Al propietario de Vicente Restaurante no hay quien le gane armando rompecabezas. En las paredes de su negocio están colgadas algunas de las muestras de su dedicación a este hobby, entre ellas un hermoso cuadro formado por 24 mil piezas que don Waltiero Rinaudo armó pacientemente en su ratos de esparcimiento.
Se trata de una ilustración llamada Vida que muestra la maravilla de la creación en el agua, la tierra y el espacio sideral. En su momento fue el rompecabezas más grande del mundo, pero no satisfecho con su obra, don Waltiero ahora está armando un puzzle de 33,600 piezas que no sabe adónde va a colocar por su enorme tamaño.
Es el más grande rompecabezas lanzado al comercio mundial para desafiar la paciencia y habilidad de los amantes de este entretenimiento. Debe haber otra persona en el mundo que haya logrado armarlo, pero en el país no se sabe de alguien que le iguale a este hombre que siendo adolescente llegó a San Pedro Sula, al norte de Honduras, procedente de Italia.
Desde que vivía en su ciudad natal de Nápoles se divertía armando juegos y coleccionando objetos antiguos, lo que continúa haciendo a sus 66 años. Una enorme colección de discos de acetato, billetes de diferentes épocas, estampillas de muchos países y vetustos aparatos que fueron lo último en tecnología forman parte del tesoro que guarda celosamente.
Su origen
Su padre fue un andariego que después de recorrer América se quedó a vivir en San Pedro Sula, adonde fundó el Vicente Restaurante y luego la Pizzería Italia, dos emblemáticos establecimientos de la ciudad.
Al morir su padre, Waltiero quedó al frente de los dos negocios. Su amor por la buena comida le ha ayudado a darles el sazón que requieren ambos establecimientos. Recuerda que siendo niño pasaba metido en la cocina viendo qué conseguía para comer y de alguna forma se le pegó el arte que tenía su mamá para cocinar.
Como buen coleccionista conserva los primeros menús de sus negocios cuando un plato de langosta costaba L3.50 y un refresco grande de botella, tan solo cuarenta centavos. También los productos en el mercado eran sumamente baratos en relación con los precios actuales. Recuerda que al restaurante llegaba una muchacha garífuna a venderle a su padre las langostas en costal por solo noventa centavos la libra.
En la pizzería sus amigos lo conocen por Walter, el nombre que su padre quiso ponerle cuando nació, pero como en Italia no admiten nombres extranjeros tuvo que bautizarlo con el equivalente de Waltiero. La primera impresión que tuvo de Honduras fue ver desde el aire los cultivos de bananos, antes de aterrizar en el antiguo aeropuerto Barandillas.
Don Waltiero Rinaudo es un apasionado de las colecciones. Atrás un inmenso rompecabezas.
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