandro Padilla, orgulloso de sus 34 centímetros de cintura.

Había llegado a ser tan gordo que no podía agacharse. Su hija mayor le ponía los calcetines y luego él metía el pie en el zapato con un largo calzador metálico que le regaló su madre.

Apenas si podía respirar y cuando dormía sus ronquidos llegaban hasta el portón de su casa, comenta Padilla, que fuera ejecutivo de una empresa internacional suplidora de combustible.

En la calle, la gente no disimulaba su estupor por tan voluminoso cuerpo y mucho menos los menores, que no tienen empacho en decir lo que piensan. ¿Por qué ese señor es tan gordo?, le preguntó un niño a su madre, cierta vez que Padilla fue a dejar a su hija a la escuela. Al ver que la señora reprendía al chiquillo por aquella indiscreción, él trató de bromear diciendo que por comer mucho le habían salido esas libras de más. “Sin embargo, por dentro yo sufría”, dice.

No le había mentido al niño. El hombre comía a todas horas del día e incluso tenía almacenada comida en la guantera de su carro, en las gavetas de su escritorio y en su mesita de noche, previendo que se le fuera a agotar.

Salía de su casa bien desayunado cuando iba a su trabajo y aún así pasaba por un negocio de comida rápida comprando una hamburguesa o el desayuno del día. “Comía más por ansiedad que por hambre”.

Dice que si asistía a un banquete, era el primero en servirse, aunque no tuviera apetito, por miedo de que se fuera a terminar la comida.

Señales de alarma

“Quebré sillas en restaurantes. No me aguantaban las de plástico. El negocio que más visitaba en Puerto Cortés le pedía prestadas sillas más fuertes al negocio de al lado cuando yo llegaba”.

Llegó a padecer hipertensión arterial a causa de su obesidad y cuando el especialista le recetó un medicamento que debería tomar para toda la vida, se asustó. ¿Por qué?, se preguntaba.

El médico le explicó que si dejaba de tomarlo, podía caer fulminado de un paro cardíaco subiendo las gradas o haciendo el menor esfuerzo porque todo su cuerpo estaba forrado de grasa, a menos que bajara de peso.

Ésa fue una de las primeras señales de alerta para que tomara la decisión de eliminar ese montón de grasa extra, lo cual no era fácil porque ya había aceptado su gordura como algo normal.

La alarma sonó más fuerte cuando cayó en la cuenta de que su empresa había aumentado el presupuesto de gastos para que él pudiera viajar en primera clase cuando salía fuera del país, porque no cabía en los asientos de clase ordinaria de los aviones.

Padilla volaba a diferentes países para dar charlas de capacitación como parte de su trabajo. Por miedo de sufrir trombosis de vena profunda, un coágulo sanguíneo que puede formarse en las piernas por viajar en condiciones de estrechez, pidió a su compañía que le pagara servicio de primera.

Sus jefes se lo concedieron y él lo tomó como un privilegio bien ganado, sin meditar en lo costoso y riesgoso que le estaba resultando a la empresa. “Después me cayó el veinte cuando un compañero me hizo la observación de que la compañía bien podía sustituirme por otra persona que no le ocasionara tanto gasto”.

Entonces comenzó todo tipo de dietas sin ningún resultado hasta que tomó la decisión de endeudarse en una cirugía conocida como bypass gástrico para reducir su estómago.

“Compré otra vida”

Ése fue sólo el comienzo de un tortuoso camino para bajar de peso, pues, aunque logró botar 95 libras en menos de un año, el ansia de comer volvió y comenzó a engordar de nuevo.

Cuando vio que iba de regreso ideó un método para no dejarse vencer por el desenfreno de comer: en un cuaderno iba anotando todas las calorías de los alimentos que ingería para saber si estaba consumiendo más de las que necesitaba su organismo.

Se había vuelto un experto en nutrición, según dijo.

Paralelamente hacía ejercicios para terminar de eliminar la grasa extra. De repente, la cinta métrica le dijo que medía solamente 34 centímetros de cintura después de haber llegado a los sesenta.

Recordó sonriente que cuando corría le sonaban los pellejos que le dejó el proceso de adelgazamiento y cuando alguien se lo hacía notar, él decía que el ruido era provocado por unas llaves de plástico que llevaba en su bolsa. El problema terminó cuando le cortaron esos sobrantes de piel mediante otra cirugía.

Ahora ya puede tirarse al suelo para jugar con su hija menor, aunque tal vez ella ya no se lo pida como antes, cuando estaba gordo, porque ya tiene nueve años.

Valió la pena haber hecho el esfuerzo y gastado en cirugías dinero que aún está pagando, pues fue como comprar una vida nueva, cuando a veces uno no escatima en comprarse un carro, reflexiona Padilla, cuatro años después de su decisión.

Tiene su propio grupo de apoyo en Facebook

Como en nuestro medio no existe un grupo de glotones anónimos o algo por el estilo para compartir experiencias con otras personas en igual situación, Padilla ha creado en su Facebook su propio grupo de soporte con el título “Cómo bajar 200 libras”.

Ayudando a otras personas con problemas de sobrepeso se ayuda a sí mismo porque no puede decirle a alguien que quiere adelgazar que no coma mucho pan y azúcar y quedarse él sin el consejo, según dice.

“No soy nutricionista ni doctor ni entrenador profesional. Soy un coach de bienestar que busca compartir sus experiencias en cuanto a vivir mejor.

En 2007 tenía casi 39 años, pesaba 400 libras y usaba pantalones talla 60. Me di cuenta de que no podía seguir viviendo así y me sometí a una operación de bypass gástrico; eso me ayudó a bajar más o menos 95 libras en un año, pero luego el apetito volvió y no seguí bajando y de hecho en un mes subí diez libras”, explica en su Facebook.

Agregó que “eso me preocupó y me dejó claro que la batalla para controlar el sobrepeso nunca termina”.

Padilla invita a sus seguidores en la red social que lo acompañen a compartir experiencias “para que todos aprendamos y nos beneficiemos de contar con un grupo de soporte”.

Padilla dejó su cargo en una compañía internacional suplidora de combustible y ahora se dedica a dar charlas de motivación a las personas para vivir mejor.

De repente se valdrá de su propia experiencia para trasladarla a las personas que quieren adelgazar, dijo.

Siempre saca de su maletín un pantalón que le quedaría holgado al señor Barriga, cuando habla de su hazaña: mandar al carajo más de 200 libras que le sobraban en el cuerpo. “Las rodillas ya no me soportaban; era como si anduviera cargando a otra persona”, dice ahora Mario Alejandro Padilla, orgulloso de sus 34 centímetros de cintura.

Había llegado a ser tan gordo que no podía agacharse. Su hija mayor le ponía los calcetines y luego él metía el pie en el zapato con un largo calzador metálico que le regaló su madre.

Apenas si podía respirar y cuando dormía sus ronquidos llegaban hasta el portón de su casa, comenta Padilla, que fuera ejecutivo de una empresa internacional suplidora de combustible.

En la calle, la gente no disimulaba su estupor por tan voluminoso cuerpo y mucho menos los menores, que no tienen empacho en decir lo que piensan. ¿Por qué ese señor es tan gordo?, le preguntó un niño a su madre, cierta vez que Padilla fue a dejar a su hija a la escuela. Al ver que la señora reprendía al chiquillo por aquella indiscreción, él trató de bromear diciendo que por comer mucho le habían salido esas libras de más. “Sin embargo, por dentro yo sufría”, dice.

No le había mentido al niño. El hombre comía a todas horas del día e incluso tenía almacenada comida en la guantera de su carro, en las gavetas de su escritorio y en su mesita de noche, previendo que se le fuera a agotar.

Salía de su casa bien desayunado cuando iba a su trabajo y aún así pasaba por un negocio de comida rápida comprando una hamburguesa o el desayuno del día. “Comía más por ansiedad que por hambre”.

Dice que si asistía a un banquete, era el primero en servirse, aunque no tuviera apetito, por miedo de que se fuera a terminar la comida.

Señales de alarma

“Quebré sillas en restaurantes. No me aguantaban las de plástico. El negocio que más visitaba en Puerto Cortés le pedía prestadas sillas más fuertes al negocio de al lado cuando yo llegaba”.

Llegó a padecer hipertensión arterial a causa de su obesidad y cuando el especialista le recetó un medicamento que debería tomar para toda la vida, se asustó. ¿Por qué?, se preguntaba.

El médico le explicó que si dejaba de tomarlo, podía caer fulminado de un paro cardíaco subiendo las gradas o haciendo el menor esfuerzo porque todo su cuerpo estaba forrado de grasa, a menos que bajara de peso.

Ésa fue una de las primeras señales de alerta para que tomara la decisión de eliminar ese montón de grasa extra, lo cual no era fácil porque ya había aceptado su gordura como algo normal.

La alarma sonó más fuerte cuando cayó en la cuenta de que su empresa había aumentado el presupuesto de gastos para que él pudiera viajar en primera clase cuando salía fuera del país, porque no cabía en los asientos de clase ordinaria de los aviones.

Padilla volaba a diferentes países para dar charlas de capacitación como parte de su trabajo. Por miedo de sufrir trombosis de vena profunda, un coágulo sanguíneo que puede formarse en las piernas por viajar en condiciones de estrechez, pidió a su compañía que le pagara servicio de primera.

Sus jefes se lo concedieron y él lo tomó como un privilegio bien ganado, sin meditar en lo costoso y riesgoso que le estaba resultando a la empresa. “Después me cayó el veinte cuando un compañero me hizo la observación de que la compañía bien podía sustituirme por otra persona que no le ocasionara tanto gasto”.

Entonces comenzó todo tipo de dietas sin ningún resultado hasta que tomó la decisión de endeudarse en una cirugía conocida como bypass gástrico para reducir su estómago.

“Compré otra vida”

Ése fue sólo el comienzo de un tortuoso camino para bajar de peso, pues, aunque logró botar 95 libras en menos de un año, el ansia de comer volvió y comenzó a engordar de nuevo.

Cuando vio que iba de regreso ideó un método para no dejarse vencer por el desenfreno de comer: en un cuaderno iba anotando todas las calorías de los alimentos que ingería para saber si estaba consumiendo más de las que necesitaba su organismo.

Se había vuelto un experto en nutrición, según dijo.

Paralelamente hacía ejercicios para terminar de eliminar la grasa extra. De repente, la cinta métrica le dijo que medía solamente 34 centímetros de cintura después de haber llegado a los sesenta.

Recordó sonriente que cuando corría le sonaban los pellejos que le dejó el proceso de adelgazamiento y cuando alguien se lo hacía notar, él decía que el ruido era provocado por unas llaves de plástico que llevaba en su bolsa. El problema terminó cuando le cortaron esos sobrantes de piel mediante otra cirugía.

Ahora ya puede tirarse al suelo para jugar con su hija menor, aunque tal vez ella ya no se lo pida como antes, cuando estaba gordo, porque ya tiene nueve años.
Valió la pena haber hecho el esfuerzo y gastado en cirugías dinero que aún está pagando, pues fue como comprar una vida nueva, cuando a veces uno no escatima en comprarse un carro, reflexiona Padilla, cuatro años después de su decisión.

Tiene su propio grupo
de apoyo en Facebook

Como en nuestro medio no existe un grupo de glotones anónimos o algo por el estilo para compartir experiencias con otras personas en igual situación, Padilla ha creado en su Facebook su propio grupo de soporte con el título “Cómo bajar 200 libras”.

Ayudando a otras personas con problemas de sobrepeso se ayuda a sí mismo porque no puede decirle a alguien que quiere adelgazar que no coma mucho pan y azúcar y quedarse él sin el consejo, según dice.

“No soy nutricionista ni doctor ni entrenador profesional. Soy un coach de bienestar que busca compartir sus experiencias en cuanto a vivir mejor.

En 2007 tenía casi 39 años, pesaba 400 libras y usaba pantalones talla 60. Me di cuenta de que no podía seguir viviendo así y me sometí a una operación de bypass gástrico; eso me ayudó a bajar más o menos 95 libras en un año, pero luego el apetito volvió y no seguí bajando y de hecho en un mes subí diez libras”, explica en su Facebook.

Agregó que “eso me preocupó y me dejó claro que la batalla para controlar el sobrepeso nunca termina”.

Padilla invita a sus seguidores en la red social que lo acompañen a compartir experiencias “para que todos aprendamos y nos beneficiemos de contar con un grupo de soporte”.

Padilla dejó su cargo en una compañía internacional suplidora de combustible y ahora se dedica a dar charlas de motivación a las personas para vivir mejor.
De repente se valdrá de su propia experiencia para trasladarla a las personas que quieren adelgazar, dijo.